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No desprecié las instrucciones de nuestra amiga, pero sería exagerado decir que las seguí al pie de la letra.
Cociné unos platos, compré ciertas sábanas, distribuí luces cálidas por la casa, desempolvé lo poco y malo que me había dejado un intensivo tomado en el Centro Italiano, todas iniciativas que dudo que habría acometido de no habérmelas sugerido ella, pero que también respondían a necesidades mías, o de la casa, o de una vida cotidiana quizá demasiado opacada por la desidia de la felicidad.
La respuesta de Bernal —la verdadera prueba de fuego, a fin de cuentas— fue dispar, poco decisiva.
Al principio se tomó el borscht con una avidez de náufrago, salpicándose la camisa blanca que acababa de regalarle, pero después no volvió a tocarlo, nunca lo mencionó y más de una vez lo sorprendí abriendo la heladera y cerrándola de mal modo al descubrir el fuentón medio lleno esperándolo.
Notó la suavidad de las fibras de bambú enseguida y se contorsionó entre las sábanas con un deleite loco, como un perro restregándose la espalda sobre la arena, pero no me pareció que la novedad lo estimulara demasiado, salvo para hacerse el romano y usarlas a modo de toga —una ocurrencia que, al menos conmigo, nunca antes había tenido, y para la que carecía del physique du rôle — y también para dormir, cosa que esa noche hizo con insólita rapidez, aprovechando que me lavaba los dientes para cruzar el cuerpo en diagonal y ocupar toda la cama.
Así más o menos con todo. No sé si Bernal fue más feliz, y yo, pasadas la sorpresa inicial, el ardor de descubrirme con una carta de triunfo inesperada, tampoco tuve la impresión de haber incrementado o consolidado mi dominio sobre él, si es que tenía alguno.
Pero no era obvio que esa fuera la intención de nuestra amiga.
Quizás el efecto de aquellos raptos de altruismo epistolar no había que buscarlo en la disposición amorosa de Bernal para conmigo, ni en el grado de convencimiento con el que yo pudiera pensar que efectivamente había ganado la partida, sino en detalles menores, que en otro momento me habrían pasado inadvertidos, o en posibilidades hasta entonces inconcebibles, al menos en mi horizonte.
No sé: todo era tan espasmódico, siempre.
.. De pronto, Bernal se acordaba de tapar el tubo de pasta dental, ponía el grito en el cielo si yo me olvidaba de descorrer la cortina del baño después de ducharme y se pasaba diez minutos en cueros enumerándome las formas de vida tóxicas que incubaban los pliegues húmedos del plástico.
Se encerraba en el baño para eructar; cantaba canciones que yo no conocía y que me gustaban; estornudaba menos, sin esa cosa fragorosa que tenía, y ya no se limpiaba con las mangas del pulóver o las servilletas.
Dejaron de interesarle las mañanas, que siempre lo habían inspirado mucho, y se puso dócil por las noches, se dejaba hacer y se entregaba, frase que nuestra amiga usa en su libro palabra por palabra, creo, para hablar de Tilde o alguno de los perros que Baldó coleccionaba en Hurlingham.
No eran cambios sino innovaciones modestas, que cualquiera recibe con divertida sorpresa y espera que pasen rápido, y que todo biógrafo atento sabe cómo transformar en señales significativas, indicios de milagros o conversiones, presagios.
Por ejemplo, se puso a usar unos anillos de sello enormes, con piedras falsas, en algún caso medio de plástico, que llevaba a veces en el dedo meñique de a dos, en brochette , como me dijo un día mientras me los hacía probar en seco y sin avisar, el muy bruto.
Pasó de la botella a la petaca, volvió a la boina, escribió porque sí un par de necrológicas hermosas —Clootz, D’Anduaga, qué mal gusto morirse al unísono— que quise ayudarlo a publicar.
Se las llevé a Tottola, que pensé que las apreciaría.
Me sorprendió la reticencia con que las recibió.
Me debía algún favor, y bastaba sobrevolar el mamarracho que publicaba para saber que un poco de estilo le vendría bien.
Las tuvo un rato, como si las sopesara, en la mano que todavía no le tiembla, mientras se desvivía en ofertas distractivas: café, chicles, fotos lascivas que sacaba de cajones, un charuto mal armado que quiso convidarme y se le vació entero sobre el escritorio, que ya era un asco.
Para que dijera la verdad me lo tuve que llevar a la whiskería de la esquina y pagarle uno de esos venenos que sabía que tomaba.
Alguien, parece, nos había ganado de mano: un cuarto de hora antes de que yo apareciera con las joyas de Bernal le habían llegado otros dos obituarios, sobre los mismos difuntos, de puño y letra de nuestra amiga.
No tuve que presionarlo mucho para que me los mostrara.
El mismo papel barato de las cartas; no había señales de lágrimas, pero manchas sí: té, sangre, esmalte de uñas.
Las leí muy por arriba, a vuelo de pájaro.
Para alguien que se la pasaba llorando, dejaba pelo en las almohadas y no salía sola a la calle, no me pareció que estuvieran mal.
Suntuoso, rectificación, quintaesencia: dos o tres palabras difíciles que Bernal usaba sin la menor gravedad, como bailando, reaparecían en ella con varios kilos de más, medio paquidérmicas, y no siempre en el contexto más apropiado.
Lo que él leía en Clootz ella se lo achacaba a D’Anduaga, y lo mismo al revés. Telepatía quiásmica.
Forcejeamos con Tottola un poco. Él, supongo que para ablandarme, aludió al estado de nuestra amiga, su condición de reclusa, su bata famosa y sus tobillos también famosos, ahora hidrópicos.
Sería una crueldad, dijo, que... Todo muy divertido, pero hasta cierto punto, y las whiskerías nunca fueron lo mío.
En cierto momento creí oportuno recordarle lo que me debía.
Le hablé de Versac, otro de mis deudores, también íntimo de él, que acababa de sufrir un accidente en un ascensor y necesitaba donantes.
No era tonto, Tottola, sólo mediocre, y pescó la insinuación al vuelo.
Terminó publicando todo, las cuatro necrológicas juntas, en páginas enfrentadas, con dos fotos grandes de los muertos y dos más chicas de la pareja improvisada de necrólogos, que se miran de una página a la otra, como desafiándose.