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Pero Tilde estaba. A Tilde no lo inventé, y si hay en el libro de nuestra amiga un personaje que tenía todo para no existir, todo para flotar en el limbo íntimo de mi imaginación, ese era el perro.
Qué calvario fue volver a recorrer el capítulo buscándolo, y qué alivio toparme por fin con sus ojos de piedra negra, su frenética inquietud, sus pezuñas, su aliento de cloaca, en la página donde hubiera jurado que lo había visto.
Es una nota al pie y no son más de tres líneas, la mitad de las cuales se pierde señalando los ecos ambiguos que suscita el nombre latino, tan Baldó, con que algunos círculos pedantes todavía nombran su raza.
Y ahí, de nuevo, se ve lo perspicaz que puede ser nuestra amiga cuando es lacónica, cómo gana en precisión y estilo si tiene que medirse con problemas de espacio.
Un par de trazos sinópticos y es toda la vida del pobre monstruo baboseado la que se despliega ante nosotros, condensada en la yuxtaposición de dos únicos sucesos, cómo lo encuentra Baldó en la Bajada, muerto de frío, durmiendo en las termas —donde antes, en el Mirador, estaban los célebres chiqueros—, y cómo seis años después está velándolo con honores en la sala Píparo de la biblioteca, embuste solemne al que espero tener tiempo de volver.
Es cierto: las notas al pie siempre tienen algo triste, como de vagón de tercera clase, incómodo y frío.
Pero sótanos más inhóspitos habría conocido el perro de la mano de Ottani, su dueño y enamorado devoto, que lo llevaba a todas partes, y cualquiera que conociera a Ottani sabía bien de qué clase de partes estamos hablando.
El Mirador, sin ir más lejos, donde pasaba sus largas noches de desfogue con el perro siempre a un costado, suelto (Ottani era enemigo de las correas, salvo cuando las elegía él y cuando elegía también al encapuchado de nariz rota que se las ajustaba al cuello), mordisqueando unos huesos viejos, dormitando con la ropa de Ottani de almohada o contemplando a su amo aullar de placer con la cabeza ladeada y cierto aire de preocupado desconcierto.
Un par de veces por semana, para variar, Ottani le daba comida premium y agua mineral importada, sobornos que pensaba que lo mantendrían entretenido y le permitirían moverse un poco solo, suelto, él también, ir de acá para allá picoteando, haciéndose picotear, mirando picotear a otros, y de tanto en tanto él bajaba o el perro subía (sin haber tocado el gulasch ni probado la Evian) y la saciedad desorbitada de uno se topaba con el hastío del otro en algún punto a mitad de camino, el viejo tinglado de chapa, la glorieta en ruinas, el sauce quemado, y el perro, borracho de felicidad, lo embestía dulcemente con su cabeza gigantesca.
Era casi un monegasco más, Tilde, furtivo y discreto como el resto, salvo cuando aleteaba un tordo o un gordo gemía de más y se ponía a ladrar, no de guardián, porque no tenía la vocación ni orden de custodiar nada, sino de educado, porque interpretaba que el tordo y el gordo le hablaban a él y juzgaba descortés dejarlos pagando.
Otro habitué, otro loco de los perros, sugirió una vez incorporarlo al plantel estable del Mirador, que, salvo alguna excepción nunca confirmada, no contemplaba la participación animal.
Rojo de ira, Ottani se opuso, y el comité abortó la iniciativa en el acto, considerando que la indignación era legítima aunque algo exagerada, dada la intimidad extravagante que el mismo Ottani cultivaba con el perro o los peligros a que lo exponía llevándolo con él en sus aventuras, de las más temerarias del grupo.
Tilde dormía, parece, cuando su amo acometió la última.
Pisó un palito cualquiera, un par de jóvenes tobillos, unas pantorrillas tensas, unas nalgas pálidas y firmes que no recordaba haber visto antes, y acarició para despedirse al perro que soñaba y se lanzó cuesta arriba, gozando del martirio que las piedritas del camino infligían a sus pies desnudos, y cuando quiso darse cuenta —ahora la expresión es mía, pero de adorable no tiene nada— tenía una navaja en el cuello y una cascada de sangre bajándole por el pecho, sangre suya, sangre de su cuello, y ni una sola gota de la satisfacción que tanto lo había ilusionado.
Oliera la sangre o no, Tilde abrió los ojos, no encontró a su amo y ladró, ladró y ladró, mientras el rufián que acababa de degollar a Ottani le revisaba los bolsillos —que Ottani, temerario pero previsor, siempre vaciaba antes de entrar en combate— y se daba a la fuga, y después de estar horas ladrando, exhausto, se quedó dormido de nuevo pero en los chiqueros, adonde lo había llevado su deambular de ciego y donde lo encontró a la mañana Baldó, cuando seguía las huellas de un matoncito prometedor pero muy falluto.
Y así podríamos seguir horas sin cansarnos.
Pero me llama la camisa de fuerza de los hechos, como decía la mujer que amaba las plumas y los ríos fríos del invierno.
Volvamos, ya que todavía podemos. Baldó se quedó con el perro y se lo llevó a la quinta de Hurlingham, donde pensó que le sería más útil.
Ciego y todo, con sólo ladrar y parar de manos sus sesenta kilos contra el portón de chapa de la entrada disuadiría a los merodeadores, la especie más próspera de la zona.
Baldó pensó también, ya en un escalón de inocencia superior, que la simple presencia física del perro impondría algo de la autoridad que Baldó se llevaba consigo cuando se iba a trabajar a la ciudad, de lunes a viernes, y la quinta quedaba librada a su séquito de sobrinos, que la apreciaban pero sin prestarle la atención que requería, lo que explicaba que faltara el agua, desaparecieran las cortadoras de pasto o que Baldó, llegando una noche de improviso, encontrara a un chancho durmiendo en la biblioteca del primer piso, abrigado por su alfombra favorita.
Así vivió Tilde unos años, alrededor de cinco, un poco a la deriva, ignorando olímpicamente las tareas que le adjudicaba su nuevo amo y cumpliendo a medias, en el mejor de los casos, las que le impusieron los sobrinos, pequeños desafíos, más bien, retos más o menos acrobáticos que, con promesas de premios diversos, un marlo de choclo, una vieja prótesis de pie de gomaespuma —material por el que Tilde sentía verdadera devoción, sobre todo cuando los sobrinos lo embebían en los jugos de un asado reciente—, invitaban al animal a dar espectáculos raros, siempre al borde del desastre aunque bastante populares, a juzgar por la cantidad de vecinos que aceptaban pagar para presenciarlos.
Quizá porque lo extrañaba, quizá para evitar que la desidia o las licencias que se tomaban en Hurlingham con el perro pasaran a mayores, Baldó empezó a llevárselo con él a trabajar, primero —infringiendo normas estrictas en materia de animales— a la oficina que tenía asignada en la Academia, donde Tilde pasaba horas en la oscuridad húmeda de un patio interno, a merced de las porquerías que caían de los pisos superiores y los restos de un insecticida poderoso, perfectamente inocuo para los pulgones pero muy tóxico para los perros, más tarde, por suerte, a la biblioteca, cuyo reglamento, igual de severo en asuntos animales, Baldó podía darse el lujo de interpretar con elasticidad, como dice nuestra amiga que le gustaba decir.
Fue ahí, en ese despacho monumental, de techos con molduras y paredes que se caían a pedazos, donde nuestra amiga lo vio por primera vez, echado como un cadáver suntuoso sobre una vieja alfombra con motivos otomanos, cuando fue a entrevistar a Baldó por el libro.
Quizá porque no hacía mucho que había salido de la clínica Facco, es una de las pocas ocasiones del libro en que nuestra amiga se atreve a decir yo, yo con todas las letras, y a contar la sarta de trivialidades personales que confieren realidad a dos de cada tres biografías, o al menos a la criatura siempre un poco inasible que las escribe: qué ropa elige para reunirse con su entrevistado, cómo llega hasta el lugar (apurada, como de costumbre, y con ese aire como de limpieza impura, desaliñada por un golpe de viento, que le quedaba tan bien), el forcejeo con el cinturón de seguridad (que encaja al subir en la ranura equivocada y ahora se le resiste), la charla banal con el remisero, el pie (estrena mocasines italianos con hebilla, una flaqueza que nunca entenderé) que se hunde en el charco de agua sucia, la espera infligida en mesa de entradas por el inepto de rigor, etc.
Cuando entra por fin al despacho precedida por Martinengo, que ya ha dejado el conmutador, donde no sobresalió, y ahora oficia de secretario de Baldó, el perro levanta su enorme cabeza, alertado por el sonido de la puerta, pero dirige sus ojos huecos en la dirección opuesta, hacia Baldó, que deja los anteojos sobre el escritorio y empieza a incorporarse.
Tal vez ya estuviera sordo, además de ciego.
¿Ya había entrado Bernal a la Naldoni para entonces?
¿Entró después? Típico dilema en el que podría quedarme pensando días sin llegar a nada, como no sea algún lamento patético sobre la degradación de la memoria, la rapidez con que cambia el color de los árboles o crecen las uñas, el modo en que juntan polvo los libros cuando se los olvida.
A veces pienso que sí, a veces que no, como me pasa más o menos con todo.
El detalle de los mocasines que aparece en el libro, por ejemplo, ¿no me lo contó también Bernal?
¿No me lo contó mejor, con más detalle, regodeándose, para fogonear la piedad y el desdén que sabía que provocaban en mí esos caprichos de nuestra amiga?
No me sorprendería. Bernal podía estar en la luna, perdido en alguno de los bosquecitos oscuros donde le gustaba guarecerse, pero tenía una clarividencia rara, casi maligna, para detectar las debilidades ajenas, esos puntos donde la piel se afina peligrosamente y la vieja herida se niega a cicatrizar, y los sondeaba a menudo con una curiosidad de niño salvaje, torpe, violentamente, como sólo puede tocarlos alguien que los toca sin intención, sólo para ver, y que, al descubrir el daño que ha hecho, no puede reconocer haber participado de él, y se va dando un portazo, indignado.
Sí, los mocasines italianos. Los tenía puestos la noche del premio Cannistrà; hacían juego con el mantel a cuadros que se había tirado encima a modo de vestido.
¡Disfrazada de mesa de trattoria ! Lo pensé cuando la vi subir al escenario.
pero no me animé a decírselo. No era la manera en que me hubiera gustado arruinarle la noche.