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Reconocí —confieso que con una pizca de satisfacción y la jactancia que dan esa clase de triunfos rastreros, por efímeros que sean— huellas de esas lágrimas en las cartas.
Cada tanto, una especie de lunarcitos parecen aumentar como lupas un pedazo de palabra, un grupo de letras o parte de una letra, y la tinta, al crecer, estalla suavemente y se convierte en un racimo de pequeñas venas de agua, como ramitas de un árbol batik.
No sé si el efecto era accidental o voluntario.
En todo caso estaba muy logrado. En algún momento llegué a leer las cartas usando esos rastros como hoja de ruta, viajando de una a otra lágrima y sobrevolando lo que había en el medio con impaciencia, con la idea, descabellada para mí —no tanto para el criptómano siempre listo que había en Bernal—, de que si unía las partes marcadas reconstruiría algún mensaje cifrado, el sentido verdadero de lo que nuestra amiga quería decir, a mí, a Bernal, a Dios, a quien fuera que le escribiera desde su encierro en la clínica Parque Facco.
Antes de mencionar el estado calamitoso del jardín, con su maleza indómita y sus escombros, Bernal, de regreso de la clínica, me habló de párpados al rojo, rímeles corridos, labios congestionados, ojeras.
El kit completo del lloriqueo. Lo noté auténticamente conmovido, si es que la noción de autenticidad puede aplicarse a una materia prima tan sospechosa como las emociones.
En todo caso yo le creí, quizá por la comunión que sentí que nos unía en una certidumbre de la que yo no recordaba haber hablado antes con él: no hay proeza de perfección cosmética que alcance la intensidad, la elocuencia, el estilo de los borrones negruzcos que deja la pintura en la cara de una mujer cuando la corre el llanto.
Y creí también en las huellas de llanto de las cartas de nuestra amiga, aun cuando fueran fruto de la ingeniería y hubieran exigido el doble de trabajo que el obvio pesar.
Creo que fue a un modesto gotero de plástico, después de todo, originalmente destinado a una solución oftálmica para la alergia, a quien Mille era amiga de Rubbi (si es que Rubbi toleraba a su lado algo que no fuera un esclavo) y había revisado estilo en el libro de sueños de Canaletto, que recién pude leer, y para mi sorpresa disfrutar, cuando hice que desapareciera de mi vista la ramera que me lo escondía.