Malas lenguas 37
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El escándalo que me hizo Bernal cuando las vio publicadas.

Estuvimos dos días sin hablarnos, lo que tampoco era tan infrecuente, aun en épocas de concordia.

Pero fueron dos días salvajes, poblados de relámpagos, rachas de una lluvia brutal y unos vientos diabólicos, en espiral, cargados de cosas muertas y olor a podrido.

En la casa, para variar, todo empezó a romperse: enchufes, cajones, picaportes.

Capitulaba todo lo que había estado meses en el límite, tecleando, sostenido apenas por la obstinación de nuestra dejadez, nuestras incompetencias.

Una comedia de pequeños cataclismos domésticos, con chispazos y chasquidos, no del todo exenta de gracia.

Bernal, encerrado en el cuarto, no la registró.

Cuando se cortó la luz dormía, por ejemplo, y de la intervención del cerrajero, que estuvo casi dos horas para cambiar una puta cerradura, ni se enteró, blindado por unos tapones de cera que le había robado a Capirola.

En momentos críticos recurría a esas mariconadas solipsistas: enclaustrarse, no hablar, cortar relaciones con el mundo, como una estrella de bajo presupuesto.

No se emborrachaba; no tocaba las drogas, ni siquiera las que escondía en guaridas que sólo él conocía.

(Hacía ya un tiempo que no tenía noticias de él cuando, en el trámite melancólico de cambiar el colchón, dejé al desnudo el elástico de la cama, tres de cuyos travesaños de madera, además, resultaron estar partidos, y descubrí un envase de las pastillas de mentol y naranja que le gustaban lleno de cristales de filafilina.

Estaba embutido en un nicho que, supongo, había cavado él mismo en un lateral de la cama, con tesón pero sin las herramientas adecuadas, a juzgar por las terminaciones, que me costaron dos dedos astillados.

Se lo di de propina al vecino que aceptó llevarse el colchón; supuse que lo disfrutaría más que yo).

Sus ataques eran curiosamente abstemios, casi puritanos.

Rompía cosas ya rotas, el envoltorio de celofán de un regalo que no me había gustado, por ejemplo, o una vieja lámpara de pie que nos sacaba de quicio pero no nos decidíamos a tirar, por miedo a que el vacío de quedarnos sin ella fuera peor, más aciago, que la irritación que nos causaba tener que eludirla.

La borrasca no pasó a mayores. Es cierto que con el tiempo el ritual de la reconciliación se complicaba, en parte porque algunos ingredientes no eran tan fáciles de conseguir, pero el ejercicio seguía divirtiéndonos y funcionaba, al punto de que ambos, me consta, ya paladeábamos sus deleites futuros apenas despuntaban las hostilidades.

Me sirvió, sin embargo, para no cometer dos veces el mismo error, o para cometerlo sólo si tenía ganas de cometerlo.

De modo que cuando me enteré de que había un cargo vacante en la Naldoni hice lo contrario de lo que sentí el impulso de hacer, y la verdad es que, para mi sorpresa, me costó menos de lo que habría esperado.

Mantuve la información en secreto y así la guardé unos días, hasta que Bernal se calmó y, como estaba sin trabajo otra vez, empezó a aburrirse, a meter sus adorables zarpas en mi billetera, a recitar sus engendros rimados, a arrastrar mis pantuflas por el piso que yo barría, y hasta que yo, por mi parte, di con la manera apropiada de usarla, de modo que Bernal ya no tuviera argumentos de peso para resistirse.

No fue fácil. No tanto por lo que hubo que inventar, al fin y al cabo un juego de niños.

Todavía hoy, en momentos de desasosiego, cuando no encuentro la calle o la cita que busco o me roza otra vez la infamia ridícula de un rumor que creí extinguido (no: nuestra amiga estaba demasiado atareada con las exigencias de su propia cabeza para buscarle trabajo a nadie, y más para encontrárselo), me acuerdo de la tarde en que di con la clave y el cielo de mi alma se despeja como por milagro.

Dura poco, pero lo poco que dura vale la pena.

Volvía no sé de dónde, algún sitio inhóspito, seguramente, porque me dolían los pies y un panal de abejas enfervorizadas me zumbaba dentro la cabeza, y acababa de entrar a casa cuando un flash verde aceituna me hizo señas desde un costado.

Me detuve en seco, llaves en mano, con la estúpida alpargata de caucho que Bernal se las había arreglado para encajarme a modo de llavero.

Había visto antes ese color, y yo detesto las aceitunas.

Entonces vi los abotinados verdes de Bernal, los charolados, asomando sus puntas tímidas por el borde del tacho de basura (caros y todo, era hora de que se jubilaran), y vi el último sol de la tarde pegando y rebotando contra los empeines.

¡Dolce! Era perfecto: una nada sabrosa y asonante, como todo lo falso italiano, que ganaba mucho, además, con el pase de marca de zapatos a apellido, y mucho más si era el apellido del emisario de una noticia importante, alguien vital a quien Bernal no conocía ni conocería jamás.

Ese fue mi plan, la telaraña de amor que me puse a tejer en ese mismo momento, mientras miraba la lengua de luz juguetear con el charol cuarteado.

Eso es todo lo que inventé: un mensajero sin rostro, sin cuerpo, sin historia, con el nombre de una zapatería del microcentro que llevaba años cerrada.

Me llevó media décima de segundo, lo mismo que le llevó al sol esconderse esa tarde y dejar en paz a los zapatos.

Y después los novelistas se quejan de que sudan como demiurgos.

Claro que hubo que disponer, combinar, orquestar: hacer cosas con cosas ya existentes, dotadas de voluntad propia, deseos y planes que nada aseguraba que fueran en la misma dirección que los míos.

Bastante trabajo y no necesariamente bien retribuido, como bien sabe cualquiera que lidie con vidas reales.

Me ayudó el timing , debo decir. Yo no estaba escribiendo, hacía tiempo que sólo me acercaba a un teclado para llenar formularios, redactar informes y barrer las hebras de tabaco negro que Bernal se empeñaba en dejar caer entre las teclas, cosa que solía hacer con unos hisopos cuyas puntas humedecía previamente con la lengua, y algo de aquella maquinación menor, sibilina, urdida en la cara misma de su beneficiario, me hacía sentir ese frisson íntimo, único, que había experimentado a veces escribiendo la vida de las Stoppio, algunas páginas, quizás, el capítulo sobre el affaire con el peluquero, por ejemplo, o la excursión al zoológico de Glossop-Demeri, cuando acusan a la pobre au-pair paraguaya de envenenar a los chanchos salvajes.

Hice un repaso mental del elemento humano con el que contaba, elegí a un puñado de incondicionales —bribones de los que sabía demasiado para que no me obedecieran— y repartí papeles y tareas, cosas prácticas, simples, muy a la medida del tipo de inteligencia lento alojado por esas máquinas de músculos y ambición que tan bien me hace ver revolotear a mi alrededor.

Los citaba siempre de a uno, evitando que se cruzaran entre sí, les describía la situación en términos elementales y les daba la información justa, ni una gota más, ni una menos, de modo que ningún malentendido, ningún cabo suelto pusieran en peligro el operativo.

Me acuerdo cómo enrojeció el rufiancito arrogante a quien le confié el talento que Bernal escondía en sus dedos y lo lejos que era capaz de llevarlo, la clase de deleites que podía producir con él.

Hundió la cabeza entre los hombros anchísimos, como una tortuga, y cuando osó mirarme de nuevo le ordené que me repitiera todo lo que le había dicho.

No por morbo, o no sólo; por responsabilidad: tendría la misión de hablar con Baldó, convencerlo de que Bernal era el candidato y explicarle por qué, tomándose su tiempo, si era necesario, para entrar en esos pormenores sucios a los que se sabía que Baldó era susceptible.

Se iba uno y entraba el siguiente, como en esos lupanares llenos de humo donde los anarquistas se juntaban a planear sus aventuras magnicidas, siempre malogradas a último momento por un despertador que se quedaba dormido o un gatillo necesitado de aceite.

Nos veíamos en el estudio de una escultora amiga, vieja compañera de andanzas que insistía en trabajar con modelo vivo pero espantaba muy rápido a los pocos que, desconociendo su fama, aceptaban posar para ella.

En teoría, era un arreglo inmejorable: yo gozaba de privacidad, discreción y el extra siempre bienvenido de los efluvios narcotizantes que emanan el aguarrás y esas porquerías de solventes que usan los artistas, vieja debilidad mía; ella de carne fresca, tendones griegos, corvas, torsos para su arte, que llevaba años sin una alegría. Por lo que sé, no le duraron mucho.