22 #2
(Me tocó conocer a un solo ejemplar de esa fauna, no muy memorable, difícil de encajar, en todo caso, en el perfil maléfico evocado por las heridas que se traía Bernal de sus reuniones de egresados.
—Ah, la imaginación: qué juego de niños sería todo este circo penoso si pudiésemos apagarla en la vida con sólo parpadear, como hacemos cuando escribimos hechos, cualquier hecho, siempre que sea real o venga de la vida de otros—.
Salíamos de algún consultorio odontológico, el cuarto o el quinto, ya no me acuerdo, porque Bernal, a medida que se le iban deteriorando los dientes, descartaba mis propuestas de dentistas en masa y por los motivos más extravagantes, en un caso por la música, porque podía soportar cualquier tipo de dolor, y me consta que así era —más de una vez lo hice sangrar, nunca lo oí gritar—, pero no al trío Belnome haciendo “ A far l’amore comincia tu ” por el sistema de megafonía, en otro por las uñas de la asistente del endodoncista, roídas hasta la carne y aun así sucias, en otro porque el friso de las molduras del techo, espectáculo obligado cuando rebatían el sillón hasta la posición cama, lo hundía en trances de trepidante lisergia.
No recuerdo de qué bobada se trató esa vez: un resto de barro en la moquette del consultorio, un vocablo extranjero mal pronunciado, el vaho del coliflor hervido metiéndose por una ventana.
.. Lo cierto es que estábamos en la calle y discutíamos —él desechaba dentistas, yo los tachaba de mi agenda— y Bernal, con la boca medio dormida por la anestesia, luchaba por articular la exuberante llamarada de insultos que solían ser sus alegatos.
Cometí el error de ofrecerle la botellita de agua que había estado tomando en la sala de espera, mientras hacían lo posible por atenderlo.
Quiso hablar, agradecerme quizás el gesto, y unos ríos de agua le chorrearon de los labios.
En ese paso de comedia estábamos, yo tratando de disculparme, él incontinente, cuando se interpuso entre nosotros algo que primero tomé por un niño corpulento, un enano, un pordiosero con joroba, que alzaba a lo alto, en nuestra dirección, su mano de pedir, y un segundo después, apenas reconocido por Bernal, que gritó su nombre —rociándolo de agua— y lo obligó a incorporarse, por lo que era en realidad, un pordiosero alto, altísimo, casi tanto como Bernal —la estatura álamo parecía ser el denominador común de la camada—, que con el propósito de mendigar, a sabiendas de que con mirar desde abajo, en modo perro, ya se aseguraba media limosna, vagaba por las calles plegado sobre sí mismo, como la preciosa lámpara Baruzzi que me regaló Bernal con el primer y creo que único sueldo que le pagaría la viuda de Chauliac.
El mismo gabán militar, los mismos modales, la misma inocencia en los ojos, la misma delicadeza incongruente, sólo que recrudecidos por meses de vida mala, intemperie, eczemas.
No retuve su nombre. Me dio la impresión, al tenerlos un instante en la mano, cuando Bernal nos presentó, y sentir el temor súbito de rompérselos, de que hasta sus dedos eran como los de Bernal, igual de irresistibles.
Entonces se largó a llover y se pusieron a recitar a dúo, Plotkin, Esborni, uno de la escuela molecular, turnándose con las estrofas.
Parecían más borrachos sobrios, escandiendo dísticos bajo la lluvia, de lo que habrían estado en el barracón con seis botellas de esa caña inmunda que tomaban, souvenir de sus farras en el sur, único alcohol autorizado por el reglamento grupal.
No volví a saber del cadete. Hasta que un día, filtrando la pulpa de un jugo de pomelo rosado, un gusto matutino que nunca compartí, y que él aprovechaba que yo no estaba mirando para cargar con unos chorritos de caña, Bernal me contó que lo habían encontrado en Capitán Frosio, en la terminal de ómnibus, medio escondido tras una expendedora de bebidas descompuesta.
Más muerto, dijo, que la pija de Tutankamón).
No le pregunté, no la acusé, no le reproché nada.
Me dejé hacer mientras unos palos de madera caían sobre mí, escobas, probablemente, y mis codos aguantaban el peso de mi cuerpo hundiéndose en una superficie blanda, acolchada, donde persistían los restos amables del calor de una plancha.
En un momento, idea loca, de adolescente, quise averiguar en términos directos, quiero decir carnales, si las visitas últimas de Bernal habían dejado algo en ella, algo que no se hubiera mezclado todavía con ella y que yo pudiera reconocer como de él, sólo de él, y quizá llevarme como un tesoro secreto.
Me dio pereza. ¡Las maniobras que hubiéramos tenido que hacer!
Quién sabe si ella, además, no habría sentido conmigo un impulso similar sólo que invertido, y el propósito de nuestra escaramuza en aquel cubículo gélido fuera enviarle un mensaje a Bernal a través de mí, sembrar en mí el tesoro secreto que sólo Bernal estaría en condiciones de reconocer.
Todo llevó dos minutos, a lo sumo tres, incluido el epílogo higiénico, que a oscuras no me produjo la tristeza de otras veces.
Limpiarse, acomodarse la ropa, toda esa cosa cabizbaja, ensimismada.
.. Desandamos el camino casi sin hablar, hasta que el rumor de la velada nos alcanzó con su nube y por unos segundos nos abrimos paso arrogantes, con esa sensación de íntima superioridad que da el haberse desahogado a escondidas en una situación pública, hasta que nos envolvieron las copas, la charla y las risas, y por encima de toda esa espuma, como una cresta flúo, sonó el vozarrón de Zaldívar, que volvía a la carga contra la viuda de Labrot.
¿Eso era todo, entonces? ¿Yo iría para un lado, ella para el otro y nos perderíamos en la pequeña multitud ebria, entre escotes fragantes, canapés, intrigas de museos enemigos?
La vi de pronto interceptar una bandeja, quedarse con dos copas.
No lo pensé, me salió interpretarlo como un gesto lindo, de hidalguía.
Pero eran las dos para ella y se las tomó al hilo, sin respirar, y sacudida por un ataque de hipo, entre dos espasmos, lamentó —fue el verbo que usó— la canallada que me habían hecho Boffi y su mafia en el diario con la reseña.