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Nunca profeticé tan mal, tan a contramano.
Y eso que me lo había anticipado ella misma por carta, desde la clínica Facco, procedencia que de algún modo relativizaba la sensatez de sus anuncios.
Después me lo dijo en persona, en carne y hueso pero sobre todo en hueso, según la expresión que ella misma usó cuando nos encontramos.
Acababa de dejar la clínica (más tarde me enteré de que la habían echado), con el capítulo sobre la Bajada Odorico terminado, media docena de frascos grandes de modafinilo robados de la enfermería y quince kilos menos.
La pobre parecía una escultura de Wurlitzer, uno de esos espectros altos, finitos como agujas, que le comisionaron los Guidú para el patio de su petit hôtel y nunca le pagaron.
Creo que ese día llevaba el capítulo encima: unas páginas sobresalían del viejo portafolios de cuero que aferraba como un escudo contra el pecho.
No me hubiera sorprendido que llevara otro tramo pegado al cuerpo, como hacen los indigentes con los diarios para protegerse del frío.
Nos encontramos en D’Haussez, una tienda que yo visitaba a veces a última hora de la tarde, cuando Bernal se demoraba en la Naldoni y la negrura de la angustia me envenenaba la sangre.
Ella no sé qué hacía, francamente. Estaba con alguien, me parece, un chico joven, bien hecho pero pelirrojo, que procuraba aliviarla del peso del portafolios, pero ella se resistía y él, apenas nos saludamos, se apartó y se mantuvo en segundo plano, leve y volátil como un duende, mientras su voz atiplada preguntaba los precios de las cosas más insólitas y ella y yo hablábamos.
En menos de media hora me contó la redacción del capítulo entero, cómo había ido y venido del Mirador a la Bajada como una pelota de ping pong, lanzando gritos de felicidad cada vez que daba con una transfiguración satisfactoria.
Y las había, las había. Que un chofer alcohólico con veleidades de chantajista pase a ser un sprinter vegetariano no tiene nada de extraordinario, salvo que la mutación no ocurre en el laborioso transcurso de los años sino en un abrir y cerrar de ojos, el vértigo de una imaginación o una página escrita.
Lo mismo con ciertas secreciones corporales convertidas en bebidas isotónicas, o las contorsiones de la cópula que se vuelven llaves de lucha grecorromana.
Pero hay cierto arte —no sólo vana aliteración visual— en el hecho de que la veta púrpura que recorre un mástil de carne alzado reaparezca en los bíceps de un supuesto gimnasta con el dibujo de una de esas venas palpitantes, nítidas como costurones, que sólo se obtienen al cabo de un entrenamiento concienzudo.
Y cómo se eleva el arte, cómo accede al rango de invención suprema cuando otro mástil de carne, uno del diámetro de una lata de atún, que dicen que su portador metía en estado de flaccidez, debidamente lubricado, y se abría en su íntima prisión como un paraguas, se convierte en uno de los parasoles multicolores que los asistentes de palestra, exsoldados, extoreros, exmecánicos, sea lo que fueran de veras en el Mirador, mantienen abiertos en lo alto para proteger del sol, en la arena Odorico, los hombros transpirados de atletas y gladiadores.
Y todo me lo contaba arrebatada, con esos ojos desorbitados, como de vidente en trance, que yo pensaba que sólo ponía en ciertas circunstancias.
Hubiera hecho mejor en creerles, y aceptar la determinación que revelaban.
La indiferencia que despertó ese capítulo à clef de su libro me habría desconcertado menos.
En un momento (el altavoz anunció una oferta por la que nadie en la tienda pareció muy interesado) nos corrimos hacia el sector probadores y yo nos vi en el ojo convexo de uno de esos espejos de vigilancia que hay en esa clase de locales, y que deforman, y sentí un espasmo de terror.
Le toqué suavemente la cara —no estaba maquillada pero tenía la piel resbaladiza, como recubierta de cera—, le ofrecí ayuda, le colgué del portafolios que todavía abrazaba unas medias de red que pensé que le quedarían bien, y ella me dijo que no me preocupara, que eran las pastillas, que extrañaba un poco algunas cosas, no muchas, el hedor dulce de la boca de Bernal, y su barbita ridícula, de lampiño tenaz, que le crecía de manera desigual por la cara, como matas aisladas, y sus recitados, y trascartón me arrastró hasta un probador y me amuró —otro verbo no se me ocurre— con la plancha de huesos que era su cuerpo contra el Durlock espejado.