Malas lenguas 42
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Yo no me lo esperaba. Aunque ¿qué valor pueden tener mis expectativas a la hora de juzgar la posibilidad de un hecho?

Por supuesto que conocía los gustos privados de Vauxelbaum.

No eran muy distintos de los de buena parte de sus colaboradores en el centro de estudios de noche que dirigía, ni de los de los egresados que me tocó conocer, fueran exconvictos o no, ejercieran ya esos gustos antes de entrar al centro o los hubieran contraído después, en el ambiente más bien propicio que todo el mundo decía que patrocinaba.

Yo francamente no lo hacía en el Mirador, y no por una cuestión de clase, escrúpulo moral o reflejo de autopreservación, porque ya entonces su reputación era una causa perdida, sino porque entiendo que la materia prima requerida por sus gustos, en ese punto bastante especiales, no tenía demasiada presencia en la oferta del Mirador, tradicionalmente más volcada a una venérea escultural, muy de zanjón, pero también de armonía, proporciones saludables y musculaturas marcadas.

El punto débil de Vauxelbaum, que al Mirador le costaba perdonar, eran los defectos: una que otra mancha de nacimiento, alguna quemadura, rengueras leves, labios leporinos, orejas sin lóbulos o con los lóbulos pegados, problemitas de habla o de vista.

Nada espectacular ni invalidante —tampoco era un depravado—, pero sí lo suficientemente ostensible para mancillar —el infinitivo era del propio Vauxelbaum— el conjunto apolíneo donde ansiaban siempre detectarlo sus ojos desorbitados.

Lo más cómico del caso, en realidad, fue que Vauxelbaum apareciera en la lista como Lucantoni, el soi-disant cronista social, a quien no podía tragar.

Pero la criptografía, sobre todo la amateur , no sabe de emociones.

(Alguien por lo general bien informado pero con poco sentido del timing me dijo después, cuando el tema ya no me movía un pelo, que Chauliac se había pasado los dos últimos años de su vida encriptando la lista y no traduciendo a Des Islets, como le gustaba ir diciendo por ahí a su viuda).

Ya sabemos qué piruetas tuvo que hacer Bernal para descubrir un nombre en el otro.

Y lo sabemos porque él mismo me las contó, contrariando, por una vez, esa propensión que tenía a no reconocer del todo las habilidades o talentos que demostraba tener cuando una situación específica se los reclamaba, ya fuera un capítulo especialmente brillante del Derqui , su asombrosa resistencia al dolor o la capacidad que tenía de recordar sin errores versos que detestaba.

Me las contó y describió con cierto lujo de detalles y un entusiasmo infantil, probablemente excesivo, dada la precariedad del método de encriptado urdido por Chauliac.

La lista no era breve; algunos nombres me eran desconocidos.

Transcribo —como en el programa de mano de una ópera bufa: de un lado los nombres de los castratti , del otro los dramatis personae , o viceversa— los que recuerdo que me sonaron cuando los escuché, menos de un tercio de los que me regocijó identificar en su momento.

Vauxelbaum era Lucantoni, Laborda Onslow, Ottani Montané, Ranfagna Gebauer, Gnecco Ferlendis, Feddi Billington, Barbó Camporesi, Ciccimara Andrieu, Auletta Dalayrac.

.. Con algunos nombres en clave me encariñé tanto que terminaron reemplazando a los verdaderos; en algunos casos, pasado cierto tiempo, ya era incapaz de distinguir el original del fraudulento.

Bernal me leyó la lista con una grandilocuencia radial, como si anunciara algún rutilante elenco de campeones, quizá de condenados a muerte.

Así como era un as del recitado, el pobre no leía bien, ni siquiera compadecido por la sintaxis austera de una lista.

El menor ripio —un grupo consonántico inusual, cualquier incertidumbre tónica— saboteaba la fluidez musical que tanto me enamoraba cuando declamaba de memoria, y lo peor es que apenas tropezaba, avergonzado como una virgencita, reanudaba la lectura desde el principio.