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La reconciliación es un combustible traicionero.
El primer efecto es de una intensidad portentosa, como el de una droga: todo parece posible, en especial la amnesia, la vuelta a la casilla cero, que es lo que los amantes más desean y el único milagro que saben que ni las proezas más sublimes del amor podrán conseguir.
Después viene el cansancio; no sólo del cuerpo, bienvenido siempre, aun cuando duela, arda, anestesie músculos o partes, sino ese agotamiento particular que deja la marea de la desesperación al retirarse, cuando los amantes descubren que la playa donde quedaron varados, que creían intacta, está cubierta de conchas, restos de maderas y caracoles, algas fétidas, una zapatilla sin cordones, toda esa basura que hechiza a los idólatras de los balnearios en invierno.
Es un cansancio triste, amargo, tierra fértil para la inquietud y la sospecha.
De haber vuelto a la casilla cero estaríamos exhaustos pero eufóricos; nos haríamos cosquillas, nos atropellaríamos con planes, postres, piropos, correríamos desnudos a buscar algo para tomar, traeríamos frutas a la cama, nueces, chocolate, todos los libros que leímos mientras no nos dirigimos la palabra, para leernos los párrafos que, de no ser por el rencor, habríamos subrayado, porque nos hicieron pensar en el otro.
Pero moverse es difícil, y el aire de la habitación nos pesa, y las viejas preguntas que no nos dejaban dormir, que la reconciliación parecía haber barrido, rebrotan ahora poco a poco, extendiéndose como manchas de moho en una terraza abandonada.
No sé en quién pensaba Cahier cuando escribió este dechado de cursilería.
No en su venerado Destoc, que nada detestaba tanto como una cama con migas y creo que nunca se dejó tocar; tampoco en el venéreo de Grissini, a quien conoció ya de grande, cuando prefería gastar las pocas fuerzas que le dejaba el tratamiento en menesteres básicos como evitar chocar la silla con las esquinas de los muebles o tornear esas ánforas ridículas que hacía, símil griegas, tan alla Baldó, ahora que lo pienso, más que en reparar estragos sentimentales.
Tampoco pensaba en nosotros, seguramente.
No era santo de mi devoción, Cahier, y yo tampoco de la suya, y si Bernal lo leía era sólo de tanto en tanto, de puro provocador, para dejar sus libritos tirados por ahí y ver la cara que ponía yo cuando me los llevaba por delante.
Sin embargo, erradicadas la pedantería, el amaricamiento y ese tonito de universalidad sabihonda que tenía, tan intragable como sus boquillas de carey, qué bien, con qué justeza describe el trance por el que Bernal y yo pasábamos entonces.
Dos días estuvimos reconciliándonos después de la pelea de la tarde de la presentación, dos días que no terminaban nunca, como me gusta a veces —no siempre, no ahora, por ejemplo— que sean los días, atragantándonos con unos dátiles que yo había encontrado en el fondo de la alacena y unas bandejas grasientas, llenas hasta reventar de una porquería asiática, que Bernal se hacía traer de algún lado por un equipo de repartidores muy cumplidor, uno de los cuales juró que me conocía.
Al final del segundo día terminé durmiéndome, más por agotamiento físico, creo, que por sueño, y pasé horas sin moverme en una reposera de madera, una de esas de tijera y lona azul eléctrico, del tipo de las que hay y se rompen todo el tiempo en el balneario donde transcurre la novela de Hittorf que me empeñaba en leer por entonces, mirando con asombro la estela de oro que dejaban media docena de soles móviles en el cielo con, a mi alrededor, una especie de vasto desierto atérmico que todavía duraba cuando me desperté, al punto que lo primero que hice cuando abrí los ojos fue el gesto de espantar arena de las sábanas, sucias, en realidad, de la savia sabia de Bernal, que no estaba a mi lado.
Comprobar esto fue lo segundo. Era de mañana.
De qué día, no tenía idea, pero debía de ser de uno cualquiera, puesto que si tenía mañana tendría mediodía y tarde y noche y yo sabía que nada que valiera la pena vivir interrumpiría esa sucesión.
Los dolores, sobre todo los recónditos, los mismos que me gustaba descubrir en mi cuerpo y atesoraba durante días, como medallas del amor, ahora me afligieron.
Descubrí su ropa sucia en la silla, pantalón y camisa colgados del respaldo, ordenados con el esmero que jamás lo había visto dedicarle a la limpia.
(Hacía juego, me di cuenta después, con los restos de desayuno, migas, cáscaras, semillas de fruta, que encontré en la mesa de la cocina alineados en dos hileras paralelas, con un pedazo de masa de pizza en el medio haciendo las veces de árbitro).
Me llamó la atención tanto cuidado en gestionar las sobras de su mañana.
De haber estado ahí, presente, y no soñando con aquella playa estúpida, yo lo habría tomado como una ofrenda, como una promesa, quizá.
Visto ahora, tenía la inutilidad arrogante de los gestos solitarios, que no significan nada y apenas perduran en un reguero de huellas sin valor, para martirizar con la idea de un futuro dichoso a quienes ya no lo conocerán, porque no estuvieron ahí para presenciarlos.