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Siguieron unas semanas de paz. Bernal se iba temprano y volvía a media tarde, a menudo cargado con manjares que compraba a la vuelta del palacete de la viuda, en lo de Lachâtre, y que rara vez conseguía terminar.
Se saciaba con dosis mínimas, al menos en materia de comida, o con atracones seguidos de ayunos prolongados.
A veces era incapaz siquiera de probar lo que traía, satisfecho quizá por la millonada que le había costado, que más que indignarlo, como a mí, lo hundía en una especie de saciedad voluptuosa.
O quizás era el efecto que le hacían los dulzores del esnobismo, de hechizo y hastío casi simultáneos, tan típico de educaciones inconsecuentes como la suya, capaces de viajar sin escalas de la poesía rapsódica al moscato más tóxico, la salacidad de un Pilenga o los chicles de papa.
Iba de deslumbramiento en deslumbramiento, pero cada flash le duraba nada, menos que una de esas cuotas de feltrinol con chicha que se administraba con sus compañeros de armas para resistir las guardias en la noche patagónica.
Un desperdicio. Yo lo recibía feliz, lo acompañaba, pero esas delicias no eran lo mío, y si alguna de ellas, bendecida por la forma peculiar que le había dado el repostero —de cañón grueso y blando, relleno de una pasta densa que con la presión tendía a derretirse—, no nos hubiera prestado los servicios que nos prestó en un contexto muy distinto, probablemente todas, incluidos éclairs , verrines y magdalenas glaseadas, habrían desaparecido de mi vista sin dejar rastros, y supongo que de la suya también.
Para Baldó fue un mazazo. Ese es al menos el veredicto al que llega el libro de nuestra amiga, y no hay que ser demasiado suspicaz para detectar cierta sorda satisfacción en el tono de pesadumbre con que narra el episodio.
En un sentido —no el más empático para con la viuda, que llora a un costado mientras fuma sin parar, iluminada por el fluorescente del pasillo del hospital, vestida, cuándo no, con una de esas curiosas túnicas de colores que se traía de Túnez, Tánger, Tanzania, dondequiera que fuera a disfrutar de las aficiones que su marido se empeñaba en negarle—, la muerte de Chauliac es lo que se podría llamar una desgracia con suerte, porque una página antes de que irrumpa en el libro, la vida de Baldó lleva un buen rato haciendo lo que hace siempre que queda librada a sí misma, estancarse y languidecer, y otro tanto hace el libro mismo, por más flashbacks , documentos autógrafos y cartas de la época con que trate de reanimarlo su autora.
El pobre cirujano de Tornquist sale a anunciar lo peor, que el paciente no aguantó, que se les fue, y algo en el libro, esa especie de pulso misterioso que late en todos, aun los más anémicos, se despereza y sacude como un perro que sale del mar, y Baldó, que se relamía en su flamante despacho de la Naldoni, todavía embriagado por las novedades del puesto, el retumbar de los pasos en el mármol, los sellos, la pinotea que cruje, el rodillo secante, las ventanas esmeriladas, el sibilino, azulejado, lapislazulino subsuelo con vestuario y duchas pegado al depósito, del que alguna vez oyó hablar en los corrillos confidenciales del Mirador Monegasco y del que siempre descreyó, a tal punto sonaba demasiado soñado, se pone en movimiento.
Redacta un comunicado para la prensa, viaja a Tornquist, consuela y se trae a la viuda, monta un velorio a la altura de las circunstancias en la sala Morandi de la biblioteca y menos de catorce horas después de firmada el acta de defunción, donde el apellido figura Chaliac , sin la u intermedia, como el de mi vieja amiga la traductora de Gobbo, recita de memoria el largo, sobresaltado elogio fúnebre del muerto y ficha para Manuscritos Raros media docena de cajas de papeles personales que el muerto, en un arranque profético, había precintado con sus propias manos.