Malas lenguas 22
27%

22

Sabía que entre los efectos personales de Bernal que quedaban en lo de nuestra amiga podía haber piezas insólitas, pero me costaba creer que el gabán, la gomina y ese aire general de enterrador lascivo vinieran de allí, y sobre todo que vinieran de allí el sueño y el hambre con los que volvía, y esa especie de emoción incontinente, llena de temblores y de hipos, que parecía poseerlo por completo, una novedad algo agobiante pero que estaba en las antípodas del malhumor que era su costumbre.

De pronto era una criatura sin piel, pura neuralgia.

Cualquier cosa lo ponía al borde del llanto.

Descubría el tajito de nada que me había hecho picando puerros y soltaba un gemido de dolor.

Mis libretas de notas lo hacían sonreír, sonreír y temblar, temblar de embeleso, y cualquier basura con una vaga forma musical —la canción que se colaba por la radio de la cocina mientras yo redactaba cartas de recomendación, por ejemplo— le inspiraba ensoñaciones extrañas y persistentes.

Más tarde, después de bañarse —otro efecto secundario inaudito de esta nueva racha de ausencias—, cuando me pedía que lo secara y me tocaba verlo desnudo, de cuerpo entero, venoso y pálido como los toxicómanos vieneses que veneraba, se me revelaba por fin el lado be de toda esa apoteosis hipersensible: estaba lastimado, lleno de hematomas, la piel cruzada por arañazos y raspones.

¿De qué bosque arisco venía? Me lo pregunto todavía ahora, que conozco la respuesta.

Por entonces no me lo preguntaba. Quizá temiera que sabiéndolo perdería todo eso tan insólito, tan dulce, que encontraba en él cuando volvía a mí.

Así que lo secaba y curaba con bálsamos y savias, pero nunca me atreví a preguntárselo.

Y probablemente nunca habría sabido la respuesta si unas semanas después, aprovechando que había salido, según él a cumplir con una serie de entrevistas de trabajo que, por lo que me tocó ver, no dieron mayores resultados, salvo el aliento bactericida con el que volvía, no se me hubiera ocurrido salir también a mí, recoger antes una invitación de las muchas que acopiaba el revistero del bayut de la entrada, una al azar, una a ciegas, y aceptarla.

Terminé en el Pabellón Sobalvarro viendo Puerto estupor , la marina sensación de la subasta de Mille ojalá hubiera tenido tiempo: trabajaba en tres proyectos simultáneos y no daba abasto; sólo se hacía eco de algo, ni siquiera de alguien, oído al pasar cuando entraba al Pabellón.

Y así, sin solución de continuidad, mientras fingía ponderar el Labrot: “¿Qué tal Bernal? ¿Otra vez de gira por las barracas?”.

No había cambiado; le gustaba ir al grano, sin preámbulos ni adornos.

Me pidió que la acompañara al guardarropas, pero apenas acepté se me colgó de un brazo y me arrastró en el sentido contrario, hacia una zona en penumbras donde el vernissage se extinguía, el pabellón volvía a oler a humedad y unos mozos y mucamas con aire disconforme fumaban en voz alta, caminando de un lado al otro como sonámbulos.

Sorteamos puertas batientes, pilas de alfombras enrolladas, un cerco hecho de sillas idénticas, todas defectuosas.

Así como se ve, con ese rococó santurrón, como de torta de cumpleaños de quince, tenía sus secretos el Sobalvarro, y ella parecía conocerlos bien, de primera mano en todo caso.

No podría decir dónde terminamos porque no lo sé, porque había caído la noche y estaba oscuro, oscuro como la tumba donde yace mi amigo, según tuvo el tino algo achispado de citarme al oído, y no quiso prender la luz ni que la prendiera yo, y encima cerró la puerta, que usó después para apoyar las plantas de los pies y tomar impulso.

Era menos que un cuarto y más que un armario, eso seguro; hacía un frío polar y olía a desinfectante, a pis de gato, a frambuesas, a una especie de amoníaco dulzón que medio me narcotizó.

Por lo que entendí de lo que me contó, un poco exigida por las medidas del espacio pero con ese talento para cuchichear que tenía en las situaciones íntimas, no había bosque en el paraje adonde le gustaba fugarse a Bernal.

Lo más parecido a un bosque eran unos leños de fresno que alimentaban los fuegos, proporcionados a bajo precio por un sereno que además se encargaba de otros suministros, otras dádivas cálidas, y había bosque también en el cuadrito de Miroir, el Acteón devorado por sus propios sabuesos que un ex camarada de armas de Bernal, veterinario en la vida civil, había pegado con cinta adhesiva en una pared de la barraca.

Tengo muy presente la descripción del cuadro que me proporcionó, aprovechando que se le había atorado el cierre de la pollera.

El banquete empezó hace rato y queda poco ya del cazador: media mano acá, un poco de torso allá, dedos sueltos, una oreja entera, limpia.

Lo que llama la atención, además del orillado carmesí de los despojos, tan naïf , típico de Miroir, es la arboleda, tan frondosa y sombría que parece dar un paso adelante y ocupar el primer plano, tapiarlo casi, como un telón de teatro un escenario, de manera que los jirones del pobre Acteón parpadean contra la espesura negra como estrellitas contra un terciopelo de cartón pintado.

Todo muy mágico, pero el lugar, al menos cuando le había tocado verlo a ella (no le pedí detalles: también a mí se me resistía el cierre), era la acampada de una banda de mendigos: un oasis trash de chapas acanaladas, tirantes de hierro, bloques de hormigón, catres en ruinas, vidrios hechos pedazos, basura, escombros de algo que alguna vez había sido un barracón militar y ahora era un salón (la palabra es de Bernal), escenario de unas tertulias (habla ahora nuestra amiga) que Bernal celebraba de tanto en tanto con los promedios más altos de su camada del Liceo Naval, casi todos desertores.