Malas lenguas 51
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Yo esperaba que viniera con el delantal y él se aparecía con el perro.

Salvo por cierto matiz de gris, que, mirándolo bien, el pelo de Tilde había ensayado en una oreja y descartado, no se me ocurre un canje menos satisfactorio.

Es bastante asombroso cómo los malentendidos más elementales terminan siendo la espina dorsal de una relación amorosa.

Y no lo digo sólo porque en aquellos días la mía, mi espina dorsal, por obra del mismo disco pérfido de siempre, hubiera vuelto a darme dolores de cabeza, vértigo, náuseas, y la sensación general, ubicua y anónima como una niebla, de que de ahí en más no habría otra cosa que la cuesta abajo del dolor y la locura.

Exagero, por supuesto. ¿Para qué recordamos, si no?

Cualquiera que haya sido azotado por el latigazo eléctrico del que estoy hablando, que después de recorrer la cintura y fulminarla, dejándola helada y dura, envía a su emisario más diligente a elegir una pierna (en mi caso, la derecha) para atravesarla de arriba abajo, íntegra, como un relámpago, sabrá hasta qué punto las víctimas de una hernia de disco decimos la verdad siempre, sobre todo cuando exageramos.

Lo cierto es que ese gusto nunca me lo dio.

Otros sí, y fueron muchos, y todos se fueron con él, como si los hubiera creado su milagrosa capacidad de saciarlos.

Me consoló, al menos, que dejara de traer el perro a casa.

Mi indiferencia general, supongo, y la desidia con que suplía con restos viejos la comida balanceada que me olvidaba de comprar, habían terminado por enfriar la extraña fantasía doméstica con la que me di cuenta de que coqueteaba.

Fue un alivio para todos; más que nada para Tilde, que en sus últimos tiempos en casa no había parado de aullar, toser, rascarse y lamerse por turnos los dos parches fétidos que le habían brotado en las patas, mientras nosotros —yo con lumbago, fuera de mí; Bernal como si nada, con la misma impavidez con que, por ejemplo, apoyaba la cabeza y se dormía en cualquier parte, el único de sus talentos que verdaderamente me enfurecía— fingíamos vivir una vida normal.

Si quería mi ración de delantal tendría que salir a buscarla, sorprender a Bernal en la biblioteca, acariciando algún documento privado con las manos enguantadas, acorralarlo en nuestro sucio rincón, tumbarlo en nuestros sillones apareados y manosear hasta hartarme esa tela basta, exquisita.

Haciendo de cuenta, naturalmente, que el perro —del que Bernal ya no se despegaba— no estaba ahí, a un costado, no estudiaba con sus ojitos secos las patas de hierro de una vieja mesa de coser, no nos apuntaba con sus ancas esqueléticas.