Malas lenguas 40
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Lo tomaron, como creo haber dicho hace miles de años, en algún claro de esta selva que no deja de crecer a mi alrededor.

Es un hecho, y consta también en el libro de nuestra amiga: Bernal se presenta en la biblioteca con su dedo llagado y treinta renglones después ya está adentro, ya forma parte del elenco de nuevos activos que Baldó anuncia, entre otras primicias, en la larga entrevista con Simonetta Tibaldi, fuente principal de información del capítulo doce del libro, aparentemente.

Entre una cosa y otra, nada. O no, miento, algo hay.

En el estilo de aparición invisible, volátil, que nuestra amiga se especializa en atribuirle, Bernal vuelve a aparecer.

En una de las rondas que hace para monitorear el funcionamiento de la biblioteca, Baldó pasa por la portería, la garita donde ha ubicado a uno de sus sobrinos —Martinengo no, otro, más reciente, un pendenciero incurable— para alejarlo de la quinta de Hurlingham, donde no lo quieren.

El chico no está, como de costumbre, y tampoco es tan chico, por mucho que use tatuajes, hable con las guarangadas de moda y se vista con musculosas.

En su lugar está el ajuar deprimente que suele rodearlo, sus revistas deportivas, sus peines, sus cigarrillos, sus fotos de familia —recortadas de las páginas sociales de las revistas deportivas—, sus lapiceros vacíos, su lámpara de escritorio —la segunda Baruzzi que aparece en el libro, que rescató muy maltrecha del depósito y él mismo entablilló— y un objeto que brilla y atrae la atención de Baldó, menos por su brillo que por el aire de tristeza general contra el cual se recorta.

Es una petaca, una elegante petaca de peltre, ennoblecida por algunas contusiones heroicas, que Baldó, cuenta nuestra amiga, recoge con dos dedos, como haría con una evidencia frágil un forense irresponsable, que no lleva guantes, y sopesa en el aire para comprobar que está llena, llena, como se da cuenta apenas la abre, de un alcohol criminal.

Cuando el sobrino vuelve (del baño, supuestamente, aunque siempre elige los baños más alejados de la garita), Baldó, dispuesto a defender su política de alcohol cero hasta las últimas consecuencias, lo encara, le muestra enfurecido la petaca.

“¿Qué es esto?”, pregunta a los gritos, y añade un apodo familiar, algo como Pipo o Pitto, con el tono de un César descubriéndose traicionado por sus íntimos.

“Creo que pisco”, contesta el sobrino. “Se la olvidó el otro día el chico alto que tomó para Manuscritos Raros”.

O algo por el estilo. Reconstruyo la escena de memoria, que no es la más rozagante de mis facultades; una escena, además, que nuestra amiga cuenta sin decir de dónde la saca, que podría ser una exageración, un invento o una alucinación, dimensiones de las que quizá proceda en el fondo la gracia peculiar que tiene, esa mezcla de obsecuencia, moralismo y veneno que el libro todo nos induce a esperar a menudo pero pocas veces nos da, como si a su autora le gustara más hacer promesas que cumplirlas.

Da lo mismo. Ella no estuvo presente. Entiendo que por entonces trabajaba en su libro como poseída, sin salir de su habitación, y que acababa de posponer por segunda vez, gracias a unos cheques que terminaron rechazándole, un alta que no todos los médicos de la clínica estaban dispuestos a firmar.

Y a esta altura del partido, el libro ya ha probado con creces lo poco que le importa tomarse licencias que sólo jurados como el del Cannistrà podrían darse el lujo de desatender.

Mi caso es otro, por suerte. Yo estuve ahí.

Yo estuve con el chico alto. Lo tuve en mis brazos antes y después de esa mañana en la Naldoni.

Lo desvestí antes, más por cábala que por ganas, porque salvo la extravagancia del cinturón no llegamos muy lejos, y lo desvestí después, cuando apareció radiante y empapado en el marco de la puerta, para celebrar, supongo, porque haciendo una pirueta de comedia musical con el paraguas cerrado me dijo que todo había salido bien, y porque lo imaginé en la biblioteca con su delantal y sus guantes blancos, anotando cosas en fichas con su lapicito hb, y no pude hacer otra cosa que tirármele encima.

No había llevado, no traía con él, que yo sepa, ninguna petaca.

Y no tengo idea de qué sabor tiene el pisco, pero no había rastros de alcohol en su boca cuando se la besé.