Malas lenguas 50
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Entiendo que el perro pasaba la mayor parte del día en el despacho de Baldó, tirado en esa languidez egipcia más bien gatuna en la que nuestra amiga dice habérselo tropezado.

De tanto en tanto se le daba por resoplar, y los chorros de aire que expulsaba eran tan intensos que formaban pequeñas olas sucesivas en la alfombra.

Parece que también soñaba mucho, y su cuerpazo entraba en un trance de espasmos y contracciones y soltaba unos aullidos muy suaves, dolientes, que varios, nuestra amiga entre ellos, admiten que les costaba tolerar.

Entonces Baldó despertaba al animal —con una técnica curiosa que el libro no describe— y ordenaba a Martinengo llevárselo.

De ahí hasta que la orden se ejecutara podían pasar entre diez minutos y tres cuartos de hora, según el tipo de urgencia que hubiera distraído la atención del secretario, de por sí bastante volátil.

En esos casos, Baldó, que no tenía paciencia, recurría a quien estuviera más a mano, bibliotecarios, ordenanzas, personal de limpieza.

Más de una vez Bernal cayó en la volada.

A diferencia del resto, que habría hecho cualquier cosa con tal de no ocuparse del perro, incluso limpiar los baños del segundo subsuelo, él acudía enseguida, como si hubiera estado esperando la misión, y se lo llevaba sin quejarse, sin ejercer fuerza alguna sobre el animal, salvo la que requería ponerlo en pie si seguía dormido, lo que no era fácil.

Entrando a la izquierda, separada de la recepción por una ridícula cortina de cuentas, había en Manuscritos Raros una sala sin uso, originalmente destinada a almacenar alguna clase de insumo vital que siempre estaba en falta por razones presupuestarias.

Era una piecita sin aire, inhóspita, como todas las madrigueras que elegíamos, con los enchufes rotos y unos cables flacos que salían como ramas de la pared, a la espera de lámparas que nunca llegarían, pero dos sillones viejos —la parte más chic de las chucherías con que el tiempo había ido llenándola— demostraron ser particularmente útiles, sobre todo cuando los poníamos enfrentados, a la hora de aprovechar la pausa que Bernal tenía después del almuerzo.

Ahí estacionaba Bernal al perro cuando le tocaba tenerlo.

Creo incluso que le cedía uno de los sillones.

Se ocuparía él mismo de acomodarlo, porque dudo que Tató pudiera hacerlo sin ayuda.

Eso explicaría, entre otros misterios, el cinturón de ronchas que me descubrí rascándome alguna vez en la parte baja de la espalda —la zona que, dada la posición estrafalaria que habíamos improvisado, más en contacto había estado con el asiento del sillón— horas después de calentarlo con nuestras cabriolas.

El dueño de la veterinaria que encontré abierta esa noche me regaló unas muestras gratuitas de una crema de calamina de última generación, carísima, que acababa de mandarle un colega de Rocha.

Como no le gustaba hacer las cosas a medias, me dio el nombre, que olvidé en el acto, de la variedad de pulga que se había ensañado con mis lumbares, muy común en la zona de quintas del oeste de la provincia.

Se entenderá, espero, el cariño doble, paradojal, que pronto les tomé a la pieza, al sillón (en cuyo tapizado tanto gozaban clavándose mis uñas) y sobre todo al perro.

El veterinario me ofreció también un collar antipulgas, que me negué a comprar. Inventé que no llevaba plata encima.

Por esa época entretenida pero difícil, a Bernal se le había dado por circular por la biblioteca vistiendo un delantal gris hasta las rodillas, con una larga hilera de botones negros, gruesos como viejas monedas de cincuenta centavos, que se ponía no bien llegaba y recién se sacaba cinco minutos antes de irse.

La confección dejaba tanto que desear como la tela, una gabardina tosca, áspera, que asocio sin pensar con la que visten en ciertas películas europeas los maestros de escuela durante la guerra, siempre atrabiliarios pero de buen corazón.

Un diseño inmortal, que Bernal llevaba con un donaire bastante particular.

Tengo la teoría de que la prenda, vista quizá de refilón aquella primera mañana de otoño, fue una de las razones por las que aceptó entrar en la Naldoni sin titubear.

Nunca pude corroborarla, que es en general lo que pasa con las teorías que dan en el blanco.

La aureola del uniforme de marino, tal vez.

.. Pero no. El uniforme era blanco, blanco naval, blanco torta de crema, un blanco que Bernal no podía ver sin tener arcadas (y por eso aborrecía la crema).

Este era gris, un gris artesanal, proletario, de taller o de ferretería, de instituto de menores, de penal, quién sabe.

.. ¿No hay en el Derqui una carcelera que.

..? Una vez que lo visité, atrincherados como cachorros en celo en el anexo de Manuscritos Raros, Bernal se lo desabotonó en orden, de arriba abajo, a toda marcha, con la deliciosa torpeza del apremio.

Estaba llegando a la altura del esternón, su precioso orgullo xifoideo, cuando lo frené en seco con la idea, casi la visión, de su irrigado portento asomando la cabeza púrpura de súcubo entre dos paños de aquella tela barata.

Fue una imagen sublime, de las tres o cuatro que mi variado herbario amoroso no cambiaría por nada.

Como la realidad, con su abulia habitual, tardaba en ponerla en práctica, mandé a mis manos a buscar lo que ya no tenía ganas de seguir esperando y las muy imbéciles, subyugadas por la textura del delantal, se toparon con el bolsillo de adelante, largo, vertical, muy profundo, donde encontraron una nueva razón para explicar el hechizo que ejercía sobre él: tres tristes tizas, dos blancas, una celeste, hundidas en su propia caspa perfumada.

Parece que ya estaban en el fondo del bolsillo cuando Bernal descubrió el delantal en un locker del vestuario, colgando de una percha de plástico.

Nunca las había usado y nunca las usaría, pero le pareció irrespetuoso deshacerse de ellas.

Las había dejado ahí el portador anterior del delantal, uno de esos empleados mortecinos que costaba menos mantener que despedir, aunque ya no hicieran nada, y que, como averiguó después Bernal, mataba las horas dando clases de algo a los vagos del segundo subsuelo, historia de las luchas obreras, ajedrez, filosofía política, ese tipo de cosas.