Malas lenguas 29
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En algún momento algo pasó, porque los horarios de Bernal cambiaron.

Estuvo unos días yendo y viniendo, escribiendo de pie, cuando estaba en casa, en unas libretas diminutas, supongo que a razón de una palabra por página porque tenía una letra gigante, bañándose más de la cuenta o durmiendo siestas cortísimas a horas insólitas, y cada tanto volvía de la calle con regalos que me ofrendaba con los brazos extendidos, a la japonesa, y una sonrisa orgullosa de perro concienzudo.

Por ahí los debo tener, todos con sus etiquetas.

No sé si los robaba o qué, pero tenía talento para desatinar.

No daba en el blanco nunca, ni siquiera con la ropa interior, un rubro que sabía que venero con un eclecticismo ecuménico y que aparecía a menudo entre sus ofrendas, representado por ejemplares de un mal gusto insultante.

Pero había algo en su manera de equivocarse que me conmovía, una especie de entusiasmo o de fe gratuitos, completamente desperdiciados, que me parecía que si no eran una provocación sólo podían significar amor.

Cuando me quise dar cuenta ya lo tenía en casa todo el día otra vez, en calzoncillos, siempre precedido por el sonido zombi de sus largos pies planos arrastrándose por el piso, y recién entonces yo comprendía dónde estaban las pantuflas que me había pasado la mañana buscando entre rezongos mientras él, impávido, preparaba tragos con vodka en la cocina, esculpía garzas de papel o hacía anillos de humo en serie, perfectos, hay que decirlo, frente al espejo.

En esas babias artesanales entraba cuando le sobraba el tiempo, y de buenas a primeras le interesaban mucho los escarbadientes, los fósforos, los alfileres de gancho, y la casa, poblada de pronto de atalayas, collares, laberintos, se convertía en un mercado de pulgas.

Las monedas —en especial las de veinte centavos, con el Barbirot de bigotes y anteojos, que en épocas normales dejaba tiradas por todas partes— le inspiraban las ideas más estrambóticas.

Me acuerdo de la primera vez que vi los minitótems que hacía apilándolas, empaquetándolas con cinta scotch o curitas usadas, y que encontré una tarde extrañamente distribuidos por la casa en bajoventanas, jaboneras, cajones de medias.

Cuando las vi pensé que eran mierda, mierda de rata o de murciélago, y llamé al exterminador, un muchacho muy expeditivo que me había sacado antes de apuros.