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Las B mayúsculas, por ejemplo, con ese rulo barroco en la punta superior del tallo y esas dos panzas grotescas, como de luchador de sumo, que embestían a la inocente minúscula que tenían a su lado; o las colas de las zetas, las efes, las ges, ramas de enredadera que bajaban a enroscarse con las palabras del renglón inferior.
Todo muy desconcertante. Había trazos duros, casi góticos, que de pronto se suavizaban y afinaban y se ponían a bailar sobre la línea como babas del diablo.
Pero bastaba la pausa de un espacio entre palabras para que el dibujo retomara toda su rigidez, su aspereza marcial, y la calígrafa delicada de hacía un rato, con sus caderas de varoncito y sus tobillos de cristal, reencarnara en su antipática antagonista, una copista de uniforme y fusta y mentón con pelos entrenada en algún sombrío instituto alemán para burócratas.
Algo de este desvarío gráfico aparecía ya en el sobre, aunque las mayúsculas de imprenta mantenían cierta compostura.
Me impresionó ver mi nombre escrito con esos palotes desequilibrados.
Pero, como es obvio, la letra no fue lo que más me llamó la atención; ni la letra ni el sobre, que era cuadrado y pequeño, como una miniatura de sueño, y estaba salpicado de pequeñas manchas parduzcas, té, lo más probable, o puede que sangre, el goteo que suelta la yema de un dedo cuando la pincha un alfiler traicionero.
O lo había pensado todo, cada detalle, con el escrúpulo que ya le conocía, o no había sido capaz de pensar nada —nada que no fueran las veinte líneas asombrosas que me esperaban adentro— y la carta había llegado hasta mí un poco por inercia, empujada por la diligencia de terceros que todavía le eran leales.
Nada de correo postal, por supuesto. Cada carta me fue entregada en mano, no sé si obedeciendo instrucciones precisas o porque así de concienzudos eran los emisarios con que contaba nuestra amiga.
Ninguno se fue sin verme antes abrir el sobre.
Yo conocía a uno solo, el primero que se presentó, razón principal por la que lo recuerdo, porque en otros órdenes dejaba bastante que desear.
Los demás me sonaban. Más o menos cortados por la misma tijera, no me costó imaginar dónde los había reclutado y por qué, y con qué cuota de desfalleciente entusiasmo los consumía.
Me impresionó, me dio hasta envidia que se tomaran la misión tan a pecho.
Quien haya pasado por la experiencia sabrá el escozor que se siente al abrir una carta delante de la persona que acaba de traerla.
No es la persona que la escribió —no en este caso, al menos—, pero ese detalle, que debería aliviar la presión, es precisamente el que la aumenta, porque su presencia, al no ser ya necesaria, se vuelve una aberración, un escándalo gratuito, y siempre lo gratuito es lo que nos cuesta.
Digamos que está entre sacarse una camisa en público y cortarse las uñas con la puerta del baño abierta; entre hablar en voz alta creyéndose a solas (y descubrir que alguien lleva un rato dando vueltas por la casa) y darse cuenta de que el nombre que se ha estado repitiendo en una conversación muy animada no es el del interlocutor al que se quería impresionar.
Todo es lícito en esos momentos, no sólo ruborizarse.
Yo sorteé el aprieto como pude, como me salió: hice pasar al correo humano con algún pretexto indigno, acorde con su ensayada timidez —un vago interés por la lengua tatuada que le asomaba por debajo de la manga de la remera, siguiendo el curso protuberante de una vena—, y le ofrecí cosas que me pareció que podían caerle bien: unos minutos de descanso, una ración de una de esas pócimas infectas con las que Bernal desayunaba en esos días, que fermentaban rápido y apestaban la heladera, duplicarle la propina que ya pensaba darle si hacía por mí en ese mismo momento, las once de la mañana, mi hora pico, como la llamaba Bernal cuando se disponía a aplacarla, algo que quizá no estuviera en sus planes ni en los de nuestra amiga pero que yo sabía de buena fuente que no le costaría demasiado conceder.
Se tomó su tiempo, como creo haber dicho.
Es notable cómo cundían entonces esos simulacros de reticencia.
Al final resultó ser más lánguido, más desprolijo de lo que prometía.
Pero limpió todo, incluso las migas, la ceniza y el reguero de gotas que había dejado Bernal esa mañana, y antes de irse —deferencia galante, que me juré comentarle a nuestra amiga si alguna vez contestaba su carta— me ofreció repetir con la mano lo que le había costado un poco conseguir con la boca. Me tentó, pero no acepté.
Yo podía haber leído esas cartas como un alarde de fatuidad.
Quizá, con el pretexto de compartir su experiencia conmigo —lo que en la jerga bélica implicaba reconocerse vencida y renunciar a la lucha—, ella simplemente estuviera pavoneándose y, al revelarme algunas de sus armas, no necesariamente las más virtuosas, me enrostrara en el fondo todas las que se guardaba bajo la manga.
Así leí las primeras cartas, en efecto. Y reconozco que lo que más me tentó, en el vértigo de comprobar que no había error, que la que me escribía era ella, fue deshacerme de ellas, destruirlas del modo más bárbaro, con la saña con que seguimos martirizando, después de aplastarlo, al bicho minúsculo que nos rozó el pie desnudo en la oscuridad de la cocina.
Alguien a quien consulté sobre el asunto, escamoteándole desde luego la naturaleza del material y la identidad de las personas involucradas, me sugirió congelarlas, abrir el congelador, calzarlas de pie entre dos cubeteras y dejarlas ahí unos meses, muriéndose de frío.
En la versión que yo le había presentado a mi asesora no se trataba de cartas sino de fotos, unos retratos de cuerpo entero, bastante impresionantes, dicho sea de paso, de un presunto ex petit ami que insistía en reintegrarse a mi vida, de la que había sido eyectado por motivos más que atendibles.
Si funciona, me dijo mi consultora, y acá bajó la voz y se me acercó conspirativamente para agregar: y funciona siempre, el ardid hará con la persona de carne y hueso lo que el frío bajo cero con su doble fotográfico: cristalizarla, fijar su engorrosa energía en una lámina inocua, aunque muy apropiada para usos menores que no tardarían en ocurrírseme.
Salvo uno bastante vulgar, que tampoco sé si habría sobrevivido a la escarcha, no se me ocurrió ninguno.
Ya nada me convencía, ni los supuestos planes secretos de nuestra amiga ni las tretas para contrarrestarlos.
Nadie que escribiera así, tan descabelladamente, podía abrigar segundas intenciones.
Ni siquiera era seguro que tuviera primeras.
A la hora de recomendar era precisa en todo.
Contaba cucharadas, gramos, horas. Daba siempre las temperaturas exactas.
Los títulos aparecían completos, a veces con indicación de edición y —en el caso de la poesía— traducción.
Los huevos tenían que hervir tres minutos y medio, el pan tostarse apenas, sin perder su color y consistencia naturales, la luz de la mañana entrar recién doce minutos después de despertar.
Una locura. El resto estaba en el aire, flotando en una nube confusa, igual que en las fábulas tardías de Sances Teghi, donde las cosas existen en unos decorados que son puro boceto, sin detalle, o interactúan en el vacío.
El jardín, por ejemplo, y la glorieta donde decía redactar las cartas, reaparecían más de una vez, nimbados del romanticismo enfermizo que campea en los novelones que sé que le gustaban, pero en una ocasión se trataba de un jardín aparentemente inglés, con estanque, ocas, rocas, senderos tortuosos, y en otra, tres renglones después, un mero tapete verde con manchas de color a los costados, más parecido a un minigolf o una cancha de fútbol, donde la glorieta art nouveau se suplía con un galpón de herramientas o una vieja reposera de playa encajada entre dos sombrillas.
A veces, entre consejo y consejo, levantaba la cabeza y se preguntaba cuándo había caído la noche, dónde estaba todo el mundo, dónde su pañuelo (porque le goteaba la nariz).
Y bruscamente todo tendía al frenesí: la alarmaba cualquier imprevisto, la menor agitación, ciertos movimientos que notaba de pronto a su alrededor, sombras sin rostro que pasaban a su lado huyendo de algo, gente a los gritos, perros, linternas.
Escribía con un desapego afable, desde una impavidez de reina, de sabia, de muerta, aunque las aftas la tenían a maltraer, le dolían las muelas y se quejaba de lo que se empeñaba en no comer —budines, pasteles— por temor a que la envenenaran.
Estaba en el cielo y sonaba feliz, liberada por fin de una carga abyecta, y se retorcía en el fondo de un pozo mezquino, llena de veneno, y hablaba mal de sus vecinos y se meaba encima a propósito, para calentarse y ahuyentarlos con su olor.
Pero la agonizante maldita seguía escribiendo; no sólo cartas, no sólo el folletín por entregas en el que me cedía su legado y la palpitante gema que atesoraba adentro, protegida por dietas, precauciones, vicios impunes: un Bernal desvalido, pueril, de estómago hipersensible y casi sin párpados.
“Una cucharadita y media de curry, ni una más, ni una menos, y acordate: sin fenogreco”, me escribía.
Y enseguida, sin siquiera un punto seguido: “A los tumbos, pero avanzo con Baldó. ¿Podés creer que el muy sorete no me contesta los llamados? Mientras él cesantea inútiles en la Naldoni, yo acabo de terminar el capítulo del Mirador Monegasco. Le puse Bajada Odorico, la hice intachable como una feligresía de atletas olímpicos. Pero todo puede cambiar, como mi humor y la luz de este jardín. Ahora te dejo, corazón. Vienen a buscarme. Cuidá mucho a ese bicho feo y alto y delatame sólo si es imprescindible”.
Leyéndola se me ocurrió que estaría afuera, en alguna finca rural, venida a menos, que alguno de sus conocidos con dinero habría aceptado cederle para que escribiera tranquila.
Eso explicaba la profusión de verdes que daba sombra a las cartas, no la variedad ridícula de tipografías, los disparates de la puntuación, los bloques de texto macizos, la manera abrupta de pasar de una cosa a otra sin cambiar de tono o de renglón, como si el mundo extraño en el que se había atrincherado se diera el lujo de ignorar el tiempo y el espacio y de no reemplazarlos por nada.
La respuesta a estos misterios, desde luego, no me llegó por las cartas en sí.
Me la dio uno de los encargados de hacérmelas llegar, el segundo o el cuarto, ya no recuerdo bien.
Estábamos en la cocina, yo con la carta en la mano, él sentado en la silla fallada, lamiéndose parte del bigote blanco que le había dejado un trago de leche, con esa facilidad para abrirse de piernas que tiene esa gente.
La insinuación me tentó, no digo que no, y mientras remábamos una conversación difícil el muy pícaro dejó caer dos o tres nombres que sabía que me sonarían, quién sabe para conseguir qué, porque la propina ya se la había dado.
Yo estaba en una fase desalmada, y Bernal, algo acotado para apreciar los deleites de la crueldad, solía frustrar mis proposiciones de la peor manera, con ataques de risa o una pasividad vegetal, más insensible a una hoja de afeitar, un alfiler de gancho o los dientes de un peine de metal que al roce de la etiqueta de una camisa o la costura de una media.
Al chico, por suerte, le daba exactamente lo mismo.
Unas vistosas cicatrices que le trepaban por el pecho indicaban que no era un novato.
Se limitó a tirar la cabeza para atrás y dejó colgar los brazos a los costados, como haciéndose el muerto o disimulando su hastío.
Yo no quería atormentarlo, sólo aprovecharme de él, así que me aboqué a lo mío y le di un repasador y mientras se limpiaba le hice algunas preguntas sobre las cartas.
No sé cómo porque no le tendí trampas, ni lo acorralé, ni le prometí nada que ya no le hubiera dado, terminó mencionando él solo la clínica Parque Facco.
No dijo clínica exactamente sino una palabra más basta, más afín a su condición y también más específica, confirmando esa ley curiosa, tan relevante para quienes cultivan el vicio très Baldó de cambiar de mundo social sin cambiar de ropa, según la cual hay ocasiones, tan brillantes pero no tan raras como perlas, en que la indigencia en materia de educación engendra más felicidad expresiva que los títulos universitarios, y más belleza también.
Por lo que me contó, mientras apuraba un segundo vaso de leche, se había anunciado en la recepción de la clínica y, después de esperar diez minutos, una enfermera con un cuello muy largo y unos zapatones pesados, como de buzo antiguo, le había entregado la carta y se había quedado de pie con el mentón un poco levantado, esperando algo, quizás una propina —es notable cómo ciertos mundos intermedios dependen del tráfico de esas minúsculas gratificaciones monetarias—, que él le negó poco menos que ofendido.
Así que cruzó el bulevar Mastrángelo sin esperar el semáforo, otro placer peligroso que cultivaba con despreocupación, y se metió en el café Mombelio a tomar algo.
Un rato después se subía al 142 y llegaba hasta mí con la carta en la mano, fresco como una lechuga.