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Lo cierto es que Bernal conoció a Tilde en la Naldoni.
Eso al menos fue lo que me dijo, y la anécdota tiene su charme .
¿Por qué arruinar con suspicacias una piedra tan preciosa como el encanto?
Trabajaba en alguno de los muchos pendientes heredados de la gestión anterior, los papeles de Samengo, creo, o el famoso Cuaderno de ejercicios griegos del duque de Picquigny —otro mérito de Bernal cuyo crédito, gracias al don de la elipsis de nuestra amiga, se lleva Baldó—, cuando oyó que golpeaban a la puerta.
El antiguo salón de actos donde funcionaba Manuscritos Raros quedaba de camino a la entrada principal de la biblioteca; no era inusual que algunos visitantes, cansados de caminar en círculos o subir o bajar escaleras equivocadas, hicieran allí una parada para preguntar por la salida.
Pero fue un golpe solo, fuerte, que no se repitió, de modo que Bernal volvió a su trabajo.
Forcejeaba con el guante que quizá se había apurado en quitarse cuando el golpe se escuchó otra vez: una embestida sorda, casual, seguida de un extraño silencio.
Bernal abrió la puerta y no vio a nadie, y en ese mismo momento sintió en las rodillas el suave embate de una mole obtusa, pesada, mullida, que lo hizo trastabillar y se quedó inmóvil, como petrificada, junto a sus piernas, como un bote huérfano junto al único muelle que no lo rechazó.
Era Tilde. Baldó había salido de su despacho apurado, sin cerrar la puerta, y Martinengo, que tenía orden de cuidar que el perro no se escapara, estaba demasiado enfrascado en la contabilidad de unas apuestas —llevaba los libros de las carreras de galgos que organizaban mes por medio los sobrinos de Hurlingham— para cumplirla.
No fue difícil reconstruir los vagabundeos del perro; bastó con seguir las estelas viscosas de su baba, que una hora después seguían frescas y brillaban bajo la luz fluorescente como largas costuras de silicona.
Fue un flechazo genuino. En la nota al pie donde lo presenta, nuestra amiga menciona la raza, la edad —quién sabe de dónde la habría sacado—, el pelo atigrado y la ceguera, la única particularidad que Bernal, por razones obvias, consideró importante compartir conmigo las primeras veces que me habló del perro.
No se sentía en la obligación de describirlo, ni siquiera cuando yo, que aún no lo conocía, se lo pedía.
(Mi interés por las descripciones de perros, género exigente, sólo para virtuosos, siempre fue inversamente proporcional a mi interés por los perros, especie insípida y demasiado humana para mi gusto).
Se limitaba a nombrarlo; lo dejaba caer en medio de una frase con despreocupada naturalidad, como a cualquier conocido que tuviéramos en común, y así el perro hacía de las suyas, así bostezaba, tosía, se tiraba pedos, babeaba tapizados y alfombras, carcomía patas de sillas, regaba sus alrededores cuando vaciaba el bol de agua a lengüetazos, así resbalaba con sus viejas garras sobre el mármol de pisos y escaleras, hasta que sus cuatro patas se abrían al mismo tiempo y quedaba tendido panza abajo, chato como un murciélago.
Un día lo trajo a casa. Se vinieron caminando desde la biblioteca, porque los taxis veían el bozal de espuma que tenía en el hocico y seguían de largo.
Cuando llegué —huyendo de la presentación de Container , otra fanfarronada del pesado de Scalabrini—, Bernal se cortaba las uñas de los pies en la cocina mientras apuraba, revolviéndolo con un dedo, uno de esos fernets eternos que tomaba.
No era la bienvenida galante que paliaría el fastidio de una velada desperdiciada.
Estaba a punto de tirármele encima, no sé si para sacarle el alicate de las manos o cobrarme en carne la tarde de tedio, cuando me choqué literalmente con el perro, con la masa inerte y dura que entendí en ese momento que podía ser un perro enorme si además era ciego.
Tilde estaba parado en medio de la cocina, dándole la espalda a Bernal, digamos, quién sabe desde cuándo, mirando la menos interesante de las paredes con la fijeza hueca de una piedra.
Tenía sobras de uñas de Bernal atascadas en el pelo del lomo, que —dicho sea de paso— no me pareció atigrado, como asevera nuestra amiga.
Fue un flor de golpe, pero el perro no se movió: había desarrollado una insensibilidad sobrenatural, quizá por la ceguera.
Tenía la inercia obcecada de esas criaturas que son elegidas por una fuerza superior y quedan como marcadas por el haz de luz providencial que se posó sobre ellas, condenadas a esperar inmóviles, indiferentes a todo, el próximo llamado.
No esa vez, porque después de apartarlo como a un cajón de envases vacíos me dediqué a Bernal, a sacarle a Bernal lo que por entonces no le costaba demasiado darme, sino más adelante, menos para entender a Tilde que la devoción que Bernal empezaba a profesarle, se me dio por observar a la bestia con alguna atención y debo decir que me sorprendió; bastante más, en todo caso, que los pasos de comedia que Bernal me contaba que protagonizaba en la biblioteca, donde le gustaba mear el pie del busto de von Marée, ladraba a percheros y ventiladores de pie y cada dos por tres había que salvarlo de algún desastre, cables pelados, raticidas, el pozo de un ascensor fuera de servicio, la calle misma, en la que solían morir sus deambulaciones si no lo interceptaba nadie.
La manera en que se quedaba quieto, parado sobre sus patas tiesas, ajeno a cualquier presencia o movimiento que hubiera en la habitación, con el hocico a cinco centímetros de un pedazo suelto del empapelado, todo lo que al principio tomé por una señal de disconformidad o de protesta —no le gustamos, pensaba yo cuando estábamos juntos, si la palabra tenía algún sentido en la cámara de vacío donde vivía— era en realidad menos simple, más difícil de reconocer y de evaluar.
Porque protesta el que piensa, como dijo Hainhofer, y pensar piensa cualquiera, hasta Hainhofer, y lo que Tilde ponía en evidencia en aquellos trances de pétrea perplejidad era que no sabía qué pensar.
Sin imágenes, sin olor, quizá sin sonido, el mundo seguía a su alrededor, se podría decir que existiendo, pero ya no le decía nada.