Malas lenguas 33
41%

33

Ahora entendíamos por qué la viuda de Chauliac se había visto con ella en esa estrambótica sucursal del Mombelio, un café de cadena que nunca me gustó, aunque siempre que voy, cuando no tengo otro remedio, me pregunto qué clase de desquiciado puede haber diseñado los uniformes que esa gente obliga a vestir a su personal.

Digo entendíamos porque esa misma tarde compartí la revelación con Bernal.

Había vuelto a casa con una sed de locos, como solía desde que hacía de cuenta que trabajaba, y con la noticia de que ya no trabajaba más, y tres sobrecitos transparentes con unas hebras finísimas, tornasoladas, distraídas de la provisión de Capirola en un arranque de despecho, que procedió a picar sobre una tabla de madera en la mesa de la cocina, sentado en la misma silla en la que unas horas antes yo le había sacado el jugo a mi pobre correo humano.

La droga era buena. Yo tomé poco, como hago siempre que tomo algo que no sé qué es, con gente que no conozco o en un antro que piso por primera vez, pero supongo que me alcanzó, porque de buenas a primeras sentí entumecido todo el cuerpo, empecé a tartamudear y la voz de Bernal, a quien creo recordar en cuatro patas debajo de la mesa, lamiendo unas briznitas que se le habían caído, me llegaba lánguida, grave, luctuosa, como interpretada por un corno inglés, y el zumbido de la heladera por unos platillos muy tenues, y la radio —la espantosa canción de Bobó Pianetti que sonaba en la radio— por unos flautines locos, soplados por un trío de ninfas que se cortaban el pelo unas a otras mientras un viejo búfalo las penetraba con su sexo tricéfalo.

Era como un cuadro de Gonglia, sólo que tridimensional y sobre todo auténtico, algo que Gonglia no conseguirá ser jamás, no importa a quién le robe ni cuán geniales sean los asistentes que hagan por él el trabajo que haría él si tuviera alguna idea de cómo hacerlo.

Los efectos de las hebras se disipaban, caía la noche, las ramas tintineaban.

Cuánto mejores eran las cosas una vez que habían sucedido.

No me pareció que Bernal se sorprendiera demasiado cuando le conté dónde pasaba sus horas nuestra amiga desde hacía un mes, mes y medio.

Quizá tenía otras cosas en la cabeza. Después de todo, no cualquiera dejaba plantado a Capirola.

Gossec, la última que se había animado, había terminado casi esclava, limpiando baños en uno de los saunas de Abattini, el más barato.

Es cierto que Gossec era mujer, aunque quién sabe si eso para Capirola hacía alguna diferencia.

Según Bernal, no. Le había tocado ir a un par de esos tugurios, siempre en plan mula, sin cobrar extra alguno, y podía dar fe de que el rumor que circulaba tenía visos de verdad: el personal hombre iba a menudo de mujer y el personal mujer de hombre, sobre todo cuando había visitas especiales, como en algún momento estuvo a punto de publicar el libelo del clan Barluzzi.

Mal que me pesara, Bernal estaba en su derecho.

Que lo explotaran no era de extrañar; tampoco que lo rondaran como moscas.

Quizá las dos cosas juntas fueran un poco mucho.

Bernal había redactado el catálogo entero de la subasta Porfirol en seis días, cuando a su antecesor, el inútil de Villegas, no le alcanzaron dieciocho para despachar una brochure —un compendio de epígrafes, en realidad— para una colección de alfombras del montón.

Abattini, se supone que para darle las gracias, lo tacleó en un ascensor, le doró la píldora un par de pisos y le pidió un favor infame, insólito —para alguien tan alto como Bernal, en un espacio tan incómodo como un ascensor—, al que Bernal respondió con una amable reticencia, la máxima cortesía a que podía aspirar semejante dislate.

Hubo muchos episodios como este, todos coronados por el destrato.

Así que no lo culpé. Lo único era el timing , que tal vez no había sido el mejor: Bernal desertaba a mediados de mes, quedaba una quincena impaga, y después de habérsela cobrado por las suyas, a la mexicana, como se dice, era improbable que Capirola aceptara la deuda que tenía con él, ni hablar de que se la pagara.

Quizá no se sorprendió porque Parque Facco no le decía mucho.

Quizá nunca había oído hablar de la clínica que ocupaba el ala este del predio, aunque ocupaba era una manera de decir, porque era más bien el parque en su versión más salvaje, más descontrolada, el que con los años había ido ganando terreno sobre la clínica, hundiendo buena parte de sus pabellones en el monstruoso yuyal que nuestra amiga llamaba jardín, rosedal, edén, etc.

Era raro con la ciudad Bernal, una especie de falso provinciano.

A veces daba la impresión de que acababa de llegar y había que explicarle todo.

A veces salíamos y por esas cosas de la noche, con las instrucciones de alguien en quien confiábamos o siguiendo taxis donde suponíamos que viajaban amigos, terminábamos en barrios que yo sólo conocía de oídas, como puedo conocer parajes de El Cairo o de Colombo, por una tela exótica, un aperitivo a base de larvas o un puñado de escabrosidades de leyenda, y cuando llegaba el momento de la verdad y quienes bajaban de los taxis no eran los guías generosos que dábamos por hecho que eran sino unos perfectos desconocidos que, al toparse con nosotros, nos miraban con desdén, como si fuéramos pordioseros al acecho, y nos ignoraban, Bernal, para mi asombro, pagaba nuestro taxi desde afuera, a través de la ventanilla, como sabía que me gustaba verlo hacer, y pellizcando una de las solapas de mi abrigo negro de paño con anclas en los botones, el modelo capitán Haddock, como lo llamábamos, me arrastraba con él sin dudar, sin detenerse a mirar un cartel de calle o un número de casa, en una dirección que nunca, o casi nunca, nos decepcionaba.

Quizás a esa altura Parque Facco ni siquiera fuera una clínica, como lo daban a entender la dejadez, el estado deplorable de sus alguna vez suntuosas áreas exteriores, sino una versión empobrecida, casi suburbana, de esos establecimientos de descanso que, inspirados en los hoteles termales de principios de algún otro siglo, se vanagloriaban de retirar de la vista pública, con el pretexto de rehabilitarlas, a personas de buen pasar que por algún motivo colapsaban bajo la presión de ciertas aflicciones imprecisas, difíciles de diagnosticar y todavía más de poner en vereda, lo que explicaba la variedad de tratamientos que ofrecían, que iban del black out a la electroterapia pasando por el ayuno, la gimnasia sueca, el voto de silencio.

No era la primera vez, además, que nuestra amiga optaba por esa clase de vacaciones.

Como toda víctima del syndrôme de l’escalier , un desperfecto que exhibía más bien con orgullo, como si fuera una forma poética de procrastinación, es decir una señal de genialidad, Bernal no ató los cabos que pudo haber atado en el momento en que debió atarlos, el único en que la asociación hubiera tenido sentido.

Pero semanas después estábamos en el Catriel, uno de esos tugurios que sacaba de la galera cuando nos aburríamos, fumándonos a un poeta que recitaba desde lo alto de unos zancos vestido de torero, y de golpe gira y me baña con el jarabe que acababan de servirle y se pone a escupir cosas, nombres, Servicio Laborde, Centro Suizo, Mutual Manfroggi, así, todos al hilo, como si hablara en lenguas, y yo —porque la escalera que él baja yo la subo— yo me doy cuenta de que por fin cayó, el milagro sináptico se produjo, y de que Parque Facco, más que una novedad, fue el broche de oro —una manera de decir, dado el estado de las instalaciones— de una cierta trayectoria, y que el recurso con el que pretendía conjurar la desazón comprensible que la afligía, borrarse de la faz de la tierra, nuestra amiga ya lo había implementado antes, más de una vez, para huir de inclemencias parecidas.

(Ese poeta torero... Perdí su nombre y sus versos en alguna de las razzias que acomete el tiempo con mi memoria, pero no olvido los brillos de oro de aquel trajecito mágico, robado, según él, a un auténtico matador, ni el monstruoso colgajo veteado que desnudó al final para coronar su declamación, donde un artista del tatuaje ya fallecido había dibujado la catedral de Worms completa, antes del incendio).