Malas lenguas 23
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Increíble cómo con tan poco puede alguien irse tan lejos, perder de vista lo esencial.

¿Estaba ese Labrot en la muestra esa tarde en el Sovalbarro?

Yo no recuerdo haberlo visto. Pero no vi ese ni ningún otro, salvo la marina de la polémica y hasta ahí, porque estaba en eso cuando me emboscó nuestra amiga y después de nuestro clinch en el cuartucho de la limpieza me fui, me fui en efecto por mi lado, rumbo a la esquina de Sazón con Tilve, mientras ella se iba por el suyo, Sazón con Martinola.

Antes no tuve tiempo; después no quise ver nada; no tenía lugar.

Quién sabe ella. Quién sabe la acuarela estaba y ella, que escribía por entonces el capítulo cuatro, había ido al Sovalbarro para verlo, quién sabe era esa torre o faro lo que buscaba, con su marco de oro, eso y no a mí, como se me ocurrió pensar mientras salía y me iba, y las piernas me temblaban todavía, y los árboles afuera inclinaban sus copas a mi paso, altas, tupidas, como en una reverencia de melenas serviles.

Ahora bien: si ella lo vio no la habrá impresionado mucho, porque el único rastro que dejó fue ese entretelón luctuoso de catástrofe aérea.

Es raro, porque escrupulosidad no le faltaba.

Creo haberlo apuntado ya, pero una vez que tenía enfrente lo que quería, su misión, que aceptaba siempre, era agotarlo.

Lo digo por experiencia propia. Aun en situaciones delicadas, con el peligro de que uno de esos mozos malhumorados, en busca de un escobillón, una pala o una ración de lavandina, nos sorprendiera —lo que sin duda habría sucedido si nuestra refriega hubiera tenido lugar diez minutos más tarde, cuando Zaldívar, fuera de control, quiso rematar su alegato antiviuda con uno de esos giros principescos que le gustaban tanto, quiso girar y giró, y quedó de frente, a medio metro de la viuda, que tenía entre los labios uno de esos cigarrillitos turcos que fumaba con boquilla, y giró con tan mala fortuna que cacheteó con el dorso fofo de la mano el batallón entero de copas vacías que un mozo procuraba llevarse para rellenar sin lavarlas, como era costumbre en el pabellón, en la cocina—, aun en esas condiciones, digo, no había punto, área, resorte o tecla que no estuviera dispuesta a tocar.

Y no por hedonismo. He conocido hedonistas: se distraen fácil.

Malcriados por el placer, no es el éxtasis, que igual persiguen, lo que los arruina, sino su posteridad, esa distensión, esa cosa reblandecida del después.

Ella era concienzuda; hacendosa, como se decía antaño con un desdén que nunca compartí: quería agotar su objeto con la misma saña con que el pianista mediocre quiere tocar todas las notas, con que el mozo malhumorado —o la moza enviada por el mozo malhumorado, más malhumorada todavía— barre todas y cada una y hasta la última esquirla de cristal desparramada en la sala por la torpeza de Zaldívar.

(Tiempo después, yo, que no soy de tocar todas las notas, hice los deberes por ella, sin proponérmelo.

Nos aburríamos con Bernal en una playa pobre, bastante al sur, adonde se ve que lo arrastraba su pasado naval.

Podía quedarse horas parado como una estaca en el viento, haciendo no sé qué, aguantando, supongo, mientras la cara se le cubría de escamas de sal que yo le lamía después en la cama.

Una vez tuvo un pájaro enorme posado en un hombro como diez minutos y ni se dio cuenta.

También recitaba —Bergo, Ciseaux: tenía un repertorio ad hoc para agasajar a esa clase de páramos—; al divino botón, porque el viento se llevaba todos sus versos.

Creo que le gustaba eso del sur: que nada dejara huellas.

Agotados el chiringuito de pescado —que sólo ofrecía buñuelos de algas y una tortilla de papas incomible, porque con ese viento los pescadores no se animaban a salir—, el bar, con sus ventanales sucios de sal, y el kiosco de la parada de ómnibus, donde nos vendieron unos gajos de droga y un mazo de cartas expurgado, sin las obscenas sotas, empezamos a impacientarnos.

La droga estaba vieja pero cumplió. Lo de las cartas nos pareció demasiado.

Cuando fuimos a devolverlas había atendiendo una chica, una belleza dura y huraña como ese arbusto local, puro pinche, que no consigo recordar cómo se llama, que dijo que nunca habían vendido naipes en ese kiosco y nos preguntó, a tal punto tendríamos el tedio pintado en la cara, si ya habíamos ido al cabo Cotugno.

Y completó la oferta con unas instrucciones.

Quisimos resistir pero terminamos yendo.

Después de caminar dos horas, completamente empapados, no sé si porque lloviznaba o porque el viento, que había vuelto a cambiar, traía el agua del mar y la volcaba toda sobre nosotros, vimos a lo lejos una mancha oscura, más bien vertical, que temblaba un poco en la bruma.

Bernal dijo que era un cartel, o una carpa.

Yo no tenía fuerzas para abrir la boca. A medida que seguimos caminando, la mancha fue un mirador de bañero, un edificio de departamentos, un tacho de basura.

Era un faro: el faro Cotugno. El faro del Labrot.

No pudimos subir; nos interceptaron abajo, apenas entramos, y nos dijeron que estaba prohibido subir y sacar fotos, aunque bajaba ruido por la escalera de caracol, voces y risotadas como de juerga, que el tipo que nos detuvo justificó diciendo que eran la familia y unos amigos que estaban de visita.

Vestía un uniforme que hasta a mí me resultó sospechoso.

Bernal, como para ablandarlo, tiró un par de joyas del glosario naval, que el tipo no devolvió pero dieron lugar a una especie de conversación.

Di unas vueltas por la zona, menos por curiosidad —aunque la escalera de caracol tenía lo suyo— que para entrar un poco en calor, y lo vi, vi el Labrot pegado en una pared con un pedazo de cinta adhesiva.

Lo habían arrancado de una revista de viajes, donde ilustraba un artículo sobre arte y turismo).