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Digamos que le perdoné la vida. Esas fueron, de hecho, las palabras que usó Bernal esa tarde, cuando bajábamos comprimidos en el ascensor, él, yo y las dos bolsas negras llenas hasta reventar, de una de las cuales sobresalía la manga de una camisa bordó inadmisible, y le conté mi excursión, todavía temblando.
Pero sería mucho decir. No lo hice por magnanimidad, tampoco por compasión.
Todo lo que quería lo tenía conmigo en ese ascensor: Bernal y su dote, su ajuar, su caterva de chucherías, repatriadas por fin, no importa cuánto me hiciera despotricar cuando esos tesoros, sembrados como trampas por mi casa, me hicieran tropezar, se me enredaran en los tobillos o simplemente hirieran mi sensibilidad.
Estaba feliz, y en la felicidad no hay lugar para abscesos como la venganza (que, dicho sea de paso, siempre me resultó una pasión ajena, de profesionales).
De haber cedido, de haber dado esos seis pasos y robado o destruido esas páginas —digo que no lo hice, no que no lo pensé, no que no pensé en llevármelas y dejar una sola, la que ya estaba en el rodillo, infectada con una frase más, una frase mía, de despedida—, lo habría hecho menos contra nuestra amiga que por la sombra de mujer que le oficiaba de asistente.
Nunca volvió a aparecer esa mañana, ni siquiera cuando Bernal, intrigado por una enciclopedia juvenil, desplegó su cuerpo de grúa para alcanzar un tomo y tumbó una lámpara de hierro que aplastó algo frágil, unos platos, creo.
Recién la vimos de refilón cuando nos íbamos, encorvada sobre una taza que humeaba en la cocina, con un repasador sucio en un puño y un aire de abstraída serenidad que nos preocupó.
Aunque tal vez exageráramos. Exagerar —desplegar, amplificar, hacer resonar más allá de cualquier límite razonable— era otra de las cosas que sólo hacíamos bien, con entusiasmo y una alegría ciega, a toda prueba, cuando estábamos juntos, solos.
Entrábamos en el trance con timidez, cediéndole al otro el honor del primer despropósito, pero dos minutos después chapoteábamos como chanchos en el chiquero de la hipérbole, y cómo nos maldecíamos si uno de los dos, por razones casi siempre vanas, el escrúpulo, o un apego a la verdad que rara vez sentíamos, desistía de ir hasta el final.
Hace un tiempo, de hecho, volví a encontrarme con esta mujer en la subasta de la colección Canaletto.
Era otra persona. Estaba renovada, transfundida, casi tan preñada de vida como la preciosura de vestido rojo que tenía a su lado, leyéndole al oído el catálogo del remate.
Dejé de mirarla porque mis cervicales protestaron y apagaban las luces.
Volvimos a cruzarnos en uno de los intervalos, con la sala en shock por la fortuna que había pagado Nogebro por el manojo de cochinadas sin imaginación con el que Canaletto había saboteado el idilio de Babb y Botturini.
Fue cerca de los baños, un área que la mansión Lissajoux sigue teniendo el tino de mantener en penumbras, aunque no había mucha acción esta vez.
Yo había quedado con alguien, a quien finalmente no vi pero que estaba, sólo que en el piso de arriba, matando bastante alegremente el tiempo, el mismo tiempo que al día siguiente me dijo de muy mal modo que había estado esperándome en vano.
Vi primero a la chica de rojo: tenía una pierna flexionada y la planta del pie apoyada contra la pared, y se burlaba del cartel de prohibido fumar con un charutito fétido que chupaba hasta quemarse los dedos.
Después la vi a ella, que salía del baño y olía muy bien y no me reconoció.
En la calle pasó lo inevitable: una de las bolsas reventó, y recién ahí vi qué calaña de botín estábamos recuperando.
No quiero recordar los objetos en sí, uno por uno, salvo por supuesto el responsable del destripamiento, un cortapapeles de temática taurina traído de Toledo por un compañero de armas.
Pero la ropa no se me borra: abotinados de charol, boina de tweed, tres pares de guantes, un increíble chaquetón austríaco (con sus ribetes rojos y sus franjas en cruz sobre los bolsillos), juegos de medias de una lana áspera y dura, como de frazada soviética, y un amplio lote de camisas y pantalones de poliéster descoloridos, como de feria americana de sindicato, que Bernal me confesó que compraba en una tienda muy mal ventilada de la recova de la estación Tagarró.
Todo rancio, desolador: ropa de muerto, ropa que ni un muerto se animaría a usar.
Salvo una o dos que me han dado algún resultado, no tengo supersticiones, pero me pareció de mal agüero meter esa sarta de despojos en mi casa y el colmo de la sordidez, además de la temeridad, convivir con ellas en un coche, incluso en uno ya bastante insalubre como el taxi que vino a buscarnos, manejado para colmo por uno de esos faunos extrovertidos que se deleitan haciendo muecas lúbricas por el espejo retrovisor.
Propuse una solución salomónica: quedarnos con la bolsa sana (sin indagar qué había adentro) y deshacernos del resto, y para apuntalar la propuesta señalé el container que rebosaba escombros al pie del edificio de nuestra amiga.
Lo vi aguantar la respiración, dilatar las fosas nasales y alzar los ojos hacia la panza gris del cielo mientras cruzaba las manos a la espalda, todas señales de una erupción inminente.
Cuando las reconocí ya era tarde. Se echó sobre un hombro un echarpe o una capa invisibles, supongo que para manifestar escándalo, o amor propio agraviado, o alguna forma aristocrática de indiferencia, tiró dentro del taxi las dos bolsas, la sana y las vísceras de la otra, y se zambulló tras ellas cerrando la puerta, todo —cosa asombrosa— en un mismo movimiento.
El taxi arrancó, expectoró un humo pardo, frenó, las tres cosas sin mí.
Sólo por hacer algo, para entretenerme (un largo minuto le llevó al taxista encontrar la marcha atrás, otro minuto y medio retroceder hasta donde me habían dejado), levanté la vista y busqué como quien no quiere la cosa el departamento de nuestra amiga, con la súbita sospecha de que había estado ahí todo el tiempo, quizás atrincherada en el cuartito que le había cedido a su asistente, retándola de paso por lo desordenado que lo tenía, y del que se habría animado por fin a salir para gozar de nuestra retirada desde el balcón, oculta entre los bambúes rojos que tanto le gustaban.
Más tarde, a la hora dulce de la reconciliación, Bernal, a quien la chaqueta austríaca, al menos desnudo, le quedaba pintada, me dijo que el departamento daba al contrafrente, y que lo de los bambúes era una patraña.