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Así, mientras Baldó baja las escaleras trayendo en la mano lo que se había olvidado, una primera edición de los Anaqueles absolutos de Da Veiga, el lector —que a esta altura del partido algún lujo tiene que poder darse— se queda prendado de un detalle, una curiosidad menor, modesta, que si apareciera en un rincón de un cuadro —un cuadro donde un sujeto baja unas escaleras con un libro antiguo en la mano, etc.
— pasaría tan inadvertida como cualquiera de las fibras de las que está tejida la realidad, por ejemplo, sin ir más lejos, el trémulo hilo de moco que cuelga de la nariz del guardián de la sala del museo provincial donde se exhibe el cuadro, que pronto cerrará sus puertas al público.
Ahí se queda, cautivado por un delantalcito gris cualquiera, probablemente más barato —comprado en oferta, que es como debió comprar su partida la biblioteca— que el libro que tiene entre las manos, mientras lo que cierta inteligencia mediocre pero por desgracia influyente llama la acción sigue de largo sin mirar atrás, sin distraerse, con ese chucuchuc-chucuchuc continuo con que las insalubres locomotoras de otro siglo adormecían a los viajeros en los culebrones que le gustaba leer a la señora del ministro.
De modo que Baldó entra a la sala de exposiciones —el único espacio decente que hay en toda la biblioteca para cónclaves formales— y sorprende al ministro con el ceño fruncido, comparando la hora que marca su reloj, un viejo Movado de bolsillo, con la del reloj de pie del salón, un Sciazza con movimiento silencioso, de péndulo, que atrasa veinte minutos y quince años, el tiempo que hace que lo mandaron del Archivo Central, donde estorbaba.
Parafraseo a nuestra amiga: Baldó, que sabe que lo único que no tiene que hacer es disculparse, se sienta en la cabecera de la mesa, lejos, lo más lejos posible del ministro, y le lanza el Da Veiga, que viaja patinando por el largo rectángulo de vidrio y se detiene justo antes de impactar contra el anillo de sello que Suzanni lleva en el meñique de su mano izquierda, la que le está costando cierto trabajo mover.
Oh, contrariedad, el ministro se ha olvidado los anteojos.
Fin de la paráfrasis. Farfulla su contrariedad, no una disculpa, y achinando los ojos se pone a examinar el libro como si fuera otra clase de criatura, una caja, un aparato insólito que puede dar vuelta, poner patas para arriba, sacudir, hasta que entra un poco en razón y le estudia el lomo, lo abre, se detiene en una ilustración, una foto, un grabado —uno especialmente sabroso, con indias en paños menores y yacarés—, y tropieza con un viejo programa de mano de un cine de mala reputación, recuerdo traído por Baldó de una de sus expediciones etnográficas de suburbio.
Es el turno del ordenanza, que entra tosiendo, como siempre, y sirve dos tés que nadie pidió, acompañados de los biscotti que Baldó compra por kilo en una importadora del barrio.
Descubren alborozados que ambos detestan el té, que Suzanni tiene en vistas comprarse una casa en Hurlingham y agradecería mucho cualquier información sobre la zona, los precios, algún casero joven disponible, y que a Baldó, que ya está corto de presupuesto, no le vendría nada mal una inyección de dinero extraordinaria.
Salvo para algún asesor inmobiliario, un contable con ínfulas de auditor o de ventilador de escándalos, la escena no tiene el menor interés.
Nuestra amiga la cuenta porque tiene que contarla, por lealtad al principio de continuidad, porque tiene lugar después de la regata senior en el Canottieri Italiani (donde Baldó termina séptimo) y antes de la visita a Popolizio en el hospital Salaberry (el mismo, por otro lado, donde atiende el reumatólogo del ministro Suzanni), que será la última.
No la justifico, pero puedo entenderla. Entiendo ese prurito del biógrafo concienzudo que ha reunido todos los hechos y, teniéndolos perfectamente alineados, cada uno en su puesto, los escribe todos, no importa lo irrelevantes, lo tediosos que sean, en parte porque descartar alguno es despreciar el trabajo que le exigió dar con él, en parte por miedo a que alguna vez alguien, talibán improbable del club de amigos de Baldó, salido de la noche más imprevista, le toque el timbre y le enrostre el eslabón que olvidó u omitió, en ambos casos simplemente porque no valía la pena consignarlo.
Pero la escena es vívida, respira; tiene la transparencia (que agradecemos) de una de esas ventanas humildes que una mano escrupulosa acaba de limpiar a fondo y da a un paisaje prometedor, como todo lo que acecha del otro lado de una ventana, pero decepcionante, como tienden cada vez más a ser los paisajes.
Quizás esa vibración inofensiva y sensible sea un requisito indispensable para que las rodajas de realidad que nos ofrecen los libros tengan la consistencia de rodajas de vida.
Nada del otro mundo, en efecto. Pero quizás este mundo pocas veces nos convenza tanto de su existencia como cuando se presenta en estas postales superfluas, que no le agregan nada, ninguna gracia, ninguna particularidad llamativa, simplemente porque creen en el mundo que retratan y con eso basta.
El hoy olvidado Giovanni Morelli nos enseñó, y bien que pagó el costo de enseñárnoslo, que es en el lóbulo de las orejas, las uñas, la forma de los dedos de manos y pies, mucho más que en la composición, los colores o el diseño de las figuras protagónicas del cuadro, donde debe mirar el ojo si quiere distinguir una pintura auténtica de su copia fraudulenta.
Quizás en estas escenas que no dicen nada, que están ahí para dar pie a otra cosa, para ser relevadas por otras y archivadas, quizás allí, más que en la narración de los grandes hitos de una vida, se encuentre eso que en el fondo busca el lector: la evidencia no del talento o los métodos del biógrafo, que están por todas partes y hasta nos tienen hartos, sino de su presencia.
¿Estuvo ahí nuestra amiga esa tarde, en esa reunión?
Las fechas dan. De esa época es la serie de entrevistas que tuvo con Baldó en la biblioteca.
La muy descarada, contraviniendo todas las normas, escribía al mismo tiempo que charlaba cara a cara con él, lo trataba de noche como a un muerto y de día lo tenía a tiro, le veía los poros abiertos por la afeitada matinal, podía sentirle el olor a vetiver, sándalo, azucena, lo que fuera que usara Baldó entonces, comprado por algún sobrino en una de esas perfumerías rancias cuya devoción compartía sin saberlo con Bernal.
Más o menos por esa época tiene su cuarto de hora de fama el delantal gris, prenda que nuestra amiga no parece valorar demasiado y adjudica en el libro a un empleado anónimo, como hace con el echarpe lila y ocre y la boina de tweed, dos bochornos que Bernal, contra mis ruegos, llegó a llevar alguna vez a la biblioteca.
Quizá no fue deliberado ni hubo mala intención, y nuestra amiga simplemente vio mal, vio muy de lejos, y antes de dar un nombre y equivocarse prefirió dejar las cosas así, en estado de contorno vago.
Por entonces, para disimular los estragos que le había dejado el paso por la clínica Facco, nunca salía sin esos lentes oscuros gigantes que usaba, que le hacían una cara como de mujer mosca.
(Nunca entendí cómo podía creer que le quedaban bien, ni siquiera cuando se tomó el trabajo de explicármelo).
Probablemente eso, más el velo que ciertos psicofármacos dejan caer sobre la percepción de las cosas, pudo haber explicado el desliz.
Lo cierto es que bien pudo haber estado ahí, y acompañar a Baldó, ya de salida, cuando sorprendió a Suzanni en la sala de exposiciones.
O se encontró con Baldó inmediatamente después, y oyó de su boca el relato de la escena que acababa de suceder.
O se lo contó el mismo Bernal, nuestro testigo de delantal gris.
O tal vez se lo contaron los dos —privilegio promiscuo de todo biógrafo— y ella combinó las versiones.
.. De pronto todo es posible. Es lo que suele pasar con las oraciones que empiezan con “lo cierto”.