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Por supuesto, nada de todo esto aparece en el libro de nuestra amiga.
Nada por ejemplo del placer autista, de niño prodigio, con que Bernal enfundaba sus dedos hechiceros en los guantes de barata sarga blanca antes de entrar a la sección, un ritual que me costó meses y una serie de ruegos y concesiones más o menos degradantes conseguir que reprodujera conmigo con fines recreativos.
No, ella y su libro siguen ensimismados en ese teatro insípido, hecho a la medida de su protagonista, donde Baldó va y viene a sus anchas, mecido como un pachá por alguno de sus solícitos sobrinos, y se lleva todos los créditos, mientras en alguno de los muchos mundos paralelos que la autora, por indiferencia o recato, se empeña en ignorar, todos más reales que el que describe, Chauliac, por ejemplo, tendido en un crematorio de suburbios, se encamina hacia su flamígera última morada y su viuda.
.. bueno, su viuda sigue llorando, frunciendo la boca con esos pucheros exquisitos que le conocemos tan bien, y se sienta a olvidar, que es lo que hacen tarde o temprano todas las viudas, algunas con más suerte que otras.
Entiendo que para el mes que Bernal estuvo a sus órdenes, el trabajo del olvido ya había sido completado.
O quizá lo completó el mismo Bernal sin saberlo, al poner en orden la colección de incunables del muerto, la única porción del legado Chauliac de la que su viuda no había querido desprenderse.
Salvo a la hora de menstruar, o para el ritmo cósmico de la luna, un mes no es nada.
Aunque puede que los libros tampoco fueran tantos.
En eso era raro Bernal: siempre estaba entre el tormento de Sísifo y la indolencia del bon vivant .
Me desconcertaba. A veces volvía de lo de la viuda hecho un trapo, como si lo que hubiera hecho ese día fuera mucho, muchísimo, pero casi nada comparado con lo que le quedaba por hacer.
Otras volvía silbando, chocho como un cartero en día feriado, y yo tenía que recordarle de dónde volvía para que aceptara contar algo de su día dichoso, y lo que contaba era lo mismo que nada, puro monosílabo, vacilación, punto suspensivo.
Ni siquiera sé si llegó a terminar el encargo.
Una noche yo penaba en casa con un dossier insufrible y fui a buscar un tomo de Tamagno a la biblioteca.
No lo agarré bien, calculé mal lo que pesaba, no sé: la cosa es que el libro cayó boca abajo, abierto pero no del todo, y quedó en esa posición de invitante descaro en la que quedan a veces ciertas criaturas inanimadas, y cuando me agaché a levantarlo vi que algo habían dejado escapar sus páginas al abrirse.
Era una ficha, una de las que usaba Bernal para clasificar en lo de la viuda, blanca y rayada, usada.
La letra era de él. Tenía una S mayúscula escrita en una esquina y sobre el primer renglón, el más marcado, el título del clásico de ortopedia libertina de Signac, con lugar de impresión, editor, año, número de páginas, etc.
; más abajo, en lápiz, a modo de muestra (qué tesoro), una serie de pequeñas viñetas apenas esbozadas, una más indecente que la otra, que Bernal seguramente había copiado del Signac.
Una vez le pregunté si se había decidido por el orden alfabético y me contestó que sí, vagamente.
Conociéndolo, no me extrañaría que al fichar siguiera criterios menos convencionales, el caprichoso interés, por ejemplo, o el morbo, dos chispas que el Signac sin duda debió despertarle, poco importa si ya había terminado con la R o no.
La viuda, me consta, no quedó del todo insatisfecha.
Me la encontré una noche en lo de Parisot —la sede vieja, antes de que el balcón aplastara al cetrino primor que estacionaba los coches y la clausuraran—, en ocasión del agasajo a Balletti por el Premio Nacional.
Estaba espléndida con su papada papal, su boquilla, sus várices maquilladas.
Había bebido de más, pero me pareció que las flores que le tiraba a Bernal, todas un poco pasadas, le salían del corazón.
De la chaqueta no dijo una palabra. No sé por qué porque me tenía sin cuidado, pero estaba a punto de sacarle el tema cuando me pidió que la acompañara hasta el bar, que le vaciara un dedal de droga en la bebida (temblaba tanto que temía errarle a la copa), y mientras le hacía al bartender unos ojitos de escándalo, a tal punto que una pestaña postiza se le desprendió y quedó pegada a un pómulo, como un alpinista colgado de un risco, bajó la voz y me dijo que dos días más tarde, por un asuntillo vulgar pero bastante imperioso, se vería con nuestra amiga en el café Mompelio, el del parque Facco, y que la aprovechara como correo si tenía o teníamos algo importante que enviarle, o decirle, o hacerle, algo a lo que no tuviéramos tiempo o ganas de dedicarnos en persona.