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Alguien a quien le comenté cierta vez el episodio se rio como solía hacer hasta el síncope, volcando exageradamente la cabeza hacia atrás, y todavía riendo me miró muy de cerca y mientras apoyaba una de sus grandes manos peludas en mi antebrazo inocente, que por alguna razón, quizás el verano, llevaba desnudo, me dijo que era apenas un perro, un perro muerto, y que sólo casos de amor y fanatismo absolutos entre humanos y animales —un Blanghi, un Marrone: palabras mayores— exigían y podían justificar la escrupulosidad enfermiza que yo le reclamaba a nuestra amiga.
¿Calificaban Baldó y aquel mastín incontinente para la categoría?
No. El roce de su mano me había erizado la piel, pero me pareció mejor no insistir.
No sé por qué, buscando qué complicidad insensata, se me había ocurrido hablarle de esos rencores.
No era alguien devoto de las biografías: le gustaba lo grande, el trazo grueso, la prominencia, y cualquiera con alguna llegada a su intimidad, que era ensortijada pero generosa, entendía perfectamente por qué, sentía incluso la tentación de complacer sus apetencias.
Jamás se haría problema por un detalle. Los detalles le importaban de manera indirecta, como afeites o adornos de la eminencia que le tocara idolatrar, y ni siquiera así los recordaba bien.
Detestaba los perros, además, cosa que yo debía de haber olvidado.
Le di el ejemplo de Tilde como podría haberle dado otro, cualquiera de los que nuestra amiga invoca en su capítulo para celebrar el vértigo de hiperactividad (otro de sus hallazgos lexicales) que se había apoderado de la biblioteca.
El caso Pochet-Herdosia, sin ir más lejos, que había dudado en compartir con mi velludo amigo porque sabía que detestaba también todo lo que oliera a papel —incluidos los árboles—, y me acordaba perfectamente hasta qué funesto punto de sopor lo aburrían los fait-divers de Bibliolandia, como llamaba al ámbito en el que insistían en moverse sus íntimos, según él con el único fin de exasperarlo.
Esto, y la sorna con que había desmerecido mi indignación por el caso Tilde, me envalentonaron para comentárselo de todos modos.
A fin de cuentas no tenía nada mejor que hacer, y acababan de servirnos los tragos.
También ahí las maniobras de Bernal, tan decisivas o más que en el episodio de la muerte de Tilde, habían sido escandalosamente silenciadas.
Sí, se hablaba del trabajo de la sección, del compromiso que su personal había asumido para tener la primera versión del epistolario lista en tiempo récord, para el centenario de los poetas (el mismo para los dos, sorprendentemente).
Esa limosna vaga, sin destinatario concreto, era todo el reconocimiento que nuestra amiga estaba dispuesta a conceder.
La única persona con nombre y apellido —además de Baldó, por supuesto— era Telesio Interlandi, el grafólogo que Baldó había mandado traer de Italia para dirimir ciertas inconsistencias, oscuridades, referencias contradictorias que dificultaban la clasificación del lote de cartas, cuando Bernal me contó que el italiano, un corresponsal divertidísimo, con un talento especial para los chistes de humor negro, nunca había salido en realidad del aeropuerto de embarque, Pisa, Pesaro, Pistoia, algo con pe, donde un oficial de Migraciones un poco más concienzudo que la media había juzgado prudente compartir con su superior las rarezas que le habían llamado la atención en la foto de su pasaporte, en especial una, un fuera de foco bastante sutil, con algo de aura mediúmnica, muy característico, al parecer, de cierta escuela de falsificadores de Montenegro, donde Interlandi había pasado el feriado puente de San Petronio con un par de discípulas muy jóvenes.
Esto último pareció despertar a mi amigo.
Había estado en Montenegro una vez, de regreso de la feria internacional del sanitario de Varsovia.
Aunque conservaba pocos recuerdos, a veces, en sueños, volvía a ver con alarmante nitidez el rostro lleno de ira del joven changarín al que acababa de recompensar con unas monedas polacas, y cuando alguien mencionaba la palabra baños —lo que en su entorno no era raro, sobre todo en verano, con unas copas de más— nunca pensaba en las referencias clásicas —Samirami, Trou Noir, el Mirador Monegasco, al que finalmente había asistido bastante poco— sino en el infierno burbujeante de cierto piletón de cemento mal alisado de las termas de Golubovci, adonde lo habían arrastrado directamente desde el aeropuerto, todavía vestido con su atuendo de invierno polaco y los cordones de los borceguíes sin atar.
No le di calce, por supuesto: necesitaba su atención, no su nostalgia; no estaba en juego su vida sino mis migrañas.
Como esas viejas novelistas que nunca leyó, que me consta que envidiaba, nuestra amiga cuenta la presentación pública del epistolario con toda la pompa, como un cronista naval el bautismo de una fragata.
No tengo sensibilidad para la descripción de ambientes, pero podría decir sin temor a equivocarme qué música sonaba, qué flores componían los centros de mesa y cuáles estaban prohibidas, cómo vestía el personal de la biblioteca, cómo habían retapizado el sillón victoriano donde se sentó Baldó, cómo la chaise longue que exigió la viuda y cómo la primera (sólo la primera) hilera de butacas del anfiteatro, reservadas para los invitados, Suzanni entre ellos, que avisó a último momento que no llegaría.
Podría porque lo leí en el libro; de haberlo visto en persona, dudo que lo recordaría mejor, con más detalle.
(Uno de esos lugares de primera fila era para mí.
Me enteré después, cuando ya no había nada que hacer.
La tarde misma de la presentación nos trenzamos con Bernal en una discusión atroz.
Fue raro, porque sucedió mientras nos vestíamos, un ceremonial que hasta entonces solía divertirnos y que ejecutábamos al pie de la letra, ateniéndonos a una estricta reciprocidad: yo lo vestía a él, él a mí, y mientras tanto nos íbamos emborrachando.
Algo pasó con la hebilla de su cinturón, reacia a encajar en el ojal que Bernal había perforado en el cuero con la punta de una birome, y la ropa interior que yo había elegido para mí, nada del otro mundo, tampoco, no despertó en sus dedos sensibles otra cosa que fastidiada torpeza.
—La tiré esa misma noche; a la madrugada, después de horas de llorar y comer, llorar y comer, creí ver al vecino del segundo piso recogiéndola de la basura y llevándosela escondida en una bolsa de supermercado—.
Las cosas escalaron. Es lo que hacen siempre, más cuando las fogonean dosis y dosis de caña abominable como las que nos bebíamos con los brazos entrelazados, retrorrománticamente.
Yo grité —yo, que no sé lo que es gritar— y casi le pego.
Él rompió un par de cosas —nada de valor—, lanzó una amenaza ridícula y se fue dando un portazo.
Todo fue infantil, grotesco. Pero a los cinco minutos, cuando volvió —se había ido sin zapatos—, yo estaba en el baño y no quise salir).
Nada de lo que acabo de contar, nada de lo que sucedió entre ese día funesto y hoy, por injusto, desgraciado o cruel que haya sido, impedirá que busque a Bernal en esa parte del libro de nuestra amiga y me indigne al no encontrarlo.
Digámoslo así, para que lo entiendan los idiotas y, entre los idiotas, los cuatro representantes de la categoría que integraron el jurado del Cannistrà, cuyo veredicto ensalzó en particular (cito, con náuseas pero cito) la misión que se dio la autora, y que sobradamente cumplió, de pagar deudas pendientes, poner las cosas en su lugar y los puntos sobre las íes (dejo de citar): si Bernal no hubiera estado ahí, entregándole a la biblioteca Naldoni toda la energía, el tiempo y la atención que me quitaba a mí, el epistolario Pochet-Herdosia, lejos de ser el orgullo de Manuscritos Raros que es, seguiría juntando ácaros, semen y esmegma en el fichero donde lo tenía cautivo Toletino (que lo alquilaba por monedas como material para desahogos solipsistas), o vegetando sin pena ni gloria en el baúl donde lo encerró la viuda de Pochet apenas lo recibió de Bernal, que sabía que sólo devolviéndoselo primero —reparando la afrenta de haber sido despojada de él—, la biblioteca tendría una posibilidad de recuperarlo por las buenas.
Baldó va y viene como loco, perora, recibe a un embajador, suaviza una luz, devuelve un plato que se enfrió, apantalla a una vieja, alisa el pliegue de la alfombra que algún tarambana arrugó —probablemente él mismo—, manda a un sobrino a buscar más hielo, a otro a limpiar un enchastre, a otro a rescatar a la cronista —la chica De Roura, esa arpía mal hidratada— que quedó encerrada en el baño de la planta baja, cuya cerradura, como Bernal y yo bien sabíamos, siempre tuvo problemas.
No sé qué hizo Bernal esa noche mientras Baldó, embutido en su trois pièces Tachinardi, de segunda mano, por las fotos que pude ver, enarbolaba exultante el primer gran logro de su gestión.
Nunca se lo pregunté; ni siquiera cuando nos reconciliamos.
Pero sé todo lo que hizo antes. Sé los pormenores estrambóticos de cómo dio con el material, sé cómo negoció con Toletino y desactivó sus promesas de venganza, sé el trabajo de hormiga que hizo con las cartas, cómo las limpió, restauró y ordenó y cómo se las restituyó a su insufrible pero legítima propietaria, que no las quería, porque eran la prueba de cuarenta años de deslealtad epistolar, pero tampoco soportaba no tenerlas, saber que su propio marido, antes de morir, había dispuesto de ellas con su típica, insultante discrecionalidad.
Meses de una dedicación demencial, que nuestra amiga omite o cree posible reducir a un puñado de frivolidades patéticas: una lista de invitados, un menú de canapés, dos o tres discursos soporíferos, una viuda acalorada que no da más, ordena que le llamen un taxi y huye antes de que llegue el segundo plato.
De hecho, yo había seguido a Bernal en la fase decisiva de su asedio a la fortaleza Pochet.
La viuda, no sé si con ánimo de dar por cerrado el asunto o posponerlo, lo había citado en el club municipal de golf (como previamente en una pista de patinaje sobre hielo, la sala de anatomía patológica del Museo Sztrum-Salucci y una confitería centroeuropea ostentosa pero en vías de extinción, donde Bernal probó —y dejó a medio comer— unos Zimtschnecken que estaban viejos y soportó impávido las miradas de lujuria con que lo flechaba la media docena de viejas endomingadas, todas más o menos coetáneas y amigas de la viuda, que se habían repartido estratégicamente por las mesas aledañas).
Como nunca había tenido un palo de golf en la mano, Bernal era el candidato ideal: sería el contrincante de la viuda (y perdería) y sería también su caddie , palabra que al parecer pronunciaba relamiéndose, como una especie de mantra del esclavismo erótico.
A las siete de la mañana (la cita era a las siete y media), Bernal estaba tan dormido que tuve que vaciarle una cubetera de hielo en la cara.
Seguía fuera de combate (pero con las mejillas muy rojas) cuando lo metí en el taxi, así que terminé subiéndome con él y fui echándole tandas de mate cocido en la boca a medida que el coche bajaba por Orellana rumbo a los parques.
Había una bruma misteriosa, azulada, horizontal, cuando llegamos, la bruma de los Faggiolos del último período, cuando tuvo que cambiar de mano y de medicación y Sandivaras, su último marchand , se lo llevó a vivir al campo.
Un poco revivió. Por lo menos salió del taxi por su cuenta, se desperezó, pareció reconocerme.
Se me ocurrió que a la viuda no le haría gracia verlo llegar acompañado, así que me quedé un poco atrás mientras desaparecía en la niebla.
No tuve el valor de irme del todo, de modo que decidí seguirlos de lejos, aprovechando lo poco que se veía.
Nueve hoyos, nueve extenuantes y fértiles hoyos.
Endulzada por el score (llevaba ella misma las dos tarjetas, que llenaba con un lapicito mocho y números muy estilizados: la enormidad de golpes que le exigía a Bernal el hoyo más fácil no entraba en ningún casillero), la viuda empezó a mostrarse más maleable, quizás a ceder, y eximió a Bernal de su papel de antagonista deportivo, más bien pobre, apenas vio los paños de pasto que arrancaba con cada golpe, el peligro que corrían sus palos en sus manos, lo lento que era todo, aun para ella, caracol septuagenaria, si seguía jugando contra él.
El golpe de gracia, por así decir, fue el hoyo nueve, una exorbitancia de yardas en la que cabían todos los paisajes, climas y accidentes, incluidas la amenaza constante de dos lagunas laterales, paralelas, que acompañaban el trazado del hoyo, tres colinas no muy altas pero sí molestas, cuyas laderas morían en las fauces de unos cráteres de arena, y un monte arbolado muy tupido, del tamaño de una carpa de circo gigantesca, adonde fue a perderse la pelota de la viuda después de una serie de rebotes milagrosos, ya entrada la mañana.
El sol disipaba los bolsones de niebla y los vi internarse en el monte a buscarla, él con las zancadas decididas del caso, después ella, algo desconfiada, espantándose de las pantorrillas los bichos que pronto la fastidiarían, hasta que la galante mano de Bernal emergió de entre las matas y la invitó a unírsele en la espesura.
Salieron ocho minutos después —los conté—, sin la pelota, por supuesto: la viuda creo que con una sonrisa, apoyando su cuerpo aliviado pero maltrecho en el fierro tres con el que había pegado aquel último tiro; Bernal contrariado, tratando de sacarse de la boca algo que insistía en resistírsele y parecía picarle y que escupía sin éxito, como le pasaba a veces con las hebras de tabaco de sus cigarritos sin filtro.