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Tilde, pongamos por caso. Murió a la madrugada de un martes.
Terminó de morir, en realidad, porque llevaba dos semanas echado, como sobreimpreso en la alfombra que había adoptado a modo de cucha, y sólo se movía cuando un resto de olfato vivaz, pero poco confiable como brújula, le avisaba que entraban en el radio cada vez más restringido de su percepción las friandises con que Bernal, a espaldas de Baldó, había decidido alegrar un poco su agonía, unas albondiguitas pastosas que el perro, incorporando su cuerpazo por etapas, lentamente, como los dromedarios, buscaba siempre en la dirección equivocada.
La tarde del lunes ni siquiera tuvo fuerzas para eso.
Faltaban veinticuatro horas para la inauguración de la muestra homenaje por el centenario de la Casa Lamponi-Forné, uno de los pocos lastres heredados de la gestión Lanteiro que Baldó no había dado de baja, y el montaje tenía a toda la biblioteca enloquecida, en especial los dos salones del frente del primer piso, donde se exhibirían las pièces de résistance de la exposición y donde el perro, quizá por el fresco que hacía, transcurría sus días de retiro forzoso.
Había que moverlo con alfombra y todo, como a una bolsa de papas, para que circularan vitrinas y anaqueles, y más de una vez, cegados por el apremio de la cuenta regresiva, casi lo atropellan los carros que pasaban cargados de libros, de cuadros, de bustos, de trajes típicos.
Alguien que retrocedía moviendo un arpa tropezó con el cuerpo tirado y le pisó una pata, pero el perro ni protestó.
Tampoco alzó una oreja cuando prendieron cerca un cortafierros.
Entonces, según nuestra amiga, Baldó paró todo, se arrodilló junto al perro y tras una breve auscultación, entre lágrimas, lo declaró muerto.
Fue como si le dieran el pie para su escena cumbre: estirando el cuello, Tilde soltó una especie de bostezo lastimoso y se retorció en una contorsión que lo dejó panza arriba, con las manos dobladas a la altura del pecho, como cuando se instalaba en una porción soleada de alfombra para entregarse a una sesión de cosquillas.
Lo velaron ahí mismo, en la sala Píparo, a cajón abierto, aprovechando que había una vitrina recién lustrada, con hermosas molduras de hojas, donde el perro cabía entero.
Medio tambaleándose, Baldó dijo unas palabras, algo en latín o griego, que un ordenanza medio sordo, de delantal gris, pidió que repitiera más alto y tradujera; sin éxito, seguramente, porque la traducción no figura.
Hay en el libro una foto que se supone ilustra la escena, pero es de mala calidad, la impresión deficiente no ayuda y nadie en su sano juicio diría que ese bulto que aparece envuelto en una bandera es un perro.
No digo que no haya habido lágrimas. Digo que no las derramó Baldó sino Bernal, y no en la sala Píparo —de donde Baldó ordenó sacar a Tilde todavía vivo, después de que vomitara parte de la colección de mocasines bicolores de Lamponi, uno de los musts de la muestra— sino aquí mismo, en esta cocina, debajo de esta mesa que tan bien se ha ido acomodando a mi cuerpo cuando escribe.
Fue aquí en realidad adonde lo trajo Bernal directo de la biblioteca, en un taxi, además, que no tenía cómo pagar, porque —como toda verdadera estrella— era raro que saliera con plata en el bolsillo.
Fue acá donde vomitó de nuevo y donde finalmente murió, y, ya que estamos, fui yo quien limpió sus ya débiles hilos de baba y de bilis y metió su cuerpo en una bolsa de plástico, la última que nos quedaba, y enjugó las perlitas de humedad que las lágrimas habían dejado bajo los ojos de Bernal.
Fue la primera y única vez que lo vi llorar, por suerte.
Lloraba tapándose los ojos con las manos, como hacen los que no saben llorar, algunos niños astutos y ciertos farsantes con ambiciones que no están dispuestos a hacer ningún tipo de esfuerzo.
Confieso que me enternecí, sobre todo al ver lo recatados que podían ser sus dedos, tan familiares para mí en otra clase de compromisos.
Después, con el correr de los minutos, la ternura degeneró en impaciencia, en esa irritación culpable que pueden despertar los bigotes de espuma de leche, los granos de chocolate o mermelada cuando duran demasiado y siguen ahí, decorando como trofeos la boca de la pequeña bestia infantil, veinte minutos después de que arrase con la mesa del desayuno, incluidos los manjares destinados a los adultos.
No conseguí descubrirle la cara hasta mucho después, y eso que forcejeamos.
Se me ocurrió que desahogándolo se consolaría, cosa que hice con amor, paciencia y una lentitud de marcha fúnebre que me costó pero correspondía, con la solitaria respiración de la heladera a modo de acompañamiento.
No sé si fue eso o los butalbitales que lo convencí de tomar, que —si eran de la partida que creía que eran— estaban vencidos, pero diez minutos más tarde roncaba en el piso al lado del perro.
Al final me encontré en el baldío que una banda de vecinas enérgicas había reconvertido en huerta comunitaria, paleando para enterrarlo y rogando que tardara un poco más en amanecer, no fuera que alguna madrugadora, de buena fe, me sorprendiera en el predio y para chequear mi identidad me pidiera ver las semillas que no tenía.
Cavé en cualquier parte, aprovechando el primer pozo empezado que encontré.
Terminé cuando empezaba a clarear y vi —por la etiqueta, con su desliz ortográfico de rigor— que acelga era lo que había plantado más cerca, un detalle superfluo pero útil, quizás, para orientar a Bernal en caso de que se le diera alguna vez por hacerle una visita.