20
Esa fue la tónica durante un tiempo, unas semanas, ya no me acuerdo cuántas.
Bernal iba y venía. Iba contrariado, bufando por pavadas, con el entrecejo superpoblado de arrugas; venía arisco, taciturno, siempre con un bolsito, una valija de mano, una bolsa de supermercado con, adentro, uno o dos trastos inexplicables, generalmente sucios o rotos, que con el tiempo aprendí a tolerar y acepté que quedaran en mi casa siempre y cuando no salieran del viejo cesto para la ropa sucia que les destiné, y finalmente, un poco a mi pesar, llegaría a querer.
Una balancita, un mazo de cartas españolas, un microscopio, una abrochadora, una calculadora digital.
Eran “sus cosas”. Bernal se las traía de su antiguo paradero, la casa de nuestra amiga, siempre en raciones mínimas, como si así burlara algún tipo de vigilancia o cumpliera con algún requisito indispensable para poder llevárselas.
No sé cómo las elegía; sin duda no por necesidad, porque lo primero que hacía cuando llegaba, antes incluso de saludarme o abalanzarse sobre la heladera, después de una semana sin dar señales de vida, era dejarlas caer en el cesto de mimbre, donde languidecían sin sobresaltos hasta el día en que, en un arrebato de conciencia higiénica, las sometía a una rápida revisión, elegía tres o cuatro víctimas sacrificiales que embutía en la basura orgánica con unos desagradables movimientos de tirabuzón y dejaba el resto en el fondo del cesto, a la espera de la próxima requisa.
Nunca me pregunté tampoco con qué intención, además de repatriar en cuentagotas su patrimonio personal, se veía con nuestra amiga.
Dudo que nada demasiado lúbrico, a la luz del modo famélico en que se me tiraba encima apenas se deshacía de sus baratijas.
Tal vez la calmaba, o se calmaban uno al otro, o ella se vengaba de su traición haciéndolo llorar durante horas (¡si habré encremado esos párpados enrojecidos!) o lastimándolo (raspones, rasguños, uno que otro moretón mal disimulado con maquillaje barato en una mejilla).
Tal vez se despedían, simplemente, entregándose a uno de esos rituales estériles, exasperantemente lentos, con que la humanidad civilizada se vanagloria de haber sustituido al emparedamiento, la lapidación o cualquier otra forma drástica de decirle adiós a algo valioso y único que gente más impaciente que nosotros haya adoptado en otros tiempos.
No los juzgué. Pasarse horas contemplando fotos en cuclillas, hasta acalambrarse; releer cartas en voz alta, entre lágrimas, y de golpe reírse al descubrir el nombre propio que alguna vez nos enterneció, la errata cómica que dejamos pasar, la gota de café que manchó la frase desafiante; reunir los despojos del amor, las pocas reliquias invalorables, para repartírselas, y enseguida arrepentirse, y apretarlas contra el pecho y volver a llorar, ya sin pañuelos secos a mano, y volver a llenar de inmundo licor el dúo de copitas compradas por monedas en aquel mercado de pulgas que ya no existe.
.. Me ha tocado probar esa clase de deleites.
Como los probé, sé lo poco que duran, lo lejos que queremos estar de ellos cuando se acaban.
Yo aproveché para dormir. Dormí mucho, a cualquier hora, hasta cualquier hora, sin añorar el alcohol ni el regusto amargo de las pastillas, oyendo desde la cama cómo sonaban el timbre y el teléfono sin que se me moviera un pelo.
Puse al día cosas, desidias, trabajo atrasado.
Qué agradable resultaba de pronto pagar deudas, sabiendo que la cuenta regresiva había comenzado y que Bernal, dondequiera que lo tuviera cautivo nuestra amiga, estaba cada vez menos lejos de mí.
Con ese pálpito me bastaba. Obligaciones que normalmente me irritaban tenían ahora la gracia de una travesura clandestina.
Redactar informes y recomendaciones, actualizar currículums, bibliografías, todas esas mierdas secas, áridas, ariscas, me despertaban una excitación escabrosa.
Vivía en cueros mordisqueando frutas, limpiándome los dedos pegoteados en las nalgas, mientras llenaba papeles, cambiaba fechas, agregaba títulos de artículos que jamás escribiría.
Cada tanto el pálpito me volvía, Bernal se me aparecía, inoportuno, molesto como una pestaña suelta, y tenía que parar, y en menos de un minuto, con las piernas bien abiertas y las plantas de los pies contra el canto del escritorio, me desahogaba con un largo, estrepitoso aullido de bestia lastimada.
En ese estado de borrasca salvaje me descubrí releyendo sus primeros libritos.
Entre los tres sumaban ciento veintidós páginas, contando las veinte con las acuarelas de Carnicé, agregadas con afán evidente de engordar el volumen.
Creo que eso, mucho más que el despecho, justificó una segunda lectura cuando la primera seguía tan fresca.
Sin el encandilamiento de aquella vez, me pareció pescar ahora referencias, insinuaciones, perfidias que no había visto o cuyos destinatarios se me habían escapado.
Vi pasar en segundo plano, con disfraces de cotillón, a varios de sus viejos camaradas de Karma , pasar, hacer unas monerías y esfumarse.
Ya en plan policial, una debilidad a la que sólo cedo en circunstancias muy especiales, detecté huellas de Boboc, un par de chistes robados a Finardi, retruécanos que si no eran de Lepore pegaban en el palo, y en el terceto rarísimo que cierra Ocaso y cóxis: una alucinación , que se corta justo cuando debería pasar al cuarteto, la alusión obvia a Labrot me llamó menos la atención que el uso de las mayúsculas, una estridencia muy de Cuzzoni, a quien dudo que hubiera leído, o del D’Alloca del desahucio, el de las Quejas de provincia .
En fin, cosas por el estilo, que agregaban poco a la obra pero completaban de un modo extraño, un poco caricaturesco, como esos rasgos separables —narices prominentes, bigotes antiguos, cejas tupidas— que van poblando el rostro en blanco al que se adhieren con una base imantada, el retrato que yo necesitaba hacerme de su autor.
Me di cuenta de que lo releía con el afán de destronarlo, como si bajándolo del pedestal donde lo había puesto pudiera probarme que lo que estaba en juego no era un simple hechizo, ni yo una simple víctima.
Si, una vez destronado, quedaba algo en pie, ese resto, por insignificante que fuera, sería lo suficientemente cierto y poderoso para mantener el hechizo con vida.
Derrocado y todo, seguía siendo bueno, aun con toda su pereza, aun con esos raptos pirotécnicos a los que cedía con facilidad, como el poeta que se mira desnudo, cada vez que puede, en el espejo de sus versos.
Yo no leo en voz alta. No me leen en voz alta.
Una vez, cierta amiguita insistente que todavía tiene el tupé de reclamarme cosas pretendió imponer la costumbre al despertar, antes del cepillo de dientes, del café, incluso del primer cigarrillo del día, y aunque no me resultó fácil —tenía una oscuridad y un par de cicatrices que me caían simpáticas— tuve que darle salida.
Con el jovencísimo Bernal no sé qué me pasó.
Fue más fuerte que yo. Canté líneas enteras, no siempre las mejores.
Supuran las supérstites, las salvajes, las salaces.
.. Quién sabe qué o quién estaría detrás de esa mecánica sibilante. ¡Y eso que era prosa!
Bernal no volvía y yo me quedaba sin recursos.
Ante la capitulación, ¿qué podía hacer sino escribir sobre él?
Dio la casualidad de que alguien por esos días me llamara para proponérmelo.
Se oía mal. El nombre no me dijo nada y tampoco me sonó la voz, pero acepté de todos modos.
Ni siquiera pregunté cuánto pagaban (si es que pagaban).
¿Qué podía importarme? Hubiera escrito de todos modos.
Tenía la impresión, que tantas veces lleva por mal camino, de que sólo escribiendo sobre esos escuálidos pecados de juventud conseguiría ordenar, entender, domesticar un poco los efectos que provocaban, y con ellos el que ejercía sobre mí, ahora en ausencia, el adolescente iluminado que los había escrito.
Lo escribí en un cuarto de hora, en modo karaoke, o playback , o como se llamen hoy esos ejercicios de ventriloquia.
Aunque siempre desconfié de las cosas escritas sin esfuerzo, no creo haber desvariado esa vez, escribiendo en trance, más de lo que desvarié otras que me hicieron sudar.
Si las recuerdo bien, y aquí sólo pongo en el fuego la mano que usé para escribirlas, porque —otra sorpresa— las escribí a mano, violando uno de los pocos principios que me exaspera violar, algunas conclusiones a las que llegué entonces siguen hoy en pie, importa poco si son justas o no, si el joven Bernal las merecía y por qué, si por las virtudes de su prosa porosa (un hallazgo del que sigo enorgulleciéndome, tanto que lo usé después en un par de prosistas más) o por destrezas más táctiles, más confidenciales, algunas de las cuales empezaban a hacerme falta.
Unos años antes no me lo hubiera tomado con tanta sangre fría; hubiera salido a buscar esas satisfacciones con desesperación, sobre todo si sabía que las estaba aprovechando otro.
Pero el tiempo no pasa en vano, ni siquiera para mí.
Esta vez, si hice algo bien fue no apurarme, no acecharlas, esperar que llegaran cuando tuvieran que llegar.
Así que mordí el anzuelo, aproveché no sé qué coyuntura fortuita —alguna de las muchas semanas líricas en que se dividía el calendario por aquella época— y mandé mis ochenta atormentadas líneas un lunes, creo que para sacármelas de encima, porque ya no soportaba convivir con ellas.
Dos días después me enteré de que habían gustado, que encajarían muy bien en la tapa del suplemento, acompañadas por un retrato de Bernal a la manera de Vernengo, con ese estilo identikit judicial tan simpático y tan desatinado, y tuve también la sospecha de que no se publicarían, ni ese sábado ni nunca.
Me di cuenta por los términos con que me las ensalzaron por teléfono, tan vulgares que no los habrían usado para defenestrar el peor adefesio.
Vi la escena (ni siquiera tuve que imaginármela): el canallita —el mismo que me las encargó, probablemente— cuelga y lee mis páginas en voz alta, para el comité de lacayos que le festejan el escarnio.
Apenas termina, después de enterrarlas en el tercer cajón del escritorio, de donde no saldrán, llama a la eminencia gris de toda la operación y le confirma la noticia: la farsa se ha consumado.
Así vi la escena y así —salvo por el detalle del tercer cajón, que la expeditiva realidad había canjeado por un tacho de basura de plástico— me contó mi fiel sabueso periforme que sucedió, a juzgar por los testigos que aceptaron hablar con él.
No era la verdad, por supuesto, lo que me interesaba.
En el fondo yo ya la conocía. Sólo quería que su informe de los hechos (era notable lo rápido que hacía todo) me ayudara a ponerle un rostro y un nombre, que ya conocía también pero necesitaba ver, ver a la luz, a la luz blanca y mala de un tubo fluorescente, sólo para saber con qué clase de bueyes araba.
No bien me proporcionó lo que quería —incluida la risita de maquiavélica satisfacción que soltó la muy miserable apenas la pusieron al tanto de todo—, mi sabueso procedió a desvestirse, otra cosa que hacía como una luz, favorecido, creo, por todo ese velcro que usaba, que emitía esos chasquidos tan agradables cuando se arrancaba la ropa.
Lástima que sudara como una mampara de baño en plena ducha.
“Qué brillo peculiar, tornasolado, / le daba el sudor a su piel, / como de aceite soleado...”.
¿De dónde era eso? ¿De Cóxis ? ¿ Orilla en veremos ?
¿ Jueves o viernes ? No voy a decir que la confirmación no me afectó, sobre todo a la luz de la magnanimidad con que yo toleraba las correrías de Bernal por aquellos guindados de segunda.
Pero me afectó menos de lo que esperaba el crápula minúsculo que me humilló por teléfono, y cien veces menos de lo que hubiera querido que me afectara nuestra amiga, que tuvo la idea de encargarme la reseña y luego, una vez que mordí el anzuelo, la de cajonearla para siempre.
Al primero, nada, ni siquiera mi desdén.
Se llamaba Budi, Bufi, Blini; como a cualquiera, a mi sabueso no le era fácil hablar con la boca llena, y yo no pensaba interrumpir mi deleite por un apellido que olvidaría en el acto.
Era un advenedizo sin luces; había llegado a editor no por mérito propio sino por el pólipo que había postrado a su jefe en la clínica Pambianco, de donde saldría místico y con unos metros de víscera menos.
La segunda (con la que Blufi debía tener una deuda importante).
.. La segunda sí. No la culpo. No sé si yo en su lugar (¡yo en su lugar!) no hubiera hecho lo mismo.