Malas lenguas 54
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Lo cierto es que yo llegué a la biblioteca unas horas más tarde y no la vi.

El resto estaba todo igual: el reloj que atrasaba, las dos sillas un poco fuera de lugar, la bandejita, las tazas.

Pero de los biscotti no quedaban más que migas, el té estaba frío y el programa de cine, solito, suelto, parecía algo desvalido lejos del amparo del Da Veiga, que sin embargo seguía también ahí, haciéndose el desentendido en una esquina de la mesa, confirmando el pálpito que había tenido Baldó al elegirlo como regalo de protocolo: que Suzanni, que no quería ver libros ni pintados, haría lo imposible por no llevárselo a su casa.

No sé si vetiver, pero algo de madera ahumada flotaba en el aire.

Y no olí rastros de Souci, el menjunje de castañas y kaki o kiwi que se ponía entonces nuestra amiga, dicen que para acallar cierta pestilencia propia de la medicación.

Francamente no me acuerdo por qué me encontré en esa sala.

Tal vez había olvidado anunciarme. Era la regla y yo tenía la costumbre de respetarla, pero ya no me divertía tanto que el idiota de turno se tomara quince minutos para rastrear a Bernal y apretara todas las teclas equivocadas de un conmutador que fallaba cada dos por tres.

O tal vez me anuncié y cuando vi que el portero, molesto porque un interno lo dejaba esperando, suspendía el rastreo para volver al solitario sibilino del que lo había distraído, decidí meterme sin esperar que me autorizaran.

Era el tipo de infracción inofensiva que me daban ganas de cometer a veces, cuando caía en la biblioteca sin avisar.

La sala de exposiciones era la primera después de la entrada, la puerta estaba abierta.

.. De modo que entré —los muy derrochadores habían dejado las luces prendidas— y me puse a dar vueltas por el lugar, a hacer lo que hace la gente cuando llega a una escena del crimen demasiado tarde: arruinarlo todo.

Rocé con los dedos el borde del respaldo de las sillas, la tapa de vidrio de la mesa —donde una franja un poco más oscura señalaba el camino trazado por la patinada del Da Veiga—, el filo de la bandeja, el asa apenas mellada de una de las tazas, que estaba a punto de vaciar de un trago —no me gusta el té, pero frío y de otro tiene lo suyo— cuando apareció Bernal con su delantalcito gris y su sonrisa de jadeante inocencia, y más atrás el perro, aturdido como nunca.

Tilde había entrado en la etapa final, de incontinencia, lo que complicaba la tarea del personal de limpieza pero hacía más fácil localizarlo si se perdía, cosa que ocurría cada vez más a menudo.

Sé que a Bernal no le gustó, pero el arrebato de inquietud que me había llevado hasta la biblioteca, admito que intempestivo, no incluía los efluvios de un intestino moribundo, así que mientras me abalanzaba sobre mi poeta y mis manos se perdían en las ranuras que se le abrían en el delantal, entre botón y botón, como vulvitas, miré una última vez a Tilde, lo vi absorto en algo que no era yo, ni nosotros, ni nada que pudiera verse en la sala, y le cerré de una patada la puerta en el hocico.

Ahora bien, ¿cuál era la escena que buscaba?

¿Qué crimen quería presenciar? No, no creo que la conversación entre Baldó y Suzanni.

Vívida y todo, a duras penas pude leerla sin bostezar en el libro de nuestra amiga.

Y sin embargo, pensándolo bien, la sensación que tuve al rozar los contornos de aquellas piezas de utilería no fue exactamente de indiferencia.

Había algo más, una vibración especial, el eco que siguen irradiando las cosas una vez pasado el temblor que las sacudió.

Yo sabía al llegar a la biblioteca que algo había ocurrido.

No sabía qué, no sabía quiénes ni por qué habían ocupado esas sillas, despreciado esas tazas de té, olvidado aquel programa de cine.

Pero era el rastro de esas presencias lo que quería recoger.

Algo parecido me había pasado escribiendo la triste, truculenta vida de las Stoppio.

Promediando el libro se me había metido entre ceja y ceja ir, ver, estar ahí, repetir, revivir .

Bajar al sótano de la casa y acostarme en el piso, bajo la misma viga donde había terminado por tenderse la gemela mayor cuando entendió que estaba atrapada, que ya no saldría.

Trataron de disuadirme; el primero de todos Mussio, mi editor, con quien me veía dos veces por semana en el altillo que le prestaba Mongole para sus tropelías.

Encontró la idea interesante pero cara, más que nada incómoda, porque nos separaría, y dejó en claro que no discontinuaría una dieta rica en satisfacciones por un escrúpulo biográfico vulgar, peligroso, para colmo, si no se lo ejecutaba con prudencia.

Lo paré en seco cuando amenazó con darme ejemplos.

Tedesco, biógrafo de Bogdan, aplastado por un cielorraso de la casa de su biografiado, que acababa de alquilar para terminar el libro envuelto en su aura; Violeta Dunkel, lanzada tras los pasos de Zumsteeg hasta el final, hasta Real de Catorce, hasta la misma disentería que se cargó en dos días al pobre suizo.

.. Los conocía todos. Pero a Mussio, salvo excepciones, no le gustaba que lo callaran.

Alegó que el drama Stoppio había sucedido años atrás, que la casa, arrasada por el fuego, había sido reconstruida de cero, con ese afán de pulcritud amnésica que parece animar a todos los museos, sobre todo cuando lo que atesoran son obras maestras de la tragedia.

Lo escuché atentamente, con toda la paciencia que se puede tener con la cabeza envuelta en una especie de pasamontañas de látex de muy mala calidad y noventa y cinco kilos de peluda lujuria encima, y dos días más tarde estaba en camino.

Manejé treinta y seis horas, sobreviví a dos pinchazos, un cuarto de hotel con una colonia de murciélagos y media docena de caminos atroces, y aunque llegué un domingo a la tarde en plena siesta, logré convencer al mormón del cuidador de que me dejara entrar, y apenas se dio vuelta para conseguirme un programa del museo pellizqué de un tablero la llave del sótano y bajé.

Cuando se dio cuenta del truco ya era tarde: yo estaba en posición fetal, como la malograda difunta, y cerraba los ojos.

Bajó hecho una furia, amenazándome con llamar a la policía.

Yo, en un rapto de inspiración, no dije una palabra, pero tampoco me moví.

Iba en serio. Simplemente le devolví la llave y le pedí que me encerrara un rato y él, después de un segundo de absoluto pasmo, subió y obedeció.

Quién sabe si toqué en él una fibra secreta.

Habrían pasado dos o tres minutos cuando sentí el olor del pelo chamuscado haciéndome cosquillas en la nariz.

Fue mucho más de lo que esperaba, pero la epifanía no duró: enseguida oí la llave hurgar en la cerradura y la mujer del cuidador —una belleza de provincias típica, pechugona, con las mejillas paspadas, hoyuelos en los codos y un pañuelo a cuadros en la cabeza— bajó como una tromba, dispuesta, esta vez sí —al menos eso fue lo que anunció a los gritos—, a acabar con los recreos viciosos que parece que su marido llevaba cierto tiempo tomándose, siempre en domingos, siempre en el desangelado sótano del museo que le pagaban por cuidar.

Pobre diablo. Le mandé en su momento un ejemplar del libro dedicado, pensando que acaso le sirviera para reducir la pena.

Una semana después recibí el paquete de vuelta, sin abrir.