Malas lenguas 55
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Tal vez lo que quería era ver a Bernal; sorprenderlo, irrumpir en medio de esos lapsos de vida que vivía sin mí, tan campante, y sorprenderlo tal como era a secas, no como era para mí; verlo sin mis ojos, con la misma ansiedad con que habría corrido a verlo en las imágenes de la cámara de seguridad de una playa de estacionamiento o de un banco, dos lugares que conmigo nunca pisó.

Estuve un tiempo ensayando ese tipo de asaltos.

No pensaba, eran como raptos que me daban.

Estaba en casa, en medio de algo que no vale la pena recordar, y de pronto me encontraba afuera, en la calle, abortando el plácido almuerzo de un taxista con la dirección de la biblioteca dicha con mi voz más temblorosa, mientras uno de mis brazos luchaba por entrar en la manga del impermeable, esfuerzo completamente superfluo porque casi nunca llovía, y si llovía era casi cantado que el impermeable se lo había llevado Bernal.

Digo “me encontraba” no para satisfacción de pedantes como De Blest, cuyos personajes consideran que “estar” en un lugar es el colmo de la vulgaridad, sino en sentido literal, como cuando un cuerpo sumido en la ensoñación tropieza —se encuentra— con su sombra y pega un grito de alarmada sorpresa.

Al día de hoy no podría afirmar que la persona que se zambullía en el taxi fuera la misma que un rato antes despellejaba en sesenta líneas la memoir alcohólica de Punzetto (en verso, para colmo), despachaba un par de informes de lectura lapidarios o paveaba en la cocina en pantuflas, las pantuflas borravino que Bernal había aceptado comprarse, de lana, llenas ya de agujeros, que ahora le robaba yo, porque eran el lugar donde su calor y su olor mejor se conservaban.

Supongo que una extrañeza parecida sentirán los homicidas que matan como resultado de una compulsión súbita y se descubren —se encuentran— de rodillas en un charco de sangre fresca, con un cuchillo de cocina en la mano, cuando en el último recuerdo que tienen de sí mismos cantaban bajo la ducha o acunaban al bebé que ya no volverá a despertarlos.

Lo habré hecho media docena de veces, siempre en estado sonámbulo, siempre el mismo recorrido, en dos ocasiones con el mismo taxista, que la última vez, antes de bajarme, se animó a darme su tarjeta y la tarifa fija, muy conveniente, dado el descuento, que me cobraría si acordábamos un plan de viajes regular.

Salvo por las veces que llegué a la biblioteca y no entré.

de la vergüenza, y me volví, no puedo quejarme.

Además de unos episodios de urgida lujuria, que compensaban la meseta de languidez a la que nos íbamos acostumbrando en la vida diaria, el plan de asedios me dio más de una satisfacción.

Conocí, de la mano del mejor de los guías, regiones que el lector común ni siquiera intuye, rincones solitarios, el fragante tallercito de restauración, el box de enfermería, abandonado pero con su vieja camilla intacta, muy apta para usos no convencionales, el glamour enjaulado del montacargas, el baño de hombres del segundo subsuelo, con su sórdida hospitalidad, su barra abatible, tan oportuna, y aquel globo que se desinflaba en un ángulo del techo, rémora del cumpleaños de una prima de Toletino que no había terminado bien.

Me sorprendieron algunas alfombras, desflecadas pero todavía cómodas, y el gemido particular que emite el roble de los escritorios de persiana cuando se los exige un poco, esa especie de llantito deshilachado con el que competían, y perdían casi siempre, los lamentos del pobre Tilde.

Los guantes, que yo siempre había visto con fastidio, como obstáculos, resultaron una grata revelación, en especial los de nitrilo, sobrante de una partida mexicana cuyo contrato dio mucho que hablar, y los de látex, demasiado perfumados para mi gusto, pero con los que las manos de Bernal parecían tener una entente bastante milagrosa, muy apreciada por ciertas partes mías que no se conforman con cualquier cosa.

Sería injusto decir que volví de esas excursiones con las manos vacías.

De hecho, el Da Veiga que Suzanni despreció no deja de mirarme mientras me enredo en estas líneas, parado al bies en un estante del que no tardará en volar.

Pero no volví con lo que buscaba, que es lo peor, lo más triste que se puede decir de cualquier asedio.

El error, por supuesto, era insistir en ver con mis ojos lo que sólo podía suceder sin ellos.

Con aporías como esta Gorle y Ganzerla fabrican una filosofía completa, incluidos los bucles extraños, los paralelos de orden invertido, la ilusión del circuito cruzado y hasta el genio benigno que los desactiva todos con un solo estornudo.

Yo, por mi parte, me fabrico una trampa.

En eso estaba, tratando de aplicar a mi situación las dos o tres maniobras de escapismo que recordaba haber visto en un documental sobre D’Ortigue, el mesmerista apátrida, cuando caí en la cuenta de mi necedad.

Era preciso tercerizar, conseguirme un par de ojos suplentes.

Toda una obviedad, por supuesto, que no estuve en condiciones de ver hasta semanas después, la noche de la inauguración del estudio Montrésor.

Yo no tenía la menor intención de ir: hacía un frío de perros, un orzuelo dubitativo, de los peores, venía martirizándome desde la mañana y la invitación prometía más de lo mismo —retratistas de nombre, realismo escenográfico, variedad de disfraces y accesorios importados y una trastienda con un par de sorpresas razonablemente escandalosas—, sólo que con veinte años de retraso.

Pero Bernal me había avisado que llegaba tarde, demorado esta vez por no sé qué conservador canadiense, o belga, o danés, traído del Cusco para darle el vistazo final al epistolario Pochet-Herdosia, y la idea de esperarlo esperándolo me descorazonó tanto que cambié de opinión.

Será la edad, pero pocas cosas me fastidian tanto como tener razón.

La opaca campanada mental cuyo tañido hace diez años me alborozaba, confirmando que había dado en el blanco, una vez más, en algún asunto enojoso, ahora me deprimía sin consuelo, mucho más que la mancha color café descubierta en el dorso de una mano, la duración cruel de las resacas o el duelo estúpido, cada vez más frecuente, en el que se trenzaba mi memoria con todo lo que se le resistía, nombres propios, títulos de libros, marcas de ungüentos o de ropa interior.

Apenas puse un pie en el Montrésor —un pie resuelto, muy bien calzado, porque ya que me había tomado el trabajo de ir hasta ahí, mejor que no fuera en vano— se me vino encima lo único que aquella invitación podía depararme: una porción de pasado, con todo su peso, su torpeza y su falta de modales, que es lo que menos soporto del pasado.

La catacumba era la misma donde veinte años antes había funcionado el Salón Fantasio: la misma sordidez, el mismo tufo a humedad, habría jurado que la misma moquette sintética —con las mismas descargas de estática que las dueñas del Fantasio sabían aprovechar tan bien para los portfolios de desnudos—, salvo que el cartel de la entrada, una de cuyas esquinas, porque ya estaba flojo, tendía a apuntar hacia abajo, hacia la coronilla de los incautos que insistían en pasar por debajo, decía Montrésor en letras art déco , habían pintado las paredes de negro y atendía el guardarropas una pareja de mellizos con carisma pero menos interesantes que sus antecesoras, de una de las cuales conservo un recuerdo probablemente falso pero muy vívido.

Vi a Travierzo, evité a Lavié, confundí a Lobato con Betelú, y cuando estaba por saludar a Párraga me agarró del brazo una chica, una local —la identifiqué por el imperdonable disfraz que vestía, otra de las ideas comerciales de madame Trésor—, que me llegaba por el hombro y hablaba muy rápido, y me llevó a conocer el lugar.

Me acuerdo poco de lo que me mostró, en parte porque había tanta gente que era difícil moverse, en parte porque habían inaugurado antes de tiempo para no perderse no sé qué prerrogativa fiscal, y la mayoría de las atracciones no estaban listas para operar, ni siquiera para ser vistas.

Me quedé con ganas de conocer una, que mi guía llamó “el tallercito” y tenía una zanja o fosa perfectamente cómoda para albergar a una docena de clientes incómodos, con poca ropa, y, del otro lado de un cerco de bambúes mal cortados, una especie de galería de dioramas al parecer muy sofisticados, creo haber oído que interactivos, todavía a la espera de cierto permiso sanitario legal o el dinero destinado a sortearlo, que la chica no pudo mencionar sin ruborizarse, lo que le quedaba bastante bien.

Confieso que por un segundo pensé en quedarme con ella.

Después de todo era ahí, en ese sótano insalubre, donde había perdido la menos dolorosa de mis inocencias.

Pero un segundo no es suficiente, siempre es demasiado o muy poco, sobre todo cuando lo que mide es el tiempo de pensar.

Alguien la distrajo con alguna urgencia —es notable cómo se viene vomitando más temprano últimamente—, y de pronto la noche se puso estroboscópica; por error, porque no había música y lo que tocaba era luz negra.

Ya era tarde, temprano para la farra maratónica que terminaría siendo pero tarde para mí, y empezaban a dolerme los pies, y cuando me duelen los pies no puedo pensar en otra cosa, y no hay nada peor que pensar en una sola cosa.

Todo se fundió a negro. Un ejército de dientes flúo sonreía a mi alrededor.

Me tomé una última copa que capturé al vuelo, ya buscando la salida, y la mitad del veneno verde que contenía se lo volqué encima al mozo que llevaba la bandeja.

Fue una desgracia con suerte. Conocía al mozo, conocía esos dientes —en especial uno, el de la funda de metal, que con la luz negra, cuando me sonrió, se volvió un agujero—, conocía la lengua prodigiosa, como de dibujo animado, y el descaro con que se enjugó las salpicaduras del trago.

Algo con eme: Murz, Murri, Muzzi... Ya había trabajado para mí.

Si no me equivoco, la última vez que lo había tenido tan cerca estábamos en la escalera de servicio de casa, intercambiando nuestras cosas de pie, y su bestial cara de goce brillaba reflejada en el vidrio del gabinete del extinguidor de incendios.