Malas lenguas 30
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Una noche tomábamos algo en el Binario Tredici y los dos levantamos nuestras copas a la vez y nos quedamos un segundo quietos, como en una acuarela de Pastrana, mirando por la misma ventana lo mismo, un perro vagabundo de pelo muy largo, tan sucio que se enredaba en nudos y trenzas complejísimos, o al vagabundo que hundía una mano en esa selva de pelos para rascarle la panza.

Me sorprendió, ahora que los veía pegados a la copa transparente, que Bernal tuviera los dedos tan manchados.

Se los toqué, y cuando retiré los míos estaban sucios también, sucios de tinta, la tinta azul lavable que juraba que nunca dejaría de usar, y por la solemnidad con que lo proclamaba era como si alguien muy poderoso, un magnate de la tinta negra, por ejemplo, tuviera un interés particular en impedirle que se saliera con la suya.

Cuando escribía, Bernal escribía con lápiz, unos lapicitos mochos, liliputienses, del tamaño de una de sus falanges, que guardaba en un estuche de hisopos que me había robado y cuyas puntas tallaba con pelapapas.

¿De dónde diablos salía toda esa tinta? (Más tarde la descubriría en bolsillos y puños de camisas, en corbatas, hasta en uno de esos foulards absurdos que usaba, con dos o tres estampados barrocos superpuestos, como de viejo sodomita de capital imperial en decadencia).

¿De qué lapiceras venía? ¿Y dónde estaban los poemas, las cartas, las biografías, las novelas, las esquelas de amor, todas esas obras maestras por las que aceptaba mancharse y andar así de sucio por la vida, ajeno por completo a su propia suciedad, como esos niños que vemos caminar por la calle doblegados por el peso de sus mochilas, con el delantal hecho un asco y una sonrisa de beatitud en la cara?

Había que hacer algo; lo hice. Por una amistad remota pero fructífera, bastante desorientada en materia de moda y juguetes íntimos —no en vano los dos rubros en que la asesoraba el truhán de Zuzunaga— y muy bien informada en todo lo demás, en especial las ofertas de esa cartelera donde el petit monde cuelga sus necesidades una vez agotada toda posibilidad formal de satisfacerlas, me enteré de que el viejo Zardi estaba mal, con el glaucoma a toda máquina y sin oftalmólogo; que empezaba a ver todo verde moho, ya no escribía y en cuestión de días dejaría de leer.

Zardi era rico; tenía mucamas, jardineros, choferes, abogados, masajistas para tirar al techo.

¿Por qué no agregar a ese cortejo servil una figurita más, quizá la única que realmente le hacía falta: un lector?

Ah, leerle a otro. De todas las actividades pasibles de ser rentadas, ¿hay acaso alguna más irreprochable, más desinteresada, más materna?

Yo lo había hecho de joven, en mis épocas de estudiante.

¿Por qué no lo haría Bernal, con esa voz magnífica que tenía, con lo mucho que le gustaba leerme de noche, en la cama, sobre todo guarradas, para mantenerme en vela?

Por peor que le fuera, duraría más de lo que duré yo con la Emma Calvé.

Dos semanas, si no recuerdo mal. Pero qué dura mucho cuando se es joven.

Yo leía y medio me dormía a medida que la Calvé se despertaba, haciendo crujir la vieja mecedora thonet en la que le gustaba recibirme.

Tenía cierto renombre como historiadora, pero la fama que realmente la precedía era la de sus verrugas, que le rodeaban como un collar el cuello, y sus ojos, probablemente verdes, a juzgar por el débil destello esmeralda que palpitaba tras el velo de las cataratas.

El dato me lo había pasado una jefa de trabajos prácticos con la que cursaba entonces, una verduga bastante incompetente pero con unos muslos de acero y una libreta de contactos llena de piedras preciosas.

Leíamos a Calenfels, a Cadeac, a Bottegari, cosas que la Calvé se empeñaba en escoger y sacar ella misma de su biblioteca, derribando en el camino macetas, vasos y unas tallas de madera en miniatura muy particulares, dioses o ídolos de alguna isla de Oceanía, creo, todos en estado de alborozada erección, que nunca se rompían.

Sí, me dormía. Y eso que era joven y me sobraba el vigor, una parte importante del cual se me iba en asistir a las clases de Baldó, tomar notas, tratar —sin gran éxito— de transcribir los ejemplos que lanzaba desde el estrado y detectar cuál de las criaturas que cabeceaban a mi alrededor cumplía los requisitos exigidos por mi vocación predadora, nunca tan rapaz, no sé por qué, como cuando cursaba en el turno mañana.