39
Son seis renglones; seis y medio contando la mención de pie de página, donde Bernal, codo a codo con dos empleados de maestranza, una contadora, un chofer y tres “elementos de seguridad” —reclutados en el semillero de sobrinos de Baldó—, integra de manera anónima las “nuevas incorporaciones” con que Baldó cubría los puestos vacantes de la biblioteca Naldoni y podía volver, por fin, a pasiones postergadas como viajar, las olimpíadas de versificación o el huerto de la finca de Hurlingham, tan castigado por las últimas heladas.
Seis renglones, dos de los cuales describen la llaga que Bernal lucía el día en que se presentó en la Naldoni.
El color: ese fucsia estridente que nuestra amiga, probablemente alucinando, dada la comida siniestra de la clínica Facco, goza traduciendo como rosa roast beef ; la textura de la carne viva; la pequeña ampolla (que Bernal no aceptó que le pinchara con una aguja); el reguero rojo que el aceite, al deslizarse, había dejado en el dorso de la mano, como una vena suplente.
He leído esa descripción miles de veces.
Me la sé de memoria (y no puedo decir lo irritante que me resulta que haya dado en dos líneas lo que a mí me llevó siete y monedas).
En ocasiones, por lo general en medio de un sueño paradisíaco, cuando consigo por fin pesar menos que una pluma y sentir el cuerpo entero abierto y curioso, como si la piel fuera una lengua y la lengua una alfombra de papilas en celo que intuyen todos los manjares espléndidos que acechan a su alrededor, a veces esa descripción entra por un costado de la pantalla y se queda quieta ante mis ojos un rato, lo suficiente para que yo no pueda evitar leerla, como esos avisos de sándwiches de miga o lociones para el sol que un viejo bimotor paseaba por el cielo de la playa en los días de verano, y la delicada armadura de mi éxtasis se derrumbe sin remedio.
¿Cómo llegó hasta ahí nuestra amiga? ¿Cómo pudo hacer ese zoom prodigioso?
No habla casi de Bernal, no dice una palabra sobre su altura, el estado de su pelo o sus zapatos nuevos, no ve el ridículo paraguas cerrado —con el que podría hacerse una panzada— pero sí la mano que lo lleva, el dedo mayor de la mano que se mantiene tieso, un poco separado del resto, y el parche de carne despellejada que recorre el dedo de arriba abajo.
.. El típico hecho que sacude y hace gritar a la vida real pero dice poco y nada en un libro, que por eso haría bien en descartarlo.
Mal que me pese, doy fe de que esa mañana la quemadura estaba así, fresca y al aire, expuesta a polvo, a bacterias.
Gasa, venda, curita, incluso un guante, la mano derecha de uno de esos absurdos guantes de ante (de antes , chiste tonto que nos encantaba) que guardaba pero no usaba jamás: todo lo que le ofrecí lo rechazó, así como un par de días antes me había rechazado el salón Leroi, donde le había sacado por las mías un turno con mi peluquero, por una covacha de venezolanos que había descubierto atrás de la estación Pistrich, baratísimo, con sillas de jardín de plástico y muy buena bachata, donde terminaron haciéndole lo que le hicieron, lo que nuestra amiga no registra.
Esa mañana. Desayunábamos viendo llover, indignándonos con la lluvia como con una estafa cósmica.
Bernal, precioso aun con aquel corte horrendo, como de buscavidas, que le marcaba los músculos de la nuca como nunca, jugaba a agarrar su taza de café con la mano quemada, como entrenándose para alguna clase de examen, y canturreaba algo que yo no conocía, y cada tanto miraba el chiste dactilografiado que pretendía hacer pasar por su currículum, en el que también me había prohibido intervenir, y cada tanto, soltando un ¡ah!
de sorpresa corto como un hipo, agregaba rápidamente algo a mano, con una de esas biromes con logotipos que se robaba quién sabe de dónde y casi nunca andaban.
(La noche anterior, lo último que había visto antes de dormirme eran sus manos afiebradas a la luz del velador, volcando en unas hojas sucias las hazañas de su breve vida, y por un segundo no supe qué hacer, si dormirme o ponerme a llorar.
Ganó dormirme. Me despertó en medio de la noche un temor, el presentimiento de que algo que había dejado en suspenso al dormirme pudiera haberse arruinado para siempre.
Bernal, que había dejado la ventana abierta, no estaba; tampoco había rastros de su currículum.
Lo escuché entrar dos horas después, cuando empezaba a clarear.
Traía un cigarrillo entre los labios, apagado por la lluvia, y de la mano con el dedo quemado colgaba su vieja Meyerbeer, la máquina de escribir con la que había escrito el Derqui y, según me dijo, pasado en limpio sus dos paginitas de prontuario hasta recién, en un bar de taxistas al que nos gustaba ir de trasnoche, para no despertarme con el ruido).
Cuando llegó la hora no quiso que lo acompañara.
Insistí. “Ni se te ocurra”, me dijo, y giró la cabeza a un lado y al otro y su cuello crujió como una nuez.
Había decidido ir caminando, con el bendito paraguas que nunca abriría, así que no tenía mucho tiempo.
Nos pusimos de pie más o menos a la vez y cuando cruzábamos la puerta de la cocina nos chocamos, cosa rara, porque era una de las pocas situaciones en las que no nos daba vergüenza ser corteses, pensar en el otro y ceder.
Un segundo después, no sé bien cómo porque a la secuencia le faltan unos fotogramas, estábamos en el piso, yo encima de él, como galopándolo, mientras él me apretaba el cuello con aquel horrible cinturón trenzado que usaba, y su dedo mayor, el dedo quemado, escarbaba en mis encías.