Malas lenguas 60
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Podría contar lo mismo (sin el golf, sin el monte, sin la viuda Pochet y su sed atrasada de ardores) de los demás portentos de la gestión Baldó que revisita nuestra amiga en su libro: la puesta en orden del archivo Samengo, el establecimiento del texto del Cuaderno de ejercicios griegos del duque de Picquigny, la resurrección del sello editorial (otro activo de la biblioteca hundido por la torpedera Lanteiro) y su primera publicación (las Consideraciones sobre el furcio de Bartolomeo Bimbi), la inauguración del pabellón Palumbo, las palabras de despedida del entierro de Popolizio.

Ahí estuvo mi Bernal, el Bernal que yo perdía, infatigable, multiplicándose en el interior de aquellas paredes inhóspitas.

Un día se quemaba las pestañas desentrañando el acertijo ante el que habían capitulado otros con más chapa, más años, más sueldo, ¡y eran tan lindas sus pestañas, incluso quemadas!

Al otro redactaba contrarreloj, con el cortejo listo para salir al cementerio, la pieza fúnebre en verso que Baldó había soñado pero no había podido escribir, mientras con su ojo de lince detectaba el lapsus —“más o rnemos”, “costurnbre”— con que la imprenta, quizá demasiado acostumbrada a los programas hípicos, negocio hacia el cual la había desviado Tortós con la anuencia de Lanteiro, pretendía arruinar las primeras galeras del primer libro de la editorial recién renacida —justo el de Bimbi, que llamaba a celebrar el pifie como una de las bellas artes.

Qué no hacía, me pregunto yo. Recatalogaba las miniaturas de Staub, depuraba el archivo Covaci, prologaba a Bonhomme (prólogo que tenía prohibido firmar, según una disposición de la era Lanteiro que Baldó no había querido derogar).

Si había un hombre orquesta en la Naldoni, era Bernal.

Me consta que esa versatilidad no siempre fue interpretada con la mesura correspondiente.

También oficiaba de chofer, les hacía los deberes a dos empleados que cursaban la escuela nocturna, barría.

Admirable, enigmático Bernal. El día menos pensado me enteraría de que plantaba bulbos, era un mago del destornillador, se daba maña con los desagües.

¿Por qué no era tan versátil conmigo, con la casa donde vivía?

La verdad es que nunca se lo pregunté. Tenía otras preocupaciones, y me imagino que él también.

Yo esperaba, supongo, y, como dice Herdosia en una carta, “son largas las horas en la estepa de la espera”.

La frase no es todo lo original que Bernal me dijo que era antes de leérmela —quizá, pensé después, para mostrarme qué clase de gema rara lo mantenía lejos de mí en aquella época—, pero es una de esas citas que siempre cumplen su cometido, como las mascotas, y eso se agradece.

Es de hecho la frase que encabeza la carta-río (doce páginas) en la que Herdosia le describe a Pochet el ritual que sigue cada vez que despacha uno de sus envíos y se sienta a esperar la respuesta.

Se sienta es un decir, una expresión de deseos, porque la ansiedad que la asalta es extrema y se desencadena muy rápido, cuando la tapa no se ha cerrado todavía sobre la ranura del buzón en el que ha echado la carta, así que Herdosia cruza la calle —el ingenioso torturador que le redacta la vida le ha plantado un parque justo frente a la sucursal de correo— y se larga a caminar entre niños, viejos, bancos poblados de niños y de viejos, perros vagabundos, árboles cuyos nombres sabe que nunca aprenderá y si aprende nunca recordará, y se pierde en el bosque así como está, en bata y chinelas y con el turbante de toalla intacto en la cabeza, atuendo que ha adoptado para escribir y salir a mandar su correo desde que la relación con Pochet levanta temperatura.

Y así como está llega al lado oeste del parque, se mete en la fuente de Bruna Filippo y se queda hora, hora y media boca arriba contemplando nubes en el agua podrida, entre cadáveres de sapos y nenúfares.

Tocada, loca de remate. Nunca me gustaron las locas, toda esa cosa exoftálmica, de cine mudo, esa pasión por los camisones, bailar descalzas, no cuidarse el pelo.

Supongo que a nuestra amiga tampoco. Aunque celebra en su libro la resurrección pública del epistolario, rara vez condesciende a meterse con el material.

Salvo las dos o tres ocasiones en que Pochet, superada por la situación —dos cartas por día, por épocas tres y hasta cinco—, le anuncia a Herdosia que la cosa no da para más, que dejará de escribirle, y le pide a la otra que haga otro tanto, se muestra distante, precavida, como si las volcánicas vicisitudes de la pareja no la conmovieran demasiado, pero a la vez tuviera perfecta conciencia del morbo que despiertan, factor clave para que ese tramo del libro eluda la languidez en la que naufraga el resto.

Cosa artera, esperar. Con el material que tengo podría escribir diez libros sobre el asunto y no llegaría a una conclusión definitiva.

¿Hay un bien esperar, un esperar sabio, inteligente, artístico incluso, o esperar es sólo una forma de sufrir, la más cruel, el sufrir absoluto, sufrir sin hacer nada, como quien se deja carcomer, y lo sabe, por un mal silencioso?

Que lo digan si no Pastou y Ottani, que hasta pagaban por esa pesadilla en el Hotel Willkommen.

A la espera de que le subieran a la habitación el trofeo que había elegido mientras cenaba, Pastou, recién bañado y perfumado, se hacía husmear — ratificar , como le gustaba decir a su corte— por dos pequeños roedores desdentados que le proporcionaba un ordenanza de la facultad de veterinaria.

Ottani (en un cuarto más barato del piso de arriba de Pastou, que era quien le había pasado el dato del Willkommen) dudaba entre leer alguna de las porquerías que llevaba y controlar el paso del tiempo en su reloj, pero no se aguantaba, y el botones, maletero o ayudante de cocina al que le había echado el ojo siempre terminaba tropezándoselo en la escalera, él subiendo espléndido, sacando pecho, él bajando a los tumbos, enajenado por la impaciencia.

A Gauna, cornudo ansioso, los primeros ejemplares de un libro nuevo nunca le llegaban; tenía que salir a buscarlos.

La noche antes se instalaba en la imprenta de los Scoppa, donde contaba siempre con un catre, una mesa de luz, un termo con valeriana y uno o dos conscriptos que lo ayudaban a pasar el rato, hasta que la máquina escupía ante sus ojos la primera copia y se iba con ella.

Balocchi charlaba con sus orquídeas. Escobar y Heute jugaban al ping pong, nadaban, comían ostras hasta hartarse.

Sonia Dupont esperó al cirujano de nariz en su habitación, probando las ingeniosas perspectivas que ofrecía su cama de posiciones hasta agotarlas, hasta que averió el control remoto y se quedó dormida.

En cuanto a mí, no tengo un método particular.

Doy vueltas mentales alrededor de cosas, cosas de cualquier tipo, en especial esos coágulos de incertidumbre y desasosiego que se instalan en el centro de la cabeza —por lo general a la madrugada, cuando el cielo se tiñe de un amarillo grisáceo y la última oferta de sueño se disipa definitivamente— y lo paralizan y ensombrecen todo.

Baldó, que solía estar ya en el aula cuando llegaban los estudiantes, siempre tenía un libro en la mano, una de esas ediciones populares de Féréol, Galuppi, Boxberg, de tapas blandas, rosadas, que solía imprimir la biblioteca que algún día dirigiría.

No sé si lo leía, porque más de una vez notamos que sostenía el ejemplar al revés y que los anteojos que llevaba puestos eran los de ver de lejos.

A su manera antipática, despiadada, la espera es una especie de droga.

Nuestra amiga, de hecho, en otro de los raros momentos del libro en que se saca el antifaz y se hace presente y la vemos tal como es, de cuerpo entero —y una vez más, aun conociéndolo bien, es difícil o idiota no ceder al encanto de ese recato desaliñado, como de novicia sorprendida in fraganti , con la punta del delineador en el borde del ojo—, se desangra de tedio en una antesala ya no me acuerdo de qué, de dónde, esperando a quién, cuando sus ojos, que vagaban sin rumbo, odiando todo aquello que no conseguía atraerlos, tropiezan con la hebilla de su propio zapato y ella, con asombro, ve por primera vez el escudo que tiene grabado el centro de la hebilla, y la flor que hay en el escudo, y el planeta en el ovario de la flor, y los mares, islas, valles, cabos que hay en el planeta, y el regocijo espiralado con que se deja abducir por los detalles de la miniatura de mundo que ha descubierto podría recordarnos casos ilustres —el de Groebs con la etiqueta abismal de la lata de galletas, el de Caresse, absorto en el lunar de su cariñoso compañero de asiento en el tren nocturno—, casos que no tendríamos problemas en evocar si los zapatos no fueran tan feos y la escena tan breve, si no la arruinaran la aparición del testigo codiciado, exdiscípulo, colega, conocido de Baldó, y la sarta de estupideces con que contesta las preguntas de nuestra amiga, cuándo lo conociste, cómo, qué relación tuviste con él, contame dos o tres anécdotas que te parezca que lo caracterizan.

Y ya dije, creo, cómo esperaba Tilde; cómo esperar no era el paréntesis que suspendía su vida sino su vida misma.

En cuanto a Bernal, no sabría qué decir que no suene a despecho.

Odiaba depender de las velocidades con que el mundo iba hacia él, variables, erráticas, pero más odiaba saber que alguien dependía de las suyas.

Para él no había frases, sólo versos, y aun así tenía una favorita que era: No me esperes .