Malas lenguas 31
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Otra vez, no duró. Atando cabos llegué a la conclusión de que el Bernal que se había cansado de leerle al viejo Zardi tenía la misma edad, meses más, meses menos, que tenía yo cuando le leí a la Calvé.

Una edad insolente, como todas las que nos desairan abandonándonos.

Ya no me acuerdo qué alegó él para justificar haber renunciado tan rápido.

Probablemente nada. Yo ya estaba al tanto de algunos atenuantes (que había tenido la precaución de ocultarle) por la conocida que me había pasado el dato.

Zardi vivía en Rivarol: el viaje era largo, las conexiones poco fluidas; había que atravesar puentes de hierro, enormes baldíos con columnas de humo, galpones abandonados, todo muy en el estilo de los andurriales donde Baldó, por esa misma época, andaría a la pesca de sus dosis vitales de carne.

De todos modos, dudo que esa clase de incomodidades lo afectaran demasiado.

A juzgar por los trofeos con que volvía, parecían estimular en cambio esa compulsión por las delikatessen locales, en particular las comestibles, que me llamaba la atención siempre y muy rara vez me satisfacía.

Queso de chancho, mortadelas, tripas desecadas, aceitunas.

.. En dos semanas era un rivarolista de primera cepa.

Fue más bien el mundo Zardi, su suficiencia decadente, lo que lo dejó afuera; todas esas glorietas, esos putti , esos galgos dormidos, esa banda sonora de telas caras que se rozan, rotas, esa mezcla de cuchicheo con ruido de cubiertos de plata.

Supongo también que no habría muchas chicas en las inmediaciones, un ingrediente paisajístico que podría haber ayudado.

Por lo demás, Zardi tenía ese buen gusto obtuso, desconfiado, de quienes se han cultivado en un mundo de alarmas y prohibiciones.

Quizá no fue la mejor idea empezar por la correspondencia del Padre Robilardo.

Quién sabe qué deudas arrastraba el viejo con ese bufarrón emplumado.

Bernal me dijo que le había sugerido —muy educadamente— dejarlo para más adelante, pero que Zardi se había puesto como loco.

El avance de la ceguera, además de torpe, lo había vuelto irascible.

Era difícil saber si lo que el viejo destrozaba lo destrozaba por ciego o por ofuscado, pero más de una vez Bernal esquivó cosas, proyectiles fortuitos, que por poco no le sacan un ojo.

Él mismo recogía los pedazos del piso al término de las sesiones de lectura, no fuera que alguien, uno de los jóvenes obreros que deambulaban por la casa sin hacer nada, con toda clase de herramientas colgadas de la ropa, se lastimara al pisarlas.

En una ocasión especialmente tumultuosa, tuvo hasta el gesto de juntar los despojos de una tetera en la bandeja de plata en la que habían servido el té.

Cuando se los entregó, el ama de llaves le comunicó que la porcelana era Lamireaux y que se la descontarían del sueldo.

Hubo luego más fracasos, más prematuros.

Me ahorro los detalles. A lo largo de meses, Bernal fue traductor de cables, profesor particular de francés e italiano, corrector de estilo de una especie de banquero, redactor de los catálogos de la casa de subastas Abattini ni siquiera que trajera dinero.

Simplemente quería tenerlo lejos, fuera de mi campo visual, al menos por unas horas.

Y no tanto porque me robara las pantuflas, llenara la casa de humo o matara el tiempo con virtuosismos estériles, lastres con los que a fin de cuentas ya me había tocado cargar otras veces, con parásitos mucho menos carismáticos que Bernal y sin sus dedos mágicos.

Lo quería lejos —el problema de siempre con los altos, las actrices, los barítonos, las enfermas y esos percheros con curvas y patas que amenazan con ponerse a caminar en cualquier momento— porque ocupaba demasiado lugar; porque si estaba presente me era imposible no pensar en él, no mirarlo, no abalanzarme y sembrar de moretones la palidez desvergonzada de su cuerpo, y sobre todo no hablarle, no contestar la seguidilla de preguntas que lo oía hacerse en voz alta mientras deambulaba por la casa, la mayoría retóricas, o a mitad de camino entre el monólogo interior y la transmisión radial, en vivo, del quehacer cotidiano, ese plano intermedio, absolutamente enloquecedor, en el que hablan los viejos y algunos niños.

Además, bastaba que Bernal se alejara para que pasaran cosas.

Era como si algo se destrabara, o una ventana se abriera de golpe por un sopapo del viento: un fenómeno químico, molecular o tal vez sólo animal, como cuando un depredador abandona frustrado el territorio que estuvo acechando en vano y, apenas se pierde de vista, todas las presas que acechaba vuelven a asomar la cabeza.

De hecho, hacia el final de la temporada que Bernal estuvo afuera, rebotando entre changas, se metieron en la casa un pájaro, un ratón y un moscardón de esos redondos, peludos, del tamaño de una pelota de ping pong, que ensordecían cierta casa de veraneo en la que fui especialmente feliz de muy joven, uno de los cuales, de una paciencia extraordinaria, se pasaba el día taladrando el techo del altillo que me gustaba mirar desde la cama, mientras me dejaba curiosear por una vecina muy tenaz, que me despertaba siempre de la siesta para venderme un dulce hecho con algún fruto local.

Conviví un rato con los tres intrusos, sucesiva y, a un cierto punto, como decía Tencio, simultáneamente, cuando, sospechando quizá el regreso inminente de Bernal, decidieron unir fuerzas y durante una media hora de locos estuvieron yendo y viniendo por la casa como en ácido.

Suena increíble, pero bastó que Bernal, con su poca puntería de siempre, metiera su llave en la cerradura con la ferocidad de un destripador para que los bichos se hicieran humo con la misma rapidez, el mismo olfato para los buenos escondites que muestran los amantes de los chistes gráficos, con las mejillas arrebatadas y los calzones por los tobillos, un segundo antes de que irrumpa el marido cornudo.

El pájaro —creo que un zorzal, porque cantaba como una calandria— se fue por las suyas, aprovechando que yo aprovechaba que Bernal había salido a buscar fernet para ventilar, por la misma ventana por la que había entrado.

Al ratón lo quise y lo festejé mucho, hasta que lo sorprendí mordisqueando la más linda de las naturalezas muertas de Solozábal, la del repasador a cuadros azules y rojos, y después de distraerlo con un pedazo de queso verdadero, más grande pero menos apetecible que el que se empeñaba en roer en el cuadro, lo eché al pasillo usando un zapato de Bernal, uno de los Dolce color aceituna, que tenía el taco flojo pero sirvió igual.

Con el moscardón no sé qué pasó: lo encontré muerto una mañana cuando me metía en la ducha y lo pisé, cosa que no le recomiendo a nadie.

Entre las cosas que pasaban cuando el viento abría una ventana incluyo por supuesto la regeneración instantánea del aire, cuya calidad, lejos de las axilas, pies y boca de Bernal, aumentaba en forma exponencial.

Incluyo también algunas satisfacciones profesionales, de esas que sólo nos damos cuenta de que necesitábamos cuando nos llegan: un par de propuestas de juradorías (que acepté a mi pesar, sin pensar, antes de saber los honorarios y los nombres de los colegas que me acompañarían, con la única esperanza de descargar en un montoncito de cabezas inocentes cierto capital de despecho acumulado); el encargo de la reseña del último Rottoli (a quien ensalcé durante cuarenta líneas y hundí en la última, con una cita muy certera de su archienemigo Lecubarri); la invitación a escribir: una memoir (dos mil quinientas palabras) sobre el paraje de la casa de veraneo y la vendedora de jalea de grosella (donde el moscardón terminó haciendo un cameo) y la presentación de la reedición del panfleto de Cuñat contra los niños, que no escribí, que al final improvisé la noche misma del evento en un monólogo larguísimo, muy accidentado, del que Bernal, que se ofendió por algo y no había querido ir, me rescataría a último momento.

Incluyo también las cartas de nuestra amiga, escritas con aquella caligrafía tan particular, que empezaron a llegarme por esa época.