Malas lenguas 56 #2
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56 #2

La cosecha, magra, amarga, me produjo alivio, y el alivio dudas.

Así que aplacé unos días el pago del saldo que tenía pendiente con Murzi y aproveché el catarro y el día lluvioso que habían postrado a Bernal en la cama para obtener de su boca las confirmaciones de rigor.

Fui sutil, di las vueltas necesarias, fingí —para evitar que desconfiara— no saber lo que sabía y buscar lo que no buscaba.

Le di todo lo que quería, que en su estado, con fiebre, temblores, llagas en la boca y expectoraciones verde flúo del tamaño de repollos de Bruselas, era mucho.

Tenía los labios cuarteados, como de tierra seca, inútiles para besar pero no para ciertos servicios asociados —donde el roce rugoso siempre es bienvenido— o pasiones menores, para él vitales, como fumar.

Puse el grito en el cielo. Si quería fumar, a la miseria como estaba, que se fuera al balcón, cosa que hizo en piyama y pantuflas para volver a entrar un segundo después, un poco mojado, en busca de fuego, porque su zippo no aparecía por ningún lado.

Uno a uno, como por casualidad, le fui sacando los nombres de las visitas del mes, que encajaron perfectamente con la galería de retratados de la libreta de Murzi.

No insistí. Después de la duda vino un segundo alivio, menos necio, más confiable que el primero.

Llamé al médico, a uno que Bernal conocía y ya había usado antes, mucho antes del reinado de nuestra amiga y del mío y hasta de escribir el Derqui , durante las dos semanas que había trabajado en la librería de los negreros Dalaylac, para conseguir certificados de enfermedad que no merecía.

Cuando el médico llegó, con el tufo a ginebra de siempre y los hombros nevados de caspa, los dejé solos —Bernal adoraba al personaje— y salí a reunirme con Murzi para arreglar cuentas.

Lo encontré al fondo del supermercado, en la sección rotisería, estudiando inclinado una especie de presas de pollo a la laca que me dieron miedo.

Le dije que no fuera avaro y no se arruinara el estómago y le di lo que le correspondía, con un extra que no sé si esperaba y que él, empujándome tras un cerco de paquetes de papel higiénico, retribuyó sin decir una palabra, con los bufidos y el fervor tosco y la vital precipitación de siempre.

Algo de metal oí que caía al piso sucio del local mientras nos enzarzábamos.

No era su reloj; había tenido la precaución, sabiendo para qué usaría la mano, de sacárselo antes.

Vi que era un zippo cuando lo recogió, cosa que hizo sin dejar de moverse, con la misma virtuosa nonchalance con que el cowboy de cierta historieta de mi infancia, montado sobre su caballo fiel, prendía un cigarrillo con un fósforo y los dedos de una mano mientras disparaba con la otra contra el villano que pretendía matarlo por la espalda.

Era el más caro, no el único souvenir que se había traído de su mes pasado entre libros.

También le habían interesado el rapé, del que Bernal seguía dejando regueros cada vez que se daba una dosis, la cajita de regaliz —sólo hasta que probó el primero y lo escupió— y unas láminas, cuadernillos o fascículos increíblemente obscenos que había ido encontrando en distintas secciones de la biblioteca, siguiendo las instrucciones que un Toletino exhausto pero satisfecho le había confiado la tarde del bingo a modo de recompensa, en su oficina del segundo subsuelo, un cuchitril que su inquilino sabía cómo transformar en un nidito de amor.

Era uno de los pocos servicios informales que seguían en pie de la vieja era venal: por un abono razonable, que se podía pagar también en especias, el lector, provisto de un plano que le entregaban en mano —se supone que en condiciones de máxima discreción—, podía pasearse a sus anchas por una Naldoni paralela, non sancta , deteniéndose aquí y allá, alertado por ciertas coordenadas cromáticas (verde para “otras especies”, violeta para “grupos”, negro para “verdugos”, rosa para “panas y lanas”, rojo para “hemorragias”, gris para “máquinas”, etc).

, para dar rienda suelta a la curiosidad, algún interés específico, erudito o lúbrico, o —gracias a unos confesionarios de dimensiones exiguas, como para pecadores pigmeos, pero para el caso más que funcionales, que la biblioteca había recibido en donación, junto con los veintiséis Cuadernos de llanto y oración del Seudo Sulpicio, y que Toletino, robándole la idea a Tortós, que cayó con Lanteiro y no llegó a verla realizada, había incorporado al ingenioso recorrido clandestino— a un desahogo urgente.

Unas muy truculentas le llamaron la atención, pero ni siquiera poniéndolas cabeza abajo llegó a entenderlas del todo, y los textos que las acompañaban, que podrían haberlo orientado, estaban en idiomas desconocidos.

Se las llevó igual, pensando que un cliente que lo había contactado días antes, papirólogo, profesor de sánscrito o algo por el estilo, lo ayudaría acaso a descifrarlas, pero el muy chambón se las dejó apoyadas sobre el teléfono público desde donde lo llamó para confirmar la cita, molesto porque la voz que lo atendió, con un falsete de eunuco, le dijo que no había ningún profesor de sánscrito en ese número.