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Sí, sé lo que es la elipsis. ¿Quién querría verlo, escucharlo, saberlo todo?
Damourette, cuando lo dejaban hablar, decía que sólo los filisteos, que creen que por la plata que pagaron siempre tienen derecho a algo más.
Pero sin esos atajos, librada a su bovina continuidad, la vida sería tan insoportable como un invierno de insomnio o esas novelas del Vauxelbaum joven donde el narrador, para contar una mañana feliz en la vida de su héroe, cuenta en orden cronológico todas y cada una de las acciones que ejecuta, las más banales, las que podría ejecutar cualquiera —Ungher, el primero que se animó a publicar un Vauxelbaum, con todas las consecuencias del caso, o nuestra amiga, o el mismo Bernal, o incluso yo—, pero describe también todos los objetos involucrados en la serie, pastilla para dormir, despertador, funda de almohada con costura rugosa, unas sandalias curiosísimas, supuestamente de bambú, que aprietan los dedos como un cepo, cepillo de dientes, demorándose incluso en las marcas de cada objeto, de modo que muy pronto la novela, que no ha hecho más que empezar y es larga y bastante cara, parece de golpe frenar, quedarse sin aire y por fin paralizarse, como si los detalles en los que se ha venido extraviando, que por otro lado siguen acumulándose, siguen obligándola a moverse, aunque no sepamos bien en qué dirección, se hubieran desmoronado sobre ella.
Hablando de Vauxelbaum, lo último que supe de él es que estaba pelado como un huevo, gordo, y que había entrado en terapia de hormonas con Humpelmeier.
Me lo contó medio riéndose alguien con quien, de haber tenido las defensas altas, jamás habría cruzado una palabra.
Pero llevaba semanas sin salir, tenía puesta la ropa equivocada, todo el mundo estaba borracho y no se veía a dos metros.
Era dar un paso y tropezarse con algo, un hacha vikinga, una roca de papel maché, un soldado persa rectificando a un jabalinero griego.
Pensé que quedarme en la barra sería lo más seguro, al menos hasta que a alguien con sueño o dos dedos de frente se le ocurriera prender una luz, bajar la música, abrir una puerta.
Ahí fue donde me emboscó. Me costó reconocerla tan pintada, con casco y todas esas coronas de flores.
Eran tantas, y tan tupidas, que ella, pigmea y flaca, emergía entre el florerío como el cartelito con el precio.
La misma ordinaria de siempre. Por enésima vez —señal de que también estaba acéfala la música— sonaba “Feo como un pecado” de Quero y Simón.
Volcando sobre mi mano las pecas de una de sus pálidas pezuñas, me preguntó cómo estaba, y yo tuve la impresión de que se apiadaba de mí, que me daba una especie de pésame que no me convenía recibir.
Amagué con irme. La vi revolear los ojos con cierta ansiedad, buscar algo capaz de retenerme entre las páginas de la agenda de temas que alguna vez, milenios atrás, habíamos compartido, y sacó lo peor, lo más previsible, Gainza, Codreanu, la perra Collie, fantasmas de una vida empolvada que no era la mía, hasta que de puro desesperada, de la nada radioactiva que siempre puede ser el pasado, repatrió a Vauxelbaum y lo trajo a colación, y el pobre sonó duro y seco, como suenan en las películas las armas que un pistolero planta en una mesa para amedrentar a otro.
Hubo sin embargo un tercero, uno a mitad de camino entre un labio de la herida y otro, que Bernal trajo una noche y dejó caer al pasar, como una ofrenda tímida, mientras se desvestía: Vauxelbaum encabezaba la lista de habitués del Mirador Monegasco.
Bernal venía de la biblioteca, donde llevaba un rato forcejeando con su primera misión, la correspondencia Fattovich-Pezzotoni, uno de los desaguisados insignes heredados de la gestión Lanteiro.
Viendo el caudal de trabajo que tenía por delante, Bernal pidió que le dieran unas horas extras; sólo así sanearía el descalabro con alguna seriedad.
Pero sólo así, entre nous , podría dedicarse al acervo Chauliac, que era lo que en el fondo le quitaba el sueño.
La solicitud fue concedida: nadie en la Naldoni pedía hacer horas extras.
Además, el estado del lote Fattovich-Pezzotoni era calamitoso: había cartas perdidas, otras estaban rotas, manchadas o comentadas en los márgenes con nombres como Yatasto, Filón, Embrujo o Doña Inés —muy probablemente caballos de carrera—, y carpetas enteras habían emprendido vuelo para vivir traspapeladas en otros archivos, no necesariamente del mismo lote.
El plato que nos hacíamos con esos dislates.
Una madrugada, por ejemplo —una de las pocas en que no me dormí esperándolo—, Bernal me contó que había encontrado la carta donde Fattovich le agradece a Zimmermann ciertas fogosas prestaciones —entre otras, el truco con cera de depilar que tanta cola traería— en el folio de los documentos póstumos de madame Fattovich, por lo demás conocida hirsutista.
De modo que había mucho que hacer, en efecto, considerando que a la misión oficial, de por sí exigente, se sumaba la clandestina.
Fuera del horario regular, sin la presencia vigilante de Baldó, y lejos del trajín que la Naldoni ofrecía durante el día, las trasnoches en la biblioteca darían para ocuparse de ambas.
Pero había que moverse con cuidado. Nadie debía sospechar el doble cometido que explicaba las horas extras de Bernal; menos que nadie Baldó, que, alegando prioridades que evitaba detallar, había postergado indefinidamente la puesta en orden del acervo Chauliac.
Con el tiempo, previsiblemente —yo vi crecer en sus ojos el brillo de la obsesión—, Bernal fue descuidando los cotilleos entre las dos tías menopáusicas y se zambulló en los papeles de Chauliac.
No le costó dar con la lista. Y el nombre que la encabezaba fue el primero que logró descifrar. Vauxelbaum.