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Todo salió bien. Mis brazos armados hicieron lo que tenían que hacer y se llevaron su parte, que pude desviar del remanente de un subsidio vencido.
Esa noche Bernal volvió liviano y sonriente.
Fogoneado por Dolce, promotor espectral, inasible pero muy influyente, el puesto en la biblioteca llevaba cierto tiempo goteando en su imaginación, pero ahora acababa de recibir el golpe de gracia: la invitación formal —si hay espacio para la formalidad en ese submundo de susurros y artimañas furtivas— a presentarse unos días más tarde en la Naldoni, ante el mismísimo director.
El pintoresco desconocido que se la formuló lo había abordado en un bar de mala muerte, mientras Bernal, sentado en la mesa más oscura, luchaba por reintegrar un montoncito de rapé, hélàs ya humedecido, a la caja de la que él mismo lo había volcado tratando de capturar una aceituna reticente.
No tuve nada que ver con el atuendo del desconocido (gorro de fieltro rojo estilo fez, tiradores, pantalones muy anchos), pero el tono con que le comunicó la invitación era el que yo le había pedido que usara, imperativo e implorante, bastante risqué pero, con un hueso duro de roer como Bernal, más efectivo que cualquier forma de amabilidad o seducción.
Bernal entró, se llevó cosas por delante, pequeñas, y empezó a tirar sobre la cama ropa que rescataba quién sabe de qué doble fondo del placar, porque yo no recordaba haberla visto: un pantalón de corderoy, un pulóver de cuello alto, un impermeable recto con forro escocés, todo dos talles más grandes, todo envuelto en una nube de naftalina frutada.
Su tenue institucional, según me susurró un rato más tarde, cuando la ropa estaba en el piso y él intentaba acomodarnos en una contorsión un poco sufrida, supongo que india, justificándola con la promesa de algún paroxismo celestial.
No fue por eso que no le opuse resistencia.
Fue porque lo vi así, con esa inocencia, ensimismado en sus caprichos, sus ganas de explorar, y vi hasta qué punto ignoraba las maniobras de las que había sido objeto, lo lejos que estaba de la verdad de Dolce y todo lo demás, y esa desproporción me abrumó, me llenó de emoción, de tristeza, de culpa, tanto que me pregunté (mientras él me ataba los brazos con algo de lana, una media, creo) si era posible que no sospechara nada.
Más de una vez casi abandono, a tal punto el dulzor de la ternura, al conspirar contra la tensión que exigen, va contra los ejercicios del amor.
Pero busqué distraerme, me esforcé por seguir y creo que me salvó al fin la idea malsana, increíblemente excitante, de que si quería podía decirle todo, escupirle la verdad en plena cara y arruinarlo todo.
Dolce c’est moi . Tengo presente la recompensa final, más abundante y cálida que lo habitual, y la sucesión de espasmos que la acompañaron, y el largo hormigueo de placer que seguía estremeciéndome cuando Bernal, como solía hacer, esclavo todavía de la rutina naval que lo había sacado de la cama durante años, se incorporó de un salto —una verdadera proeza olímpica, dada su estatura— y procedió a limpiarse con lo primero que encontró, la misma media con la que me había atado, que tenía el elástico vencido y no sobreviviría mucho en la casa.
¿Cómo caímos en la tortilla? Por necesidad, supongo.
Por un mal chiste. A Bernal no le gustaba la acelga; a mí, ni las frituras ni la cebolla, ninguna españolada.
Pero estábamos en la cocina en cueros y habíamos estado hablando mal de Collé no acepto que algo tan bajo saque de quicio a toda una especie.
Así que estaba a punto de volver a la carga con mi alegato contra el hambre como condición humana, contra morder, masticar, los dientes, toda esa repulsiva farsa de animalidad a la que nos plegamos cada vez que nos sentamos a una mesa, y a vindicar la quimera de una alimentación desdentada, compuesta exclusivamente de sopas, pastas y compotas, cuando Bernal entró en uno de esos trances de histrionismo e hipercinesia a los que lo arrojaba a veces el placer y en un par de minutos, como esas diosas de seis brazos —que, a diferencia de los malabaristas chinos, que sólo tienen dos, nunca sé muy bien qué es lo que mantienen en equilibrio en el aire—, tuvo los huevos batidos, la cebolla picada, la acelga hervida, la sartén y el aceite al rojo y los platos listos.
Era adorable cuando se ponía así, cuando se hacía el mago, el prestidigitador, el hombre orquesta para mí, y hacía mil cosas a la vez, con aquellos giros, pequeños saltos, reverencias de bufón, y las mil le salían mal de mil maneras diferentes —adorable incluso cuando se creía capaz de todo, fumar uno de sus charutos infectos y beberse un resto de vermut viejo al mismo tiempo, por ejemplo, o dar vuelta una tortilla cocinada en la sartén más grande con un plato de postre, para colmo rajado.
Alternativas teníamos: la tapa muy sucia de una cacerola que siempre nos olvidábamos de guardar, o el fuentón mexicano donde dejábamos pudrir las pocas frutas que tolerábamos.
No nos dimos cuenta. Quizá la imprudencia fuera parte del número, una posibilidad más que autorizada por la cantidad y calidad de accidentes que ofrecía la vida de Bernal.
Un tema del que no le gustaba hablar, pero cuando hablaba, generalmente arengado por mí, porque acababa de toparme con otra cicatriz que no conocía, no podía parar.
Lo recordaba todo, con la misma precisión feroz, casi, que los peores versos de los poetas que odiaba, Devienne, Urrutia, Volnais, cuyas coplas sobre úlceras, entre paréntesis, no estaban nada mal.
El muy idiota, para colmo, había echado aceite como para espantar a todo un regimiento de invasores armados.
Increíblemente, no gritó, creo que más por asombro que por coraje.
Le propuse que fuéramos a una guardia. Se negó, por supuesto.
Tenía esa cosa de sufrir y atesorar el sufrimiento.
Quemarse era un percance indeseado, pero apenas se quemaba, o cortaba, o golpeaba —me lo acuerdo en el baño, desnudo, mirándose embelesado el moretón que acababa de hacerle la esquina de una mesa que se la tenía jurada—, la huella del accidente pasaba a ser una especie de posesión preciosa, que no se dejaría quitar.
El botiquín del baño estaba aún menos provisto que la heladera.
Le puse hielo, dentífrico, unas rodajas de pepino que encontré en el fondo del cajón de las verduras, detrás de dos naranjas podridas, un resto de Caladryl que cierta becaria fanática del sol había fingido olvidar entre las cosas de limpieza, para que yo me lo encontrara cada vez que buscaba una bolsa de basura.
No sé si el tratamiento surtió efecto, pero en un rato despachamos la tortilla, que estaba exquisita, hablamos por arriba de las cosas que habría que preparar para la cita en la Naldoni y Bernal, después de recoger y ordenar la ropa caída, se metió en la cama y se durmió, con la mano y el repasador que le hacía de venda escondidos bajo la almohada.