24
Días después del episodio Sovalbarro fuimos a llevarnos las últimas cosas de Bernal.
No sé de quién fue la iniciativa ni qué clase de negociaciones implicó.
Yo, en todo caso, no participé. Pero una tarde de viento entró Bernal y en un fragor de postigos desatados anunció que había arreglado para ir mañana.
Arreglado qué, ir adónde, ir quiénes, para qué.
.. El anuncio, voceado como una amenaza, incluía demasiadas incógnitas para aceptarlo tal cual, sin indagaciones complementarias, pero Bernal tenía el pelo todo volcado para atrás, tan chato que parecía pintado, y yo uno de esos dolores de cabeza salvajes que me hacían ver unos romboides brillantes, como aros de oro, que giraban colgados de unos hilitos invisibles muy cerca de los ojos, así que dije que sí, me di vuelta en la cama y seguí durmiendo, con la secreta ilusión de que ni la migraña ni el proyecto de rescate del patrimonio de Bernal sobrevivirían a unas buenas horas de sueño.
Me pregunto dónde tenía la cabeza. El mismo íncubo odioso que me había tumbado en la cama siguió martirizándome mientras dormí, ahora bajo la forma de una pesadilla horriblemente escrita donde un desconocido insistía en venderme algo sospechoso, una póliza de seguro, un viaje, una caja de seguridad, mientras yo trataba de curar con una especie de talco las ampollas que me habían sacado unas medias nuevas, demasiado grandes para mis pies.
Quizá por eso elegí con cuidado las que me puse para ir a lo de nuestra amiga.
Bernal tenía uno de sus ataques de alergia; sus estornudos retumbaban como truenos.
No quiso mi pañuelo, y eso que estaba limpio.
Se sonaba la nariz con unas servilletitas de confitería que iba sacando del bolsillo, en una de las cuales alcancé a leer, escrito en una cursiva cursi, un nombre rancio, algo como Savoy, Godoy, Moloy, que me pareció haber escuchado antes en algún lado, en una canción, quizás en uno de los partes de mi fiel sabueso periforme sobre las correrías de Bernal a mis espaldas.
La pérdida de altura —lágrimas de amor por mocos— me gustó, lo tomé como un buen augurio y supongo que me encomendé a él y me distraje, y mi cabeza se abocó a inquietudes más perentorias como no dudar, no ceder si nos tocaba encontrarnos con nuestra amiga, no sufrir si veía resucitar entre Bernal y ella la llama de un fervor pasado, cualquiera fuera, incluso el regocijo modesto de reconocer que el otro, que ya es de otro, sigue usando la prenda fea que le vimos ponerse una mañana cuando todavía era nuestro.
Nada de eso pasó. El ascensor era estrecho; la puerta, la última al final de un pasillo largo, oscuro, revestido de una madera falsa que tendía a hincharse como un vientre enfermo.
La cara que nos abrió la puerta no me dijo nada, pero la vi bajar los ojos cuando reconoció a Bernal y apartarse para dejarlo pasar, cosa que él hizo con una lentitud de oruga, sin sacarle los ojos de encima.
Era una mujer menuda, fibrosa, que medio se perdía en uno de esos cárdigans estirados por el uso que terminan colgando a la altura de las rodillas.
Una de las tres o cuatro asistentes rotativas de nuestra amiga, según me cuchicheó Bernal después.
Había en el aire olor a comida reciente y música, un barullo metálico, con clavecines y címbalos, que no reconocí.
Sonaba demasiado alto incluso para la mujer, que tuvo que levantar la voz para anunciar compungida lo que yo había temido y deseado, que nuestra amiga no llegaría.
Un contratiempo de último momento la había retenido en algún sótano municipal, donde seguía la pista de no sé qué testamento, carta o catastro capitales para el libro que tenía entre manos.
El suspiro que soltó después fue tan largo que tuve miedo de que se vaciara por completo; pero se repuso y, recogiendo el ruedo del cárdigan como si fuera un vestido, para no pisárselo, nos guio hasta un exbalcón en falsa escuadra que habían vidriado a las apuradas y, por alguna razón, decidido no limpiar, porque daba a la calle y eran las tres de la tarde y las luces —la bombita pelada que colgaba mustia de la pared— estaban prendidas.
En ese depósito de trastos estaban las cosas de Bernal, en un baúl de piratas que flotaba con la tapa abierta entre cajas de cartón, libros húmedos, pilas de revistas viejas, canastos llenos de ropa, zapatos, un par de jaulitas diminutas, como de pájaros, el cuadro oxidado y sin ruedas de una bicicleta.
Las reconocí enseguida, aunque nunca antes las hubiera visto: tenían ese aire ansioso que tienen los objetos cuando terminan siendo rehenes de alguna controversia sentimental.
La mujer dio media vuelta y desapareció en silencio, con su andar de geisha y sus pantuflas.
Bernal, arrodillándose junto al baúl, sacó dos bolsas de basura de sus bolsillos y las abrió sacudiéndolas en el aire, como un profesional.
Algo de todo eso —el chasquido que emitieron las bolsas, o la determinación con que Bernal llevó a cabo una acción que nunca antes le había visto hacer, tan limpia y competente que parecía abrir en su vida una dimensión nueva— me encendió en el acto, de manera inapelable, como si el deseo no naciera de mí, como si me lo inyectaran —o quizá fuera el aire viciado de aquel trastero donde fermentaban las ruinas de una vida desairada.
De pie junto a Bernal, que ya había abierto las fauces de las bolsas y hundía las manos en el baúl, le sujeté la cabeza —qué sucio tenía el pelo, dios mío— y me froté contra su nariz, su boca, su hermoso mentón prominente, arriba y abajo, muchas veces, rabiosa y frenéticamente.
Con eso bastó; a mí, por lo menos. Teníamos ese pacto inusual: nos atraíamos, pero a la hora de gozar no nos debíamos nada, nunca.
Me lo saqué de encima y lo dejé a solas con sus cosas: no quería que me pidiera consejos que no podía darle.
Me vino de pronto una sed tremenda y busqué un baño, la cocina, a la mujer que nos había abierto la puerta.
Se había hecho humo, junto con la música y las fragancias del almuerzo.
Me la imaginé refugiada en la habitación que su patrona le habría cedido para casos como ese, en que el sueldo de hambre que cobraba la obligaba a dar la cara por ella en bretes que no le daba el cuero para enfrentar, un cuarto pequeño, probablemente el de servicio, con una ventana ciega y un televisor blanco y negro eternamente prendido, desde donde estaría vigilando ahora que no nos lleváramos alguna joya vecina, las perchas, por ejemplo, o una melódica verde agua, seguramente rota, que vi que Bernal había mirado con codicia.
Pensé en buscarla. Me hicieron desistir la imagen del cárdigan y la sensación, más bien la seguridad absoluta, de que si la encontraba la vería llevarse una mano a uno de los puños para sacar el pañuelo con el que se secaría las lágrimas que por nada del mundo quería mostrar en público, y menos ante mí, rival de su jefa.
Así, a la deriva en el departamento —era más grande, mucho más deprimente de lo que parecía—, me salió al cruce una hilacha de luz que rayaba el pasillo y empujé la puerta y me encontré en lo que debía ser el estudio de nuestra amiga, su cuartel general, como la escuché llamarlo en alguna entrevista.
Había libros por todas partes; crecían de abajo para arriba como troncos y no se caían de milagro.
Y en medio del bosque de libros, como en un altar, iluminada por una Baruzzi antigua, no tan linda y menos cara que la que Bernal me regalaría a mí, la famosa Daggert a margarita con la que decía haber escrito el Baldó, que estaba prendida, me pareció, y tenía una página a medio escribir en el rodillo, la más joven, fresca y desvalida de la pila de páginas que montaban guardia bien formadas a un costado.
Creo que dejé de respirar. No había más de media docena de pasos hasta aquel aparato que zumbaba.
Pasos comunes, terrenales, que cualquier par de pies, aun los míos, habría dado en ¿cuánto? ¿Tres segundos? ¿Cinco?