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En el capítulo doce hay un delantal. La acción transcurre en la Naldoni pero no aparecen los frescos de Orrego, ni los bustos de los exdirectores de la biblioteca, ni el Lector liliputiense de Farnós, doscientos cincuenta kilos de puro quebracho blanco traídos de una aldea del Chaco paraguayo por el testarudo de von Marée.
En un momento Baldó, que está bajando la escalera central a la carrera (el ministro Suzanni odia que lo hagan esperar), se frena en seco, como si recordara haber olvidado algo importante.
Se da vuelta y, dándonos la espalda, el muy guarango sube otra vez apurado, y aunque subimos con él —es lo mínimo que le debemos al protagonista de un libro, incluso a un protagonista como Baldó, incluso de un libro como este—, una antena de nuestro radar, díscola, menor pero muy significativa, elige quedarse en la planta baja y seguir otra pista, para el caso la del empleado de delantal gris que empuja en el fondo su carro lleno de libros, su vagoncito amarillo, flamante, tan recién comprado —la opulencia de las gestiones que empiezan— como los zapatos que calza Baldó, en cuya suela rosado crepúsculo ya habrá clavado sus ojos el lector perspicaz.
Qué lindo sería que fuera Bernal. Qué lindo poder acompañarlo en su alegre reparto de libros, y oírlo tararear su canción favorita, y piropear a izquierda y derecha a las viejas empleadas que esperan verlo aparecer cada mañana, y estar a su lado cuando, completada la ronda, otra vez al pie de la escalera de mármol por la que vimos a Baldó subir, contrariado, a recuperar lo que se olvidó, apartara de sí el vagoncito amarillo vacío, lo alejara con un empujón delicado, sin soltarlo, para atraerlo luego de nuevo de un suave tirón, y el vagón volviera girando como un trompo hasta caer en sus brazos y juntos, como arrastrados por un torbellino, emprendieran una de esas danzas lunáticas en que los bailarines se trepan a cómodas, patinan en bañaderas, se deslizan por pasamanos, caminan por las paredes, se cuelgan de cortinas y arañas y zapatean sobre mesas de luz, hostigados por la consigna que les impartió el cerebro maligno en cuyas manos están: no dejar intacto ni uno solo de los componentes del decorado.
Sería lindo pero no. Bernal no repartía libros, ni tarareaba canciones, ni se conmovía con la castidad forzosa de un manojo de empleadas vitalicias.
Y como bailarín no era de lo más recomendable.
Yo no lo habría recomendado. Quieto o en pose era irresistible, pero bastaba que se pusiera en movimiento para que su encanto se cuarteara como un óleo seco, mal barnizado.
Como muchos tímidos, que resisten durante horas las arengas con que el resto de la fiesta los insta a bailar hasta que, hartos, sólo para poner fin al tormento, dan el brazo a torcer y salen a la pista, hacía lo que hacía con un entusiasmo, una convicción, una fe ciegas, inmolándose para darle un ejemplo al mundo, como el fanático que entrega al avión colmado de pasajeros, la embajada extranjera o la estación de tren su cuerpo forrado de explosivos.
No, ese no era Bernal. Bernal recitaba versos, copiaba dísticos procaces recogidos en el baño en las mismas fichas donde indexaba manuscritos, quemaba el café a propósito y repartía rapé, un tic inglés (un robo inglés, como le gustaba decir) que predicaba más a conciencia que la religión del paraguas.
Con resultados inciertos, hay que decir: el atractivo exótico de la novedad solía sufrir con las explicaciones que se veía obligado a dar cada vez que alguien, con la lata abierta ante los ojos —una Wilsons dorada, muy hermosa, traída de Londres por una azafata que me debía favores—, hundía un dedo humedecido que luego procedía a chuparse, o llenaba con el polvo una cucharita que descargaba en una taza de té, donde quedaba flotando, o pretendía fumárselo en un cigarrillo.
Previsiblemente, el único que captó el asunto al vuelo fue Toletino, que, tentado por el malentendido más obvio, zambulló la nariz en la lata y estuvo dos horas de reloj estornudándose la camisa, que era nueva.
Ese era Bernal en la biblioteca Naldoni, el Bernal que ocupa menos del diez por ciento de una página de las quinientas cincuenta y pico que tiene el libro de nuestra amiga.