Malas lenguas 26
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Si no me equivoco, esa fue la chaqueta que Bernal eligió ponerse para la entrevista con la viuda de Chauliac.

Una cosa horrenda, muy de bárbaros. Si al menos le hubiera dado por los Lederhosen, que hoy día, me cuentan, siguen vigentes y vienen en modelos muy prácticos, llenos de broches, rellenos mullidos, bolsillos con troneras.

Pero yo no quería discutir —nunca quiero discutir—, lo que degeneró una vez más en cuarenta eternos minutos de discusión tortuosa, desesperante, al cabo de los cuales capitulé, como era de prever, me tragué en seco dos triptanes de doscientos y me encerré en el cuarto, en el desastre todavía tibio en el que habíamos convertido el cuarto esa mañana, y Bernal partió a su entrevista de trabajo disfrazado de tirolés.

Cuando me desperté, dos horas más tarde, fui como pude al baño y me topé con la notita encantadora que me había dejado en el espejo, en verso, muy de amor, porque entre otras cosas me evitó mirar de frente la catástrofe que era mi cara.

¿De qué formol sacaba esas galanterías? A veces, en el embeleso en que me sumían un ramo de flores, un regalo sin razón, un piropo rimado, me imaginaba a Bernal como uno de esos amnésicos de novela a quienes un accidente terrible priva de la vida que tenían, plena, exuberante y feliz, para reemplazarla por otra, que no está mal, es agradable y hasta digna de celebrar si no tuviera en el centro el hueco helado que tiene, hasta que la otra vida, la primera, se cansa y decide resucitar al azar, de vez en cuando, disparada quién sabe por qué gatillo anodino de la vida segunda, y proyectar unos pocos haces de su luz incomprensible sobre el lienzo vacío del presente.

Quizás en esa otra vida Bernal fuera considerado, caballeroso, audaz, y menos propenso a enrojecer, menos renuente a los roces del amor en público y más dispuesto a devolverlos.

Quizás en esa otra vida —de la que sus dedos mágicos eran un poco los sobrevivientes, en todo caso los únicos que habían aceptado vivir en esta, su tierra de exilio— Bernal fuera un joven semidiós sonriente y diáfano, sin dobles fondos ni tormentos tácitos, capaz de apreciar los tesoros que la vida ponía en su camino, serles fiel y honrarlos como se lo merecían, y, en lo posible, rendirse a ellos.

Quizás entonces, quizás allí, los cuellos de sus camisas juntaran menos mugre, sus medias menos agujeros y él más ganas de jabón y de duchas.

Lo cierto es que esa tarde volvió y volvió con el trabajo, exultante aunque sin la chaqueta.

Noté algo raro enseguida, apenas entró, al verlo en camisa, blanca, para colmo, y algo arrugada, y con las mangas enrolladas a la altura de los codos.

Él ni siquiera se había dado cuenta. Al parecer, intrigada por la prenda, la viuda le preguntó de dónde era y le pidió que se acercara para verla mejor, para palpar ella misma la tela, lana, paño o felpa de que estuviera hecha, y Bernal prefirió quitársela, y ahí empezaron a conversar sobre trabajo, tareas, horarios, retribución, hasta que ella, cambiando bruscamente de tema, quiso saber de él, quién era, de dónde venía, qué había estudiado y con quién, cómo era que siendo el joven alto, interesante e inquieto que daba la impresión de ser nunca lo había visto por ahí, en el café Rivera, los tés japoneses del Biltró o las veladas de poesía y escapismo que había animado en su petit hôtel de Stegmann.

¿Quién, con toda esa cháchara, se iba a acordar de la chaqueta?

Bernal seguro que no. La viuda lo había puesto a trabajar enseguida; le dio guantes, unos cubrepuños antiguos, muy estrafalarios —que se quitó porque le apretaban—, un pilón de fichas en blanco, sin renglones, y un par de lápices negros nuevos, durísimos, que apenas escribían y casi agujereaban las fichas, y lo encerró en la incómoda habitación de la casa —un viejo vestidor, en realidad, según le dijo después, mientras esperaban que hirviera la pava, una empleada doméstica en la cocina— donde dormía la colección de libros antiguos del malogrado Chauliac.

Lo encerró literalmente, con llave, me contó Bernal, y me pareció que un chispazo de divertido escándalo iluminaba sus ojos cansados.