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¿Figuraba Baldó en la lista? No en la que vio y descifró Bernal, en todo caso, y las tachaduras, borrones y amputaciones que afeaban los documentos no tendrían por qué hacernos sospechar, a tal punto era vox populi la desidia con que Chauliac llevaba sus papeles privados.
Bernal dijo que cuando las abrió, las cajas estaban precintadas, en efecto, como había anunciado Baldó al retirarlas de Tornquist, y precintadas por la mano del mismo Chauliac, lo que era más que evidente por la variedad de cintas de embalar utilizadas, la superposición de capas de cinta en algunas cajas (en muchos casos innecesaria), los errores en la numeración, etc.
Sin embargo, gracias al tour de force maestro de nuestra amiga, Baldó lidera la de los saludables habitués de la bajada Odorico.
En el capítulo que dedica a este templo del desarrollo corporal, mezcla de campo de entrenamiento deportivo y colonia nudista, los ex camuflados de la lista Chauliac reaparecen —todos— con sus nombres verdaderos y un aire de euforia desconcertada, como si emergieran por fin de la caverna donde estuvieron largamente cautivos.
Vauxelbaum, Gebauer, Feddi, Ciccimara: no falta uno.
Y la resurrección viene con algunas novedades.
Barbó, que en el Mirador, dicen, planchaba de lo lindo, acá emprende maratones de meditación con temperaturas bajo cero, apenas protegido por un peplo de algodón y su clásica peluca color zanahoria, y Auletta recupera el apodo con el que solían solicitarlo sus pretendientes en las filas monegascas.
(Tengo entendido que se lo puso —en un rapto poco inspirado— el mismo Baldó, que aprovechaba los raros lapsos de ocio que le dejaba su agenda en el Mirador buscando alias mordaces para sus compañeros).
Ottani está dele saltar; junta los dedos de ambas manos entre sus omóplatos y anda y corre descalzo todo el día, a veces sobre escombros, cuando en el Mirador era famoso por remolón, todo le daba miedo y lloriqueaba al menor apriete, lo que enardecía doblemente a quienes lo apretaban.
Y Laborda, el prominente Laborda... Qué raro verlo elongando, dando vueltas olímpicas y lanzando jabalinas, él, que se pasaba horas con su portento calzado en un agujero glorioso, esperando que algún hambriento sin rostro mordiera el anzuelo del otro lado.
Es otra vida, una vida enteramente nueva la que les ofrece nuestra amiga, no sólo una máscara para adecentar la existencia de desenfado y liberalidad que desplegaron en el Mirador.
Y ellos la aceptan, como es lógico, y ahí van, frescos, rozagantes, como pícaros bendecidos por una sobrevida que les llega cuando menos se lo esperaban, o cuando lo que esperaban, en realidad —en las pocas ocasiones en que, sacando la cabeza del limbo lúbrico donde chapoteaban, se ponían a pensar, a esperar—, era una multa, una citación de la policía o directamente la cárcel, que es de hecho donde terminó Ranfagna.
Al parecer, lo detuvieron unos días después de que Baldó asumiera en la Naldoni, en el área de ruinas del Mirador, que después de las redadas sólo seguían frecuentando los intrépidos y los desesperados.
Fue a recoger el cuenco ese afgano, o iraquí, o chipriota, que dejaba por la noche al pie de los restos de las termas, con trocitos de pan, para que desconocidos al tanto de sus gustos los aderezaran con las ofrendas que eran su debilidad, líquidas y sólidas —era ambidiestro, no como Barbó—, y cuando llegó lo estaban esperando Testard y sus paladines de moralidad, bastante intrigados por el recipiente que humeaba pero reacios a entablar conversación.
Ranfagna, para colmo, iba desnudo de la cintura para abajo, salvo por esos soquetes que usaba, transparentes y con volados.
Todavía vibraba en sus nalgas el rojo vivo de los cintazos que un par de bestias le habían infligido un rato antes en uno de los piletones.
En manos de nuestra amiga, en cambio, los libertinos brillan impunes y tienen poco que temer: algún retrato demasiado rápido, una atribución errónea de destrezas, dichos, injurias, la errata que desfigura un apellido.
Los contratiempos menores que podemos sufrir cuando vivimos en las páginas de un libro.
Sólo nuestra amiga podía confiar en que su operativo de enmascaramiento se consumaría sin que nadie pusiera el grito en el cielo.
Sólo ella podía tener razón. Cuando me enteré del procedimiento —si se puede llamar así a una tabla de equivalencias de lo más rudimentaria que convertía vicios en ideales, refriegas íntimas en proezas atléticas, alaridos de placer en himnos, susurros salaces en encomios rimados, juguetes de la impudicia en coronas de laureles, túnicas, carcajs, el látex, el cuero, el blanco leche de la carne ofrecida a la visita extraña en la vitalidad del nudismo al aire libre—, yo pensé, yo realmente pensé que el libro estaba condenado, que si no le ponía freno su propia autora, alertada por algún resto de escrúpulo, se lo pondrían sus editores, ya bastante endeudados por años de gestiones calamitosas para tener que afrontar un proceso judicial, y si no, los involucrados mismos, al menos los que estuvieran con vida y más o menos en condiciones de vivirla, que a esa altura, con Feddi hemipléjico, Gebauer y Auletta en coma en el Alzamendi y Ranfagna preso, tampoco eran tantos.