Malas lenguas 62
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A su manera, con la intensidad solitaria de los fenómenos de nicho, Pochet-Herdosia es un acontecimiento, que Baldó celebra entregándose a una agenda infatigable.

Nuestra amiga menciona adquisiciones, viajes, encuentros con directores de bibliotecas extranjeras, cónclaves con editores y, en términos más generales, la repercusión difusa pero marcada, hasta mórbida, que tiene ese despliegue de actividades en la prensa, que llevaba décadas ignorando el encanto de las cosas manuscritas.

El libro dice que desde el panfleto ilustrado de Valerio Cavaletta; yo, desde el caso Leinauer.

Da lo mismo. El diferendo daría para una discusión interesante si compartiéramos algunos acuerdos previos, imprescindibles para establecer cualquier comparación.

Pero la idea de acontecimiento que tiene nuestra amiga no es la mía, me temo, y lo que su libro llama el gran hito de la gestión Baldó pierde algo de su artificiosa estelaridad cuando pasa a mis registros, donde figura como un caso más de cosecha de siembra ajena, vieja debilidad de los carcamanes que acceden tarde a algún tipo de trono, no importa lo apolillado que esté.

De la lluvia de entrevistas que le habría caído encima a Baldó, de hecho, me consta por Bernal que existieron sólo dos, y una fue cancelada de manera abrupta por el periodista que tenía la misión de hacerla, reasignado a último momento a un evento agropecuario.

La otra es el chorrito débil, el indigente, agónico goteo que cita in extenso nuestra amiga en su libro para dar fe del momento eminente que atravesaba su biografiado.

La hizo la chiquita De Roura —la misma a la que Bernal debió liberar de un cautiverio ridículo la noche de la presentación de la correspondencia—, y la cantidad de necedades que contiene es tal que no entraría en las páginas que me faltan para llegar al final de este descargo, tan desolador y tan necesario, al menos para mí.

La infertilidad de Herdosia, el episodio del cartero que traspapela las cartas, el origen de las salpicaduras que enturbian la respuesta de Pochet al anuncio de la boda, el furor de los pececitos birmanos.

.. Un festival del dislate; imaginativo, no digo que no, aunque muy probablemente fogoneado por la viuda de Pochet, porque no había uno solo que perjudicara a su marido.

¡De Roura! Una vez, matando con un amigo el tiempo para que le hiciera efecto cierto fármaco, creímos toparnos con ella hojeando uno de esos porfolios de ofertas con que un conocido común, exagente de cambios con oficina en el centro, solía tentar por entonces a algunos clientes selectos.

Aparecía en la categoría petite , bajo una peluca que le quedaba grande, montada en unos zapatones de plataforma con aspecto vagamente ortopédico, y prometía cosas ricas y buena conversación, entre otras cosas.

Nada de extrañar, viniendo de quien venía.

Después de todo, lo más cerca que esa bruja estuvo jamás de un libro fue el tronco del abeto del jardín de la residencia del embajador brasileño, donde el fotógrafo de un medio competidor que había salido a ventilar la borrachera la sorprendió en cuclillas, intentando en vano despertar —no tanto embadurnarla con el rojo guinda que usaba en los labios, completamente pasado de moda— la vitalidad del dueño de casa.

Más asombroso fue leer esos disparates de boca de Baldó, a quien Bernal, encima, se había tomado el trabajo de armarle un resumen con todo lo que valía la pena que dijera.

Pero el colmo es lo de nuestra amiga, que con la distancia y el tiempo y la sangre fría a su favor, pudiendo haber investigado y corregido esos disparates desde la calma de su escritorio, los refrenda sin una sombra de vergüenza.

Alguien me dijo una vez que esperar vergüenza de nuestra amiga era como pedirle peras al olmo o una rima potable al árbol lírico de Vilardebó hijo.

Doy fe de que es cierto —yo, que la vi sonreír, sonreír, taparse la boca con una mano y sonrojarse.

Quizá la vergüenza fuera para ella una especie de lujo, algo que podía permitirse en el presente de la vida, cuando sabía que no duraría mucho, pero se prohibía si era posible que persistiera, que fuera firme y eterna, eterna como su libro, como la perfidia de su libro, que, aunque sigo sin encontrarlo, sé que está y me atormenta desde el rincón de la casa donde insiste en esconderse.