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Por supuesto, nada de este mundo paralelo, inesperado pero bastante inocente, a fin de cuentas, aparece en el libro de nuestra amiga, ni siquiera en el capítulo dedicado a la Naldoni, lejos el más extenso y entusiasta, que es cuando más podría permitirse aceptar que había paños menores y no necesariamente con aroma a gardenias, la única flor que Baldó toleraba en la biblioteca.
Quizá no estuviera enterada. Quizá la biblioteca fue para ella un hallazgo escenográfico, el decorado ideal donde su personaje, después de años de suburbios, viajes provinciales, despachos compartidos, podía por fin desplegar el brío de su rancia flamboyance y sus gestos, sus modales, sus citas en lenguas extranjeras o muertas, que incrustaba como frutas abrillantadas sin discriminación, no importa la condición del interlocutor al que se las infligiera, brillar como lo que en el fondo eran, estelas de estrellas fugaces, cantos de cisne de un mundo ya extinguido, ni siquiera proféticos.
De ser así, incumplió la regla de oro del buen biógrafo, del biógrafo tout court : saber, saber siempre, saberlo todo, saber incluso aquello que no aparecerá en la biografía.
Quizá lo supo y lo omitió, consciente de que si la describía como el monstruo equívoco que parecía ser, con sus vetas de garito, salón libertino y teatro de furtivos chispazos carnales, la biblioteca, todavía en la órbita del bochorno de la era Lanteiro, le haría un flaco favor a la imagen de Baldó.
Según nuestra amiga, todo va viento en popa en la Naldoni, y el que sopla esos vientos es Baldó.
No hay mayor precisión sobre el horario que cumple, su disciplina de trabajo o hasta qué punto lleva a la práctica la idea, lanzada con bombos y platillos al asumir el cargo, de recibir en su despacho todos los días de la semana, incluidos sábados y domingos, engrillado a su escritorio, un Ebeling-Klopstock con tapa de cuero del que se deshizo no bien aterrizó.
Las iniciativas de Baldó son más del tipo conceptual, de las que se conciben en diez segundos, el tiempo que lleva revolver una taza de té negro y darse cuenta de que no se le ha puesto azúcar, pero cuyos resultados gozan de una larga vida.
Incorporar nuevos públicos, por ejemplo.
En apenas meses, dice nuestra amiga, moderando con alguna dificultad el tono triunfal, la biblioteca asiste a la aparición de unos personajes extraños, difíciles de clasificar, que poco a poco, con aire desconcertado, la clásica torpeza de los novatos y un estrépito de toses y estornudos, se animan a entrar, a entremezclarse —no siempre de la manera más civilizada— con el público tradicional, que sin duda no los esperaba y los mira de reojo.
(Las palabras son más o menos de nuestra amiga).
Conozco a esa clase de gente. Cualquiera que haya pasado unas horas en una biblioteca la conoce (lo que demuestra hasta qué punto no es un fenómeno exclusivo de la Naldoni, como quiere hacernos creer la autora).
Arrastran los pies, hacen ruido con las sillas, están demasiado abrigados, se escarban la nariz o se la suenan a todo volumen, comen —violentando el tabú capital de la institución— toda clase de chorreantes porquerías usando de mantel libros que no leen, se pasan una eternidad en la misma página atónita de la revista que traían consigo al entrar, enrollada en el bolsillo del saco, para evitarse la vergüenza de no saber qué ni cómo pedir lo que buscan, si lo que buscan es un libro.
Y no, no es un libro; la mayoría de las veces han entrado en busca de calor o de fresco, una silla donde sentar un cuerpo cansado, y rascárselo, o silencio, o un baño más o menos limpio, o un vaso de agua (la concesión de los dispensers acababa de ser renovada), o pasar un rato en paz, a solas, donde no los conozcan, no los llamen, no les pidan nada.
Murzi, a su manera fibrosa, impertinente, ¿no era acaso uno de ellos?
Pensé en él apenas leí la descripción que el libro de nuestra amiga daba de esos advenedizos.
Es cierto, hacía tiempo que no lo veía. Puede incluso que lo extrañara un poco.
No me acuerdo ahora quién, qué suplente poco carismático se ocupaba entonces de prestarme los servicios por los que tanta gratitud le debí y le debo.
Me hizo gracia reconocer su silueta en medio de esa muchedumbre de zombis desorientados, mal camuflado por los accesorios que le había facilitado para que no llamara la atención.
(Me devolvió la bufanda y los artículos de escritorio, no los anteojos ni el portafolio, lo que habla bastante bien de sus gustos).
Se me ocurrió que las hordas de lectores nuevos que el libro celebraba no eran sino la versión genérica, multiplicada, hiperbólica, de la figura de Murzi, y que quizá fueran él, su aire de estibador mal dormido, y la convicción con que asumía su rusticidad, y el efecto intimidante de sus malos modales, siempre preñados de una dosis de amenaza, los que habrían inspirado en nuestra amiga aquella ráfaga de optimismo sobre la ampliación del público de la Naldoni.
Él, y por lo tanto yo, que lo había despachado en misión a la biblioteca; él, y por lo tanto Bernal, cuya presunta doble vida se había comprometido a corroborar.
La frase me quedó porque es buena, por supuesto, porque era la que encabezaba su reseña y porque por entonces seguía lo que hacía Doppodomani con cierta regularidad, un poco como algunos siguen a ciertas flores condenadas por el solo placer de verlas cambiar de color, perder uno a uno sus pétalos y morirse.
De hecho fue la última reseña que escribió; la última que le publicaron, en todo caso.
Su mujer —la enfermera que lo tenía a cargo en el Puigbó, que renunció al hospital cuando lo dieron de alta, quizás un poco prematuramente, para acompañarlo en la última, breve etapa de su vida— comentó después que había otras dos inéditas, listas para la imprenta, igual de valientes, parece, que la que le había tocado a nuestra amiga.
Nadie las vio; nadie supo a ciencia cierta a quiénes descabezaban.
Yo me tomé el trabajo de viajar hasta Bustamante, donde la mujer vivía con una especie de prima renga y media docena de perros, para pedírselas en persona.
Además de mi viejo y querido rencor, no sé bien qué tenía en la cabeza; compilar una antología póstuma, quizá, sólo para impedir que se olvidara aquella reseña gloriosa, la única que se atrevió a decir lo que había que decir cuando los demás, incluidos Gagliani, Rigalú, Jouet y Dartiguelongue, se hacían los osos, miraban para otro lado, silbaban “ Adesso tu ”, “ Quello che fa male ” o alguna otra porquería de la época que estuviera sonando.
El deseo de homenajear al crítico caído en cumplimiento del deber, el compromiso con la verdad, la necesidad imperiosa de justicia: todos los argumentos, todas las extorsiones que intenté se hicieron pedazos contra el muro de hielo de su cara, nada fea, por otra parte, que recién dio señales de resquebrajarse cuando le hablé de dinero, una suma simbólica que llevaba preparada.
Se guardó los billetes dentro del puño del pulóver.
Suspirando, dijo que iba a buscarlas y desapareció por un pasillo oscuro.
La prima miraba algo atroz en el televisor, no sé si no su propia cara —eran las dos de la tarde, el duro sol bustamantino golpeaba contra la pantalla comba del aparato: con un poco de esfuerzo yo también habría descubierto mi cara ansiosa en aquel espejo lleno de dedos sucios—, que yo miré con ella durante quince largos minutos, hasta que la oscuridad del pasillo regurgitó a la viuda y por su expresión vi que no traía buenas noticias.
Como ya me había anticipado —lo que no era cierto—, las reseñas habían desaparecido.
Con la ilusión de que tenerlas cerca era estar más cerca de publicarlas, el pobre Doppodomani las llevaba siempre consigo, sujetas por la soga que usaba a modo de cinturón.
Las tenía encima cuando lo emboscaron en la calle, saliendo de un sauna que seguía esperando su certificado de habilitación.
Probablemente se las hubiera robado el sicario que lo golpeó, a quien nunca encontraron.
Alguien, empeñado en desentrañar el identikit que hizo circular la policía, creyó reconocer a un sobrino de Baldó, uno especialmente impulsivo y versátil que había reinado unos meses en la quinta de Hurlingham como jardinero, asador y techista ocasional.
Nuestra amiga declaró como testigo, cosa absurda, porque no había denuncia ni proceso alguno en curso, Baldó yacía bajo tierra y Hurlingham, vendida hacía tiempo, era una escuela católica muy cara, famosa por sus jardines, sus cursos de modales y sus techos de pizarra francesa.
Enarbolando su libro, dijo que conocía el entorno de Baldó mejor que nadie y que nunca había visto esa cara en su vida, si ese manchón con protuberancias arcimboldianas era una cara.
Doppodomani había visto algo, no todo, como era previsible en alguien que ya no dormía, se negaba a comer nada que no fuera rojo, el rojo bermellón del plumaje del pájaro mosquero, y veía frases enteras, que se negaba a leer, si conectaba los lunares de luz que el sol, atravesando las copas de las tipas, proyectaba contra la pared de su cuarto en el Puigbó.
Vio la idealización del mediocre, el insecto entronizado, viejo, sin una pata y aun así entubado por el sublime haz de luz cenital, celestial, destinado a primadonnas y místicos, pero no el cuadro entero, no sus rincones en sombra, sus depósitos, sus cuartos de esconder.
No vio la leonera en la que confina nuestra amiga a quienes hacían las cosas que ella insiste que hacía Baldó.