Malas lenguas 46
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Es un buen capítulo, mal que me pese, y sé que sobrevivirá.

Ya sobrevive en el éxito incipiente de los seudónimos, las fiestas de disfraces y el anonimato, tres pasatiempos que una cultura como la nuestra, tan celosa de la autenticidad, difícilmente se habría permitido antes.

Creo que nuestra amiga —esa partecita suya que es ese capítulo— no es ajena a este modesto furor.

No hace mucho me contactó alguien a quien había perdido de vista.

Estaba igual, sólo que sobria, y en vez de pedir cosas —el único arte en el que brilló alguna vez, al menos conmigo— me propuso escribir algo para Dicho de otro modo , la colección de relatos à clef que le había vendido a Terpsícore.

Las condiciones eran óptimas: buen dinero, toda la libertad del mundo, deadline de hierro.

Dije que no, por supuesto. Pero antes me tomé el trabajo de consultar los títulos previstos de la colección, que dudo que aparezcan, y me llamó la atención el déjà vu .

En especial el de Sevesti, que planeaba evocar el burdel del clan Bonavena en modo sanatorio Sauberberg, y el disparate de Mendiburu, que replicaría en el desierto, entre dunas, dátiles y dromedarios, las partusas legendarias del segundo piso del spa Carcopinot.

No me extraña, pensándolo bien, que nuestra amiga escribiera el capítulo en la clínica Facco.

Y da lo mismo que se internara por cautela, a sabiendas de lo que le provocaría escribirlo, o después, como un recurso de último momento, cuando la locura ya le había caído encima.

Era uno de esos retos cuyas recompensas, suponiendo que las haya, representan poco y nada comparadas con los peligros de aceptarlos.

Nuestra amiga tenía mucho que perder; si sale airosa incluso para mí, que no esperaba su libro sin recelo, no es sólo porque nadie consiguió leer en él lo que había que leer, lo que ella misma, desfigurándolo, se las ingenió para sembrar entre líneas, sino sobre todo porque el espejismo funciona —el Mirador Monegasco es la Bajada Odorico— y porque está escrito con perfidia y con fruición, dos virtudes de las que el resto del libro tiende a abstenerse.

Salvo un puñado de momias nostálgicas, que contrajeron en sus frondas las plagas que hoy los tienen postrados, y media docena de eruditos que invierten en mantener viva la memoria del lugar el tiempo y la energía y la audacia que les faltó para atreverse a conocerlo, nadie recuerda hoy el Mirador Monegasco.

En cambio, ya hay legiones de adelantados que establecen en la Bajada Odorico el cuartel general, el teatro, el laboratorio de sus vocaciones íntimas.

Más de uno usará el capítulo a modo de bitácora.

Yo lo usé, de hecho, una vez, cuando una serie de circunstancias ingratas me depositó a las puertas del lugar, y caía la noche y yo no llevaba la ropa adecuada, y una lamentable mésentente con alguien de cuya oferta debí desconfiar, aun cuando los anticipos hubieran sido más que auspiciosos, me había dejado poco margen para la paciencia.

Necesitaba soluciones. Debía de estar en el ala este de la Bajada.

Había un magnolio, en todo caso, y una planta de floripondio enorme, monstruosa, cuyos vahos siempre detesté y esta vez me reconfortaron.

Sentí que la contrariedad decrecía, como atontada por el perfume, y me acordé de pronto de lo que cuenta nuestra amiga de Laborda el hercúleo, que tiene que probarse en velocidad y elige empezar a correr en la entrada este y, mareado por la planta, termina en la sur, la que da a los depósitos Arrúbal, pero después de dar el rodeo más largo y ridículo, porque para hacer los cien metros que Baldó estipuló para ese día rastrilla toda la Bajada, exhaustivamente, y pasa por la pista de arena, la plataforma, la columnata, el área de aparatos y los baños —donde se demora un tiempo que no tiene—, y en su descarrío dibuja el mapa completo del lugar, y es ese mapa, al final, el que me orienta, mucho mejor que las estrellas, en todo caso, cuyo lenguaje Bernal prometió enseñarme y nunca cumplió, creo que porque lo ignoraba, y termina salvándome.

Salvo siluetas borrosas, algunas de pie, otras de rodillas, las mismas con las que podemos toparnos en un sitio intachable como el parque Igarzábal, y racimitos de chicos guarecidos entre arbustos, compartiendo toda clase de pipas, trompas de caucho y alegres juegos de manos, no vi nada que me impactara demasiado.

Me acuerdo de que volví a casa y lo primero que hice, después de sacarme los zapatos sucios (había barro en la Bajada, todo el barro que nuestra amiga barre bajo la alfombra de su capítulo), fue ir a la biblioteca y buscar el libro, el bendito ejemplar que llevo páginas y páginas buscando en vano, con las notas manuscritas que tan útiles me resultarían ahora.

Estaba donde tenía que estar, en el estante últimamente tan próspero donde se amontonan las vidas reales, entre la L de L’Hoste y la de Lipparini, que sólo los lentos pueden creer que son la misma letra.

Llegué al capítulo sin consultar el índice, a tal punto mis dedos parecían conocer el camino.

Ahí estaban, tal como los recordaba, el magnolio y el floripondio en flor, exuberantes como bestias de algún trópico órfico.

Pero Laborda, perfectamente inmune a sus efluvios, corría sus cien metros en línea recta, como un alumno obediente, y batía —perseguido por Tilde y sus ladridos alarmados, babeantes— el récord que hasta entonces detentaba Ciccimara.

¿Lo habría inventado? Y sin embargo, con el libro contradiciéndome y todo, seguía viendo el mapa clarito, las sendas zigzagueando en el verde, los claros, las curvas, el atajo que juraría que copié del tramo final, disparatado, de Laborda, y que me dejó a salvo en el paseo D’Addario.

Es algo que suele pasarme: tengo unos recuerdos, mejor dicho unas visiones, que veo y puedo describir con todo detalle, como un cuadro que tuviera enfrente, a medio metro de distancia, yo con los anteojos de ver a medio metro de distancia puestos y todo el tiempo del mundo para describirlo, y que sé perfectamente de dónde me vienen, de qué época de mi vida, de qué página de libro, de quién que me las contó, de qué película que vi cuándo, en qué cine, con quién, qué me estaban haciendo cuando las vi, si me gustó o no.

Aunque es cierto que por con quién no pongo las manos en el fuego.

He observado que caras y nombres y la relación que unas tienen con otros, tan complejas, poseen una tasa de volatilidad mayor, quizá por lo numerosos que terminan siendo con el correr del tiempo, quizá por lo inequívocos, que situaciones o escenas, que tienen más componentes y más diversos y pueden darse el lujo de ser más genéricas, de repartir entre sus elementos las características distintivas que un rostro o un nombre concentran en un puñado de rasgos o de letras.

Caras, nombres y agregaría: libros, incluso la clase particular de libros a la que pertenece el de nuestra amiga, que no son hermosos ni verdaderos y a menudo parecen escritos con un manual de gramática en la mano, no necesariamente el más actualizado ni el de la lengua en la que dicen estar escritos, libros que enmascaran cuando no mienten y que hieren, sin embargo, como si nos conocieran, y nos persiguen como sombras, más fieles, más aviesos que los libros que alguna vez nos deslumbraron y a la vez más misteriosos, de alguna injusta manera.

Quizá los leamos con otros ojos, no los que usamos para reconocerlos en la mesa de la librería o elegir al empleado a quien nos gustará comprárselos; ojos enfermos, estrábicos, tan poco confiables que aun para lo mínimo dependen de la pasión ociosa que esté más a mano, rencor, ansiedad, despecho, que es en verdad la que lee y lee siempre mal, inventando lo que lee.

Creo, para mi bochorno, que fue Irma Glitter la que me pasó en limpio el asunto.

Yo había reseñado uno de sus últimos adefesios, uno muy folclórico, lleno de aljibes, yerras y travesuras en galpones de chapa, y para encubrir la razón venal de mi entusiasmo se me ocurrió aludir, casi transcribir, porque la alusión se llevaba tres cuartos de la reseña, el momento que yo consideraba cumbre de la novela, que es cuando un personaje secundario llamado Foppington, una especie de oftalmólogo o de óptico obsesionado con el paisaje rural —en especial con una raza rara de cardos y unos pastorcitos cantores muy poco tímidos, que conoce por azar, gracias a los retratos fotográficos que le hace llegar un corresponsal desconocido—, sale un atardecer solo a la llanura, atrás de lo que él cree son las huellas de los chicos, y se pierde, y cuando se quiere dar cuenta —es la expresión que usa la narradora de Irma— ha cruzado al país de al lado, una nación salvaje, sin ley ni vergüenza pero con puestos de frontera último modelo, con muy buen aire acondicionado y luz de tubo, donde después de interrogarlo a fondo lo tiran en una celda para que otro preso, igual de desconcertado que él, confundiéndolo con alguien, lo cosa a puñaladas.

Fue en un thè dansant de Ginevra King, uno de los últimos, porque ya sólo se veían guirnaldas de papel, el personal era escaso y la sarta de gnomos en suspensor que Ginevra había distraído de su séquito privado para suplirlo no daba pie con bola.

¡Ah, las noches idas del Pasdeloup, el Perlé, el Castelar, donde los mozos eran mozos y las encargadas del guardarropa amaban los abrigos ajenos más que los propios, y sólo se ocupaban de otras cosas una vez que la fiesta terminaba o fracasaba, cualquiera de las dos cosas que sucediera antes!

Yo estaba detrás de una cortina, el único lugar donde de un tiempo a esta parte es posible aburrirse sin que te atosiguen, cuando descubrí que Irma estaba a mi lado sin que nada, ni pasos, ni voces, ni movimientos del aire, hubiera hecho prever su presencia.

Me disculpé, le dije que no, que no bailaba en general y mucho menos aquella percusión con veleidades de africana que sonaba —otra prueba de que las soirées de Ginevra estaban de capa caída—, y ella se rio, y sus dientes resplandecieron como copas recién lavadas.

No quería bailar; quería agradecerme la reseña, y no sólo porque era la única que había recibido.

No pude evitar sonreírle: era el típico quid pro quo social al que mi sensibilidad mundana todavía respondía sin enfurruñarse.

Reconozco que la miré con otros ojos. Ella debió darse cuenta, porque se acomodó la torta de pelo que le habían hecho en la cabeza y una tiara, o diadema, o peineta —nunca querré saber cómo se llaman esas bufonadas—, sobresaltada por el roce de su mano, tembló y se deslizó por una ladera hasta caer dentro de su copa, que por suerte estaba vacía.

Le agradecí que me agradeciera y ella, acercándose un poco más, me confesó que le había llamado la atención que me detuviera en un personaje como Foppington, que también estaba entre sus favoritos pero no volvía a aparecer en toda la novela, y sobre todo la escena en la que me había detenido, muy vívida, plagada de posibilidades, pero que ella, hasta donde supiera —había revisado la novela dos veces después de leer la reseña—, no había escrito.

No pasamos a mayores esa noche: algún besuqueo, mordidas sin demasiada fe, manos que se atascaron en elásticos, todo entre los pliegues del cortinado, que resultó útil pero olía a nicotina y algo más ácido que no llegamos a identificar.

En cierto momento me dijo que la escena le había gustado tanto que pensaba usarla para abrir la novela que escribiría a continuación, en la residencia de Puerto Martocchia, que acababa (una primicia) de ganar.

Sólo que al pobre Foppington no lo mataba en la celda otro preso sino, durante el interrogatorio, uno de los pastorcitos que tanto había admirado en fotos, que resultó que redondeaba ingresos haciendo changas para la policía.

No tengo idea si finalmente la usó en su novela.

Tampoco si la publicó, si la escribió siquiera.

No volví a verla, y las noticias que me llegaron de ella después —es cierto que por gente que no la quería del todo bien— apagaron la curiosidad que había sembrado en mí, leve pero viva, como las diminutas estrellas de purpurina que nos pega en una fiesta un rostro desconocido, nuestro encuentro en la velada de Ginevra.