Malas lenguas 49
60%

49

A diferencia de Bernal, yo sí tengo experiencia en bibliotecas.

En general problemática, como es la relación que tenemos con cualquier cosa que se adecua mal a nuestras necesidades o las desoye.

Me distraigo con facilidad, hago ruidos cuando leo —hipos, chasquidos, los rebuznos de los que tanto se burlaba Bernal.

Pocas cosas inofensivas para cualquier persona normal me perturban tanto como un perfil pensativo inclinado sobre un libro abierto a la luz de una lámpara verde, con la mandíbula apoyada sobre la palma de una mano que pronto se cansará y, luego de un suspiro profundo, sabiamente sincronizado con un cambio de página o de capítulo, dejará su lugar a la otra, que recibirá el peso de la mandíbula y fruncirá un poco la piel de la mejilla, dejándola de ese color rosa intenso que las mejillas sólo adquieren cuando se exponen al frío de una mañana de sol de invierno.

No sabría distinguir una biblioteca buena de una mala, salvo porque en la primera encuentro los libros que busco y en la segunda no, y en la primera hay máquinas de latte machiatto y en la segunda expendedores de agua pero no vasos, y olor a pis de gato en las salas, y empleados indolentes, y ratas, supongo, muchas ratas del tamaño de una pelota de rugby comiéndose libros con el doble de entusiasmo de los sonámbulos que ocupan las mesas de lectura.

Dicho esto, y conociendo su tendencia a la hipérbole cuando está en juego la reputación de su sujeto, dudo un poco de nuestra amiga cuando dice que hubo una Naldoni antes de Baldó y otra después, y que nadie que entienda algo de bibliotecas afirmaría que eran la misma entidad.

Bernal, de hecho, conocía la biblioteca desde antes.

Atando cabos, algo que, como buen agnóstico del pasado que era, no le gustaba hacer, llegamos a la conclusión de que la había visitado una vez en plena era Lanteiro, atraído por la fama de su hemeroteca, cuando intentaba rellenar unas lagunas del Derqui que no lo dejaban dormir.

Después de tres horas de interrogarla en vano sobre cierto conato de motín, precursor rápidamente abortado del que encabezaría la Derqui unos meses más tarde, la chozna de la directora del penal de Orr, una sáfica con veleidades que puchereaba malvendiendo los souvenirs de la tragedia heredados de su antepasada, se había limitado a remitirlo a los periódicos del día, y recién le reveló que la Naldoni los tenía todos cuando Bernal aceptó comprarle las dos botellas de caña Sabaté que pedía por la información.

Tener ese dato fue lo mismo que nada. La hemeroteca abría cuando quería, vale decir cuando Tortós y Toletino, por entonces matones plenipotenciarios, no la explotaban como garito, un uso que Bernal desconocía que le daban cuando la visitó pero que intuyó y hasta saboreó —él, único egresado del Liceo Naval que no distinguía una baraja española de una inglesa— apenas vio aquellas mesas redondas forradas de paño verde donde hacían que leían unos pícaros despatarrados, seguramente convocados por una partida de chemin de fer suspendida a último momento.

La empleada que lo atendió le dijo que sí a todo, como si lo hubiera estado esperando.

Volvió con una caja rectangular de cartón húmedo, con las esquinas de la base del típico color verdoso del moho, como reconoció Bernal apenas se la entregaron y el cartón hecho pasta se le pegó a los dedos.

Adentro había páginas sueltas de pasquines amarillistas, algunas rotas, otras cubiertas de cuentas hechas a las apuradas y tablas de posiciones discutibles.

Un tal G. ganaba todos los juegos seguido de cerca por B.

, que recién quedaba fuera de carrera al final, supongo que por desánimo, cuando los puntos que le habían hecho perder una serie de sumas sospechosas ya eran irremontables.

A Bernal le llamó la atención una hoja que lucía dos quemaduras de cigarrillos a la misma altura, separadas por un espacio, como un par de ojos, que algún gracioso (quizá G.

, en plan festejo) debía haber usado de máscara.

Hélàs , ninguna correspondía al diario ni a la fecha que Bernal había pedido consultar.

Tampoco había pedido los restos de comida vieja que venían dentro de la caja, ni los pañuelos de papel en los que alguien se había librado de un catarro, ni la partida de condones, todos nuevos, de un color metalizado que nunca habíamos visto, brotados de esos dientecitos traviesos que no terminaron de ilusionar y ya están decepcionando.

Según Bernal, después de todo más confiable para mí que nuestra amiga, nada había cambiado demasiado cuando él se incorporó a la biblioteca.

Salvo que la empleada de la hemeroteca había sido trasladada a la oficina de atención a proveedores (donde seguía alentando falsas expectativas), los condones eran extrafinos y alguna clase de amenaza o promesa vaga pero eficaz había puesto freno al imperio de Tortós y Toletino, ahora limitado al segundo subsuelo, donde había nacido y conservaba sus súbditos más leales.

Le doy más crédito a Bernal por fidelidad a un principio que rara vez defrauda, sobre todo cuando leemos biografías, según el cual sólo son reales los hechos que suceden en la oscuridad, lejos de testigos; el resto es pirotecnia pour la gallerie .

Nuestra amiga, abismada en su propósito de fabricar a un héroe cultural intachable, no dice una palabra sobre esas negligencias.

Y también confío más porque Bernal, al fin y al cabo, se pasó cerca de un año encerrado en ese mausoleo: algo de todo lo que me contó o conseguí sacarle debió haber visto con sus ojos, y algo de todo lo que vio debe de haber sucedido.

Es cierto que los horarios ganaron en regularidad, las salas de lectura ya no olían tan mal y las visitas de delegaciones escolares, con su bullicio, sus picos de vandálica curiosidad, el retumbe de sus risas y eructos, le transmitieron algo de color a la cripta.

Tilde complicaba un poco la mejoría general.

Un mastín ciego con la trompa llena de baba y el ladrido fácil era lo último que esperaba ver el público natural de la biblioteca, digamos el más fiel, el que ni siquiera había dejado de visitarla en lo más álgido de la era Lanteiro, la semana de invierno en que había dejado de funcionar la calefacción y unos parientes lejanos de Tortós, desafiando al mismo Tortós, que los había dejado afuera de algún negocio, ocuparon el hall de entrada con sus viejas carpas militares, y lo peor que podían oír quienes la frecuentaban por su oferta de silencio, lo único que la biblioteca podía seguir garantizando.

Pero Tilde era dócil; su candor era tan impresionante como su envergadura.

Superada la sorpresa inicial, una vez que lo amordazaban, dejándolo boyar por los pasillos solo con su bozal, no podía despertar sino ternura.

Hasta Montesú, que hizo archivo en la Naldoni para su edición de los historiales psiquiátricos de Dalmau, hasta ese amargo contumaz tuvo que ablandarse y retroceder, y desdecir él mismo la carta de lector que había enviado quejándose del perro y sus ladridos con la publicación de una segunda, chef d’œuvre sentimental lleno de detalles inoportunos donde ponía a Tilde a la altura de Trompo, Manteca, Indigo, Cachafaz y no sé qué otros perros notables de ficción.