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¿Y Baldó? ¿Dónde está Baldó, haciendo qué, mientras toda esa caterva de libertinos abraza la causa olímpica?
Al revés de esos juegos de mesa que nos piden que identifiquemos a cierto personaje en una playa, un transatlántico de seis pisos o un estadio llenos de gente vestida con ropa y colores muy parecidos a los que viste nuestro escurridizo blanco, aquí no hay mucho que buscar.
Baldó, a quien vemos sorprendentemente en forma, con la piel tirante y las pantorrillas de un ciclista alemán, como si el reverso de la disipación fuera la juventud, no el aire más bien macilento que lucía cuando se hizo cargo de la dirección de la Naldoni, Baldó es el que reúne, orquesta, arenga.
No da abasto, si le damos crédito a nuestra amiga.
Los demás pueden estar ocupados brincando, tensando tendones, lanzando cosas a lo lejos o dormitando a la sombra de un árbol tras una carrera de fondo extenuante, pero él, ubicuo, incansable, es el motor que lo mantiene todo en acción, todo en pie, aun en el caso en que todo suceda en un plano horizontal, al nivel del suelo, entre matas que resguardan pero pinchan también.
Arma equipos, elige deportes, decide qué se ejercitará y en qué orden; diseña las caminatas, las pruebas especiales, los obstáculos que habrán de sortear los viciosos; abre las sesiones de nudismo con versos que cantan al arroyo y al sauce, a la amistad viril y la tierra, y en las mañanas de invierno es el primero en cuartear la capa de escarcha y hundirse en cueros en el agua helada.
Es el único que lo tiene todo en la cabeza: el cuerpo, sus propiedades y horizontes, desde luego, y la serie incontable de situaciones en las que un cuerpo puede encontrarse con otro, medirse, chocar, ponerse a prueba, dar todo lo que encierra y alcanzar su límite, pero también se ocupa de poesía, filosofía, música, dietética, aromática, disciplinas periféricas pero cruciales que hacen de la palestra un espacio de formación único, vital.
Por nimio que sea, de la elección de los peplos a la de los discos, nada se le escapa, ni siquiera el aceite especiado con que atletas y luchadores se embadurnan el cuerpo antes de la contienda, que el mismo Baldó hace traer de una granja orgánica de Villa Madaloni, o el elenco de auxiliares encargados de embadurnarlos, reclutados por Baldó, al igual que los asistentes de palestra, entre los habitués más jóvenes de la Bajada.
Nuestra amiga menciona a menudo esa mano de obra lozana que se declina en edades dispares, tonos de piel, acentos, matices sutilísimos de acanallamiento, pero no da nombres.
Aunque es obvio que le gusta retratar, sus descripciones, por gráficas que sean, nunca describen rostros —el cuerpo joven es algo que existe entre la línea de los hombros y las rodillas—, ninguna característica o seña particular que puedan poner en evidencia la identidad del retratado.
Es difícil saber si lo hace por discreción, para protegerlos, o por desdén, porque las actividades subalternas que tienen a su cargo la agravian.
Y otro tanto sucede con la crónica social de los banquetes, que da todos los nombres de los comensales conspicuos pero omite los de mozos, maîtres y chaperones.
Como quiera que sea, están más o menos a salvo, y si no lo están no será por negligencia de nuestra amiga.
En esta materia, como en muchas otras, rige el lema acuñado por Di Salsa el comisario (no el poeta): busca, busca y algo encontrarás.
Si yo, que no tenía nada que ganar, sucumbí a la tentación, ¿por qué no habrían sucumbido otros?
No puedo decir que haya encontrado mucho, y lo que encontré probablemente lo hubiera encontrado sin buscarlo, simplemente sumando dos más dos, atando cabos.
Es cierto: el manchón púrpura que trepa por la clavícula del mocoso que masajea la espalda baja de Vauxelbaum tiene bastante del que vi asomando, una tarde en que visité a Bernal en la biblioteca, por el cuello de la camisa del sobrino que Baldó puso a atender unos meses la recepción.
Otro, que le hizo de chofer hasta que lo echaron —robaba, creo, usaba el coche oficial para robar—, tenía dos dedos de una mano mochos y anillos en los dos, igual que el pícaro fibroso que lucha con Auletta, a quien le saca una cabeza y media, y se deja ganar, y suplica clemencia con unos gritos que no se cree nadie.
Un par de cicatrices que me llamaron la atención, gracias al espacio y los epítetos que les dedica nuestra amiga, me hicieron pensar en otras, vistas en otros lados, y en el criterio de selección que es fama que Baldó seguía cuando enrolaba personal para la quinta de Hurlingham, siempre sensible —un poco en la línea Auletta, ahora que lo pienso— al efecto de perturbadora exquisitez que producen ciertas imperfecciones cuando aparecen en un cuerpo novicio.
(Hay uno, un changuito morrudo y taciturno, con el que nuestra amiga se encapricha un párrafo largo sin dar otra razón, en principio, que el parche de vitiligo que le blanquea la mitad de la cara.
Lo llaman Jano, apodo que prende rápido, como pasa en general, mal que le pese a Baldó, con las ocurrencias de Ciccimara, la verdadera máquina de bautizar del grupo, de donde salieron el Venadito, La Mundial, mi Pequeño Pony, Volteado, la perra Collie y otros alias que hicieron legendario al Mirador Monegasco.
Todo lo que hace Jano lo hace un poco mal, a destiempo, de mala gana y con una pizca de rencor, como si frotar un gemelo con árnica, hidratar una boca sedienta o empacar provisiones para una jornada de senderismo fueran escollos que frenan la carrera brillante a la que estaría destinado.
Pero lo apadrina Baldó, que es quien lo trajo, y eso lo blinda de algún modo.
Hasta que algo pasa, algo de otro orden, que no tiene que ver con llenar cantimploras, tener cargados los carcajs o sobar con resina las barras paralelas: Feddi no encuentra su reloj, falta la billetera de Ranfagna, desaparece la tobillera de oro de Barbó y todos miran a coro en dirección al chango, y como no lo ven, salen a buscarlo.
Al rato aparece, cabizbajo, con cara de haber llorado, huellas de fustazos en la espalda y un aliento a vodka que ahuyentaría a un cosaco.
Viene de la mano de Baldó, que trae en la otra —y aquí nuestra amiga, tan poco dada a los sobresaltos formales, hace uno de esos zooms desprolijos con que la televisión solía abalanzarse sobre una cara o una mano sospechosas para poner en evidencia la amenaza que encerraban— algo que brilla mucho, casi que enceguece, y que los demás no llegan a ver, probablemente ansiosos por caerle encima al ratero.
Es una petaca, una petaca de peltre que le robó a Baldó, con la que Baldó lo encontró emborrachándose abajo de un sauce, y es la única pieza del botín que conseguirán recuperar).
Vozarrones, vulgaridades, vicios venales con olor a ingle y textura de moco: todo nos suena de algún lado.
Yo y algunos más sabemos de dónde. El resto no, y tanto no les debe haber sonado, porque salvo un par de rezongos que no prosperaron, por obra de su propia debilidad o porque alguien no perdió el tiempo y los amordazó enseguida, nadie pensó, aludió ni reveló nada del mundo de disipación y licencia del que esta arcadia deportiva era el sosías bizarro.
El Mirador Monegasco —ya en franco declive, casi un páramo cuando Baldó se hizo cargo de la Naldoni— se desvaneció en el aire, sin dejar otro rastro que el saludable frenesí de la Bajada Odorico.
Si hay algún mérito que reconocerle a nuestra amiga sería este, modesto y arriesgado: la invención, calcada de uno muy antiguo, poblado de adonis y efebos, higos y mirra, tobillos alados y pedagogía, de un mundo de mentira que dice la verdad.