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Bernal, en todo caso, no tardó en resucitar.
El Bernal de carne y hueso, quiero decir, en cuyo rostro nuestra pobre amiga habría leído en esos días, los últimos que lo disfrutó, la cuenta regresiva de su desgracia.
Yo tenía al autor, tenía sus encabritadas primeras prosas toscamente encuadernadas en mi mesa de luz: ¿cuánto podía afligirme que mi pasión por ellas, por compleja y matizada que fuera, hubiera sido proscripta de un suplemento que leían cuatro gatos?
Era tarde; una pena que esa clase de cosas nunca sucedan a la luz del día.
Yo estaba en ropa interior, redactando en la cocina un par de informes académicos envenenados, cuando me alertó un ruido raro, como de insecto que escarba, que venía de la puerta.
El pobre, esperado pero todavía no bendecido por la posesión de una llave, trataba de abrirla con lo que tenía a mano, llaves de otra casa, una birome con el cabo roído, una traba de corbata, un escarbadientes.
Lo sé porque cuando abrí y lo vi, Bernal se enderezó de un salto, con esa atlética vivacidad que su cuerpo atesoraba en alguna parte y sólo exhibía en ese tipo de situaciones, donde adquiría un brillo particular, como de slapstick , y entró sin decir una palabra, y yo me encontré con ese arsenal de ganzúas improvisadas a mis pies, repartidas en semicírculo, como piezas de algún ritual de magia negra.
En un ratito le haría entrega de una llave (me pareció que era hora y que sería benéfico), pero antes vi qué clase de Bernal era el que me devolvían.
Engominado, perdido en el interior de un gabán verde oliva que le llegaba hasta los tobillos, parecía un vampiro indigente.
Volví a la cocina, a inyectarle una dosis extra de maldad a mi segundo informe —cuyo destinatario, que la tenía bien merecida, nunca me la perdonaría—, y de pronto lo sentí junto a mí, muy cerca, irradiando esa fuerza de palpitante urgencia que producía de la cintura para abajo, sobre todo cuando estaba sobreabrigado.
Olía a ajo, a alguna de esas especias coloniales que adoraba, a manta húmeda.
El gabán era la manta húmeda. Cuando se lo abrió, con los fines inconfesables de siempre y la pompa exagerada de los exhibicionistas de los chistes, sus bordes raídos se apartaron con un susurro solemne, de capa o de telón de teatro lírico.
Me crucificó boca abajo sobre la mesa, sin tomarse el trabajo de apartar los papeles.
Yo no estaba muy de acuerdo —una mezcla de desgano, pereza y la pretensión de que escarmentara un poco, después de todo—, pero me dejé hacer.
Fue rápido, quizá demasiado, pero inspirador: mientras me trabajaba, escarbándome con una mano y aplastándome con la otra la cara contra la mesa, un ojo mío, el ojo que nunca puede estar sin hacer nada, releyó las loas equívocas que acababa de escribir y el toque de toxicidad que le faltaba me vino a la mente sin esfuerzo, como una gota de lluvia que se cae de madura de una rama.