Malas lenguas 61
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En algún momento, un punto de lucidez en el desierto del insomnio, por ejemplo, o bajo una de esas duchas heladas con que se azotaba a la mañana, Pochet entiende que es hora de pasar a otra cosa.

Ya pidió que dejen de escribirse; no funcionó.

Dejó él de escribir; no funcionó. Desde entonces, los envíos de Herdosia no hacen más que multiplicarse, le llueven a cualquier hora del día y de la noche gracias a la corte de emisarios jóvenes, bastante mal pagos, que reúne para garantizarse un asedio ininterrumpido.

Aunque las escribe a máquina, con la misma Meyerbeer con que escribió Parásita , Papel felpa y Titicut Loli , son cartas de un apasionamiento lunático, tan descarriado que si se las lee a su mujer tiene que traducirlas, porque en el idioma original la pobre no entiende una palabra.

Los sobres, en especial los nocturnos, también incluyen refranes, recortes de diarios, posavasos, hojas de árboles, fotos carnet de desconocidos, mechones de pelo, prospectos de medicamentos, entradas para la ópera y unos curiosos parches redondos, con el adhesivo inutilizado por el uso, con los que Herdosia combatía alguna de sus muchas adicciones, con pocos resultados.

Son tonterías, pero también las tonterías ocupan lugar y terminan fastidiando.

Meses después de no dar señales de vida, Pochet escribe —en mayúsculas: “No más cartas”.

Le propone encontrarse, una cita de carne y hueso, la primera en los largos años que llevan de amantes por correspondencia.

Pochet ¿lo tiene todo planeado desde el principio o las cosas le van saliendo sobre la marcha, a medida que la decisión de cortar una aventura que se salió de cauce cede el paso a otra, más oscura, la de jugar con Herdosia y su corazón desollado como el biólogo con el sapo que tiene inmovilizado bajo el bisturí?

Es sorprendente que nuestra amiga no diga una palabra al respecto.

(¡Como si le sobraran historias jugosas!) Quizá le parezca que con el espacio que le dedica al epistolario —bastante insólito, es cierto, para un libro que rehúsa meterse con otros libros— ya es más que suficiente.

Bernal tampoco, curiosamente, y no porque le faltara tiempo.

Después de aquella pelea absurda dedicamos todo un día a reconciliarnos.

Él no olía muy bien y seguía un poco borracho, pero qué inspirado estaba, con esa galantería soez, como de profesional en mal estado, que sólo le afloraba cuando se sentía acorralado, y qué prodigio de invención sus dedos mágicos, eléctricos.

En un intervalo, mientras nos hidratábamos, él, en vez de dormirse, me internó con la historia, cosa rara, porque si me participaba de lo que hacía en la Naldoni era en términos más bien generales, nunca con tanto pormenor.

(De Samengo, por ejemplo, me dijo lo que era vox populi .

Tuve que enterarme de todo —los supositorios de veronal, el famoso músculo retráctil, la cinta métrica, la hemiplejia facial, el tête-à-tête con Triptik en el camarote del ferry— leyendo, tiempo después, la reseña del rastrero de Ludueña, cuando ya nada de todo eso tenía la dosis mínima de vida para interesarme).

Pero Bernal me contó los hechos puros y duros, sin aventurar si obedecían a la premeditación o al azar.