Malas lenguas 56
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Lo instruí, lo vestí, le di unos viejos anteojos de pasta que un farsante se había olvidado alguna vez en casa y una coartada más o menos verosímil que le permitiera maquillar, además de su calaña física, su poca familiaridad con el mundo de los libros, y le sirviera para fingirse ocupado, no llamar la atención.

Pasaría un buen rato en las salas de lectura; en algo tenía que hacer de cuenta que trabajaba.

Por una ironía del destino sin mayor interés, pero que me costó horas de penosa excavación en la baulera donde guardo esas chucherías, le encajé el borrador de un viejo proyecto sobre bibliotecas libertinas que me había tocado evaluar para la fundación Sterbini, una docena de páginas pretenciosas, redactadas con los codos, que le expliqué con cuidado cómo debía manejar si quería pasar por un frecuentador de bibliotecas, con qué aire de expectante confianza desplegar sobre la mesa, cómo subrayar, cada cuánto tiempo trasvasar sus falsos apuntes a una libreta (que también le suministré), y un sobre con grabados, planos de plantas, informes policiales y recortes de diarios, entre ellos uno sobre la redada que acabó con las matinées Remusat (que no lo impresionó), otro sobre los tableaux vivants montados por Morceaux en el Mondo del pasaje Paunero (sobre los que, inesperadamente, tenía información de primera mano).

Metí todo en un viejo portafolios de cuero y se lo entregué.

Por la manera en que lo agarró, en que lo dejó colgar, sosteniéndolo apenas del extremo de una correa, era obvio que nunca había tenido nada parecido en las manos.

Le mostré cómo llevarlo con cierta gracia natural, dejando que golpeara rítmicamente contra un costado de la pierna, cómo posarlo sobre la mesa para abrirlo —la técnica Baldó, aparatosa pero infalible—, cómo destrabar sus broches de metal sin dañarlos.

A todo decía que sí, como esos perritos que asienten en las lunetas traseras de los coches, impasibles, mientras la familia tipo de turno aprovecha el largo viaje a la costa para desintegrarse.

Aceptó todo —incluso la goma, el lápiz hb y el sacapuntas— con una gratitud impaciente, atropellada.

Sí, iría a la Naldoni un mes entero, tres veces por semana, y se quedaría ahí adentro todo el día, alternando salas y mesas de lectura, y deambularía por el edificio y se perdería, siempre en busca del baño, la oficina, la sección que los carteles indicadores omitían, y registraría en la libreta a quién recibía Bernal, con quién se veía y conversaba en los pasillos, cuándo salía y para qué.

Esa mañana, la mañana del primer día de su misión, me prometió que lo haría.

Pero no podía dejar de preguntarse, dada su experiencia en esa clase de asuntos, si una amenaza, una paliza prudente o un tajo rápido en una mejilla no me allanarían el camino hacia lo que me interesaba saber.

Por un segundo —el tiempo que dediqué a imaginarla—, la idea del tajo me entusiasmó; sobre todo la herida, pequeña, fresca, del color rojo oscuro, casi negro, que tienen las heridas en las pieles muy blancas cuando se lastiman a la intemperie del invierno, si es en el campo mejor.

Le di un dinero extra, un per diem , que no alcanzaría para que comiera pero sí, quizá, para disuadirlo de los atajos que me proponía.

Un mes después, dos cosas eran evidentes: mi informante (que se llamaba Murzi, como me lo recordó una agenda vieja cuando buscaba el teléfono de una masajista) no haría carrera en el espionaje; la vida de Bernal sin mí, lejos del ardor, la expectativa, la ansiedad carnívora de mis ojos, era tan disoluta o tan insípida como la que llevaba cuando lo visitaba en la biblioteca.

El rufián me entregaba los informes en un pequeño supermercado chino, deslizándolos por los claros sincronizados que él abría entre frascos de desinfectante para baños y yo entre botellas de agua mineral.

Eran confusos, desprolijos; dos por tres no consignaban fechas, y cuando lo hacían las fechas eran ilegibles, aplastadas como estaban por las huellas que las circunstancias de la redacción habían dejado en las páginas de la libreta: manchas verdes (mate, aunque mi informante juró y perjuró que lo detestaba, o espinaca), los clásicos lamparones del aceite (alguna de las fritangas populares del barrio), en alguna ocasión sangre (un corte feo que se hizo abriendo una botella de cerveza, que procedí a curarle con más devoción de la que merecía).

Un verdadero asco, como por otro lado un buen porcentaje de los manuscritos raros que Bernal y sus colegas de sección —a veces dos, a veces cuatro, siempre sin cara y sin nombre— acariciaban a diario con las manos enguantadas y la consigna de conservarlos en el estado de chanchada en el que estaban, que centuplicaba su valor.

Debo decir, nobleza obliga, que así como era descuidado Murzi era puntual, virtud poco común en su ramo.

Sólo que ponía en ser puntual todo el celo, la atención y la responsabilidad que un agente más criterioso habría repartido entre las diversas obligaciones de la misión.

Y ese no era el único problema de criterio que tenía.

A veces, en los informes, pasaban más cosas en dos horas que en dos días, y las cosas que pasaban no siempre eran relevantes, y las tres apretadas líneas que dedicaba por ejemplo a cierto excamarada de armas de Bernal —no Tenreiro, el poeta, sino Sotolongo, el toxicómano que insistía, diez años después de que lo echaran del arma, en lucir su viejo uniforme y su birrete cada vez que lo visitaba en la biblioteca— resultaban algo pobres al lado del detalle con que describía los gorgoteos estomacales provocados por el guiso de lentejas de la fonda de calle Roseti (que por algo yo le había desaconsejado) o la prominencia de las nalgas de un sobrino de Baldó, muy parecida a la panza de cierta provincia papelera de un país vecino.

Cuando le preguntaba qué había pasado en las dos páginas vírgenes entre el martes y el jueves —porque en vez de pegar un día con el otro, lo que habría hecho cualquier informante razonable, el muy canalla las dejaba en blanco, sabiendo hasta qué punto ese vacío, con su horizonte infinito de posibilidades, me hacía sufrir más que cualquier otra cosa, más incluso que la confirmación de la traición que temía, que acechaba, que desesperaba por descubrir—, Murzi se encogía de hombros, fingía hacer memoria y revoleaba los ojos o, en el peor de los casos, estallaba en una carcajada y me contaba cómo buscando el baño, haciendo de cuenta que buscaba el baño (cuando en realidad quería patrullar un rato el área de Manuscritos Raros), había terminado en el segundo subsuelo y caído en medio de una de las sesiones de bingo que Toletino, no se sabe si con la anuencia tácita de Baldó, seguía celebrando los miércoles a la tarde, cómo —tras un breve paréntesis de desconcierto— lo habían invitado a sumarse al juego, cómo había ganado tres rondas al hilo, cómo Toletino, un buen muchacho, después de todo, aunque por los gritos que pegó bastante más flojo de lo que parecía, lo había hecho pasar a su oficina. ..

Además de la visita del excamarada de armas, la libreta mencionaba a un hombre muy alto, tímido, vestido con una capa oscura y botas de cuero de víbora (supongo que Ondiviela, el editor del Derqui , con el bochornoso contrato de reedición del libro que Bernal, gracias a mi consejo, se negó a firmar); uno bajo, con aire de burócrata cruel, envuelto en una nube de clavo de olor (Boffoli, su último dentista, para reclamarle por una extracción que terminé pagando yo); un empleado de una mensajería privada (para entregarle un paquete que no era para él); y una mujer (paré la oreja) con ojeras (temblé), rastros descoloridos de belleza (¿era posible que.

..?), una voz hermosa (¡sí, sí!), todavía joven (dudé) pero medio calva (no, no, a menos que la medicación.

.)., con ropa muy cara (decididamente no) y un perrito largo y chato como una patineta, también muy caro (nuestra amiga aborrecía los perros tanto como los arándanos), que hizo buenas migas con Tilde, a esa altura un moribundo profesional.

Como me lo confirmó el mismo Bernal, todavía en shock por el reencuentro, era Saint-Lô, la ex fatale de la revista Karma .

Diez años después estaba en la ruina, tan ingeniosa y descabellada como siempre.

Alguien íntimo, probablemente el mismo sinvergüenza que la había desplumado, le había sugerido aprovechar la posición de Bernal para colocar en la Naldoni —por una suma exorbitante— la media docena de ejemplares de la revista que se pudrían alegremente en el altillo.