Malas lenguas 34
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Cómo hizo para escribir ahí adentro, cómo terminó en esa ruina la parte del Mirador, de las más exigentes del libro, para mí es un misterio.

Y sin embargo, como todo espejo, aun el que no nos refleja, nos resulta irresistible, no pude evitar pensar que yo había pasado por una emergencia parecida cuando trabajaba en mis Stoppio.

Dudo si tenga algún sentido dar el nombre de la responsable del colapso, que fue intenso pero breve, a fin de cuentas, y no dejó más secuela que cierta aversión por un tipo de monocotiledónea que nunca me interesó, por otro lado.

Digamos que no tenía fuerzas para nada, salvo treparme por las paredes y correr al baño a vomitar cada vez que me enfrentaba con el escritorio y su fiebre de papeles, libros, fotos, y el monstruo de la máquina de escribir esperándome con su hambre de siempre.

No entiendo por qué no la apagaba, al menos para que dejara de zumbar.

Estuve semanas sin tocar el libro, con el episodio del ginecólogo alemán (que tanto me entusiasmaba) a medio escribir, y eso que lo peor había pasado.

Para entonces, la yegua se había llevado todo, mapas astrales, sillas ergonómicas, todas esas orquídeas con que me había abarrotado la casa, que ella veneraba en voz alta y yo regaba, regaba, con el pánico de que un rayo de sol descarriado les pegara directo o unas gotas de agua —porque la regadera pesaba lo suyo— las salpicaran en su intocable, sagrado corazón.

Lástima que no se llevara también el daño que me había hecho poniendo mi nombre real, con todas las letras, en el poema que le había publicado el mierda de Ralangué.

En realidad, aun con sus espasmos de indecencia, el poema era sólo un bostezo más en el ronquido general de la selección y el suplemento todo, que ya venía en baja desde la salida de Da Ponte, tan buen lector, él, tan ciego para las trampas que le tendían sus subordinados, y era menos leído que el folletín sáfico de la Palissot, que Romberg, oh casualidad, había prologado con bombos y platillos, como sabía hacer cuando le ofrecían buen dinero.

El secreto, me contó Bernal, era que le daban lo que necesitaba: horarios fijos, pastillas, un tedio regulado, la comida insípida que ya no tenía fuerzas para hervirse sola y un cierto silencio, sólo violentado cada tanto por los enfermos que estaban peor que ella y aullaban, de modo que las interrupciones, aunque molestas, también la consolaban.

Había también algo con una bata, creo, una de esas robes de chambre a la antigua, pesadas como tapados de piel, aterciopeladas, con gruesas rayas verticales color bordó y monograma en el bolsillo, que al parecer nuestra amiga había logrado agenciarse sobornando a una enfermera, la misma mujer con cuello de jirafa y botines de buzo que había mencionado mi correo humano en la cocina, después de terminar nuestra ejercitación.

La bata, que no era nueva, aparece incluso en una carta.

Se la había dejado Yuyi Falasca, habitué de la clínica en sus días prósperos, que decía adorarla pero nunca llegó a mandar al asistente que había prometido para recuperarla.

Bernal, por una vez, pudo conectar y corroborar las dos cosas en el momento mismo en que las tenía a su disposición.

Nuestra amiga llevaba puesta la bata cuando la visitó, y Bernal reconoció las iniciales bordadas en el bolsillo apenas las vio, pero ¿de dónde las recordaba?

Desfilaron varias posibilidades, todas sin pies ni cabeza, hasta que la Falasca, entrando a escena como sólo ella sabía hacerlo, tropezándose con lo primero que encontraba, las desalojó de mal modo pero con cierto derecho, porque esa era la bata que lucía, a instancias del cipayo de su representante, en la suite más bien sombría del hotel la tarde en que Bernal la conoció, minutos antes de firmar el contrato de adaptación del Derqui .

Nuestra amiga se despertaba temprano, se ponía la bata, desayunaba con pastillas, un té, galletitas de agua y un jugo de naranja de bidón, intomable, que se bebía hasta la última gota, y se ponía a trabajar en el Baldó.

Escribía todo lo que podía, acompañada, estimulada, decía ella, según Bernal, por el regusto amargo que le dejaba el jugo, y se iba mudando con el correr del día, a medida que el resto de los internos invadían los espacios comunes que elegía naturalmente para trabajar, la sala de la televisión, el comedor, el depósito de máquinas averiadas que llamaban gimnasio, una exoficina sin calefacción ni luz donde se suponía que había libros, lugares mortecinos con olor a lavandina, muebles de caña de segunda mano y viejos ceniceros de pie que algún gerente de la clínica se habría traído de otra empresa, donde ya no los querían, y que nadie usaba, desde luego, porque estaba prohibido fumar, salvo para deshacerse de chicles, fundas de dientes, uñas postizas, pero que nuestra amiga prefería a las cuatro paredes de su habitación.

¿Y quiénes somos nosotros para culparla?

Daba a un pozo de aire; la compartía con una mujer sorda, adicta al licor de naranja y la ópera italiana, que escuchaba a todo volumen en una radio portátil cedida por un exresidente que la pretendía.

La sucesión de migraciones, siempre más o menos idéntica, concluía en el jardín, donde por fin podía estar sola con sus papeles, protegida de sus perseguidores por el frío del atardecer y la hostilidad del paisaje. El resto del tiempo lo pasaba llorando.