Malas lenguas 19
23%

19

En esa colonia penitenciaria cumple condena (la figura es mía, no de nuestra amiga) cuando aparece un día una carreta, y la carreta cruza la tranquera y de la carreta bajan un chico y una chica y de las bocas del chico y la chica brotan unos nombres que Baldó nunca escuchó pero que le hacen gracia.

Son los sobrinos del capataz, o eso le cuentan.

El chico tiene su edad; es esquivo, malhablado, muy ducho en el uso del cortaplumas.

Un crápula en miniatura. La chica, algo más grande, tiene los incisivos diastémicos, labios muy finos sombreados por un bigotito y unas ojeras negras como hematomas que no se le van nunca, ni siquiera con el sol del verano, y endulzan todavía más el color miel café de sus ojos.

El coup de foudre es inevitable, tan primaveral (aunque estemos en verano) y tan cándido (aunque el sinvergüenza ya tiene su prontuario) que ni siquiera lo empañan los detalles con que pretende explicarlo nuestra amiga, todos fríos, como de autopsia, todos excavados de un pasado (o de dos, porque parece que la chica también carga con el suyo) que no le interesa a nadie, al pequeño y deslumbrado Baldó menos que a nadie.

Y sin embargo, así como pifia al atiborrar esa fulgurante primera vez de flashbacks , verdadero cáncer del género, cuando todo lo que queremos saber y sentir de la escena está a la vista, en el instante único en que esas tres vidas acaban de converger —el aire ardiente del mediodía, los álamos, el bufido del caballo que espera, las nubes de polvo que empiezan a disiparse, las moscas que volaron de las ancas del caballo para zumbar alrededor de los chicos—, sin embargo, qué bien, con qué perspicacia ve nuestra amiga el cónclave, primero de una serie, que los tres desconocidos celebran unos días después, cuando ya son inseparables, a la vera del arroyo, recostados en una vieja, urticante frazada de lana que Baldó encontró en el galpón, debajo de su sauce favorito, mirándose y ruborizándose uno al otro en cadena, mientras los víveres que atinaron a saquear de la cocina —huevos duros, duraznos, queso, pan viejo, leche— se recalientan olvidados al sol.

La languidez de las posturas, la torpeza precisa de los gestos, la conversación fantasiosa y pedante, como de eruditos mal dormidos, en la que el trío no tarda en embarcarse y desbarrancar, hasta que, mareados por ese dedo de ginebra que el crápula cachorro ha contrabandeado en los vasos de leche, la reemplazan por el juego de chicanas y pechazos al que no veían la hora de llegar.

Se miden, se desafían. Se abofetean con todo lo que tienen a mano y creen que los otros dos no saben, temen, no sabrían cómo nombrar, menos para humillarse recíprocamente que para hacer por turnos lo que juntos perdería su efecto: exagerar.

Todo en el idioma lírico y sobresaltado de la edad y la siesta.

Qué bien lee esos labios nuestra amiga. (Eso es en suma lo que le comentaba aquella vez a mi amigo iletrado, que lo ignoró, desde luego, porque junto con las ilusiones del pobre Pocaterra veía cómo se esfumaba también el dinero que había apostado por él, y no estaba de humor para escenas de campo).

Los lee tan bien que es casi como si los escuchara, como si estuviera ahí, otra niña más espiando detrás de un árbol, tomando notas, tan absorta en lo que ve que hasta nos tienen sin cuidado sus quid pro quos de bicho de ciudad, arado por cosechadora, azadón por alicate de castrar, vado por badén, esas pavadas, que más bien nos gustan porque nos hacen reír, y si no reír soñar, y qué más puede pedírsele a un libro.

Hasta que los tres se ponen de pie de un salto, llamados por la misma voz perentoria, los tres al mismo tiempo, soldaditos del deseo, y empiezan a desvestirse, decididos por fin a averiguar qué son y para qué sirven esas cosas que les entran, les cuelgan, se les pliegan y encogen y humectan por sí solas entre las piernas, y que en verano —estamos en el verano del capítulo dos— tienden siempre a cubrírseles de unos molestos sarpullidos color chicle.

Es fácil deducir qué clase de secuelas dejó en Baldó este seminario de desfloración a tres bandas, bucólico y precoz, cuyas sesiones tienen lugar a orillas del mismo arroyo, mientras el presunto tío de la pareja de chicos, razonablemente alarmado, los busca a los gritos y al galope por el galpón de las máquinas, los corrales, la huerta, el cañaveral, todos los lugares que Baldó aborrecía y donde sabía que serían buscados.

Es lo de menos, de todas formas, y la devoción que Baldó termina desarrollando por la copa de los sauces llorones —dos muy buenos ejemplares de los cuales mandó plantar cuarenta años después en la quinta de Hurlingham, donde los liquidó un parásito— es mucho más íntima que la que lo llevaría a rastrillar suburbios sórdidos en busca de las presas reclamadas por su deseo, y no sólo porque las presas, para merecer su ardor, tuvieran que tener el pelo lacio y largo de los sauces.

Esta es la clase de distinción fina que se le da mal a nuestra amiga, aun en el capítulo donde acaba de ofrecernos lo mejor de sí, la pizca de un oído perspicaz que de aquí en más sólo añoraremos.

Lo suyo son las minucias del novelón realista: las rachas de tos de perro que sacuden a la madre de Baldó, que pronto quedará inválida; el episodio confuso —animales sacrificados, envenenamientos, incendio— que pone fin a los veranos de campo; el putsch agrario con que Rabetta, chacarero ambicioso y desleal, destrona al ingenuo de Balistreri y se queda con la intendencia de Villa Lluch, un episodio tan payasesco que ni los anales de esa aldea deben registrarlo.

Disipada su voz adorable, cuya ronquera hace juego con sus bigotes, la niña gaucha forastera desaparece rápido, sin dejar rastros, como una chaperona convertida en lastre por el rumbo feliz que ha tomado el baile.

En cuanto al chico, una nota al pie —¡otra!

— lo ubica unas décadas después, con menos pelo pero el cuerpo magro y fibroso de los nueve años, preguntando por Baldó en la mesa de entradas de un canal de televisión.

Para redondear los ingresos de su vida de profesor, Baldó integra el jurado de un programa para adolescentes de los llamados ómnibus, que premia con una estadía en algún paraje nevado a la división escolar capaz de sortear una maratón de pruebas humillantes, la última de las cuales, fiscalizada por Baldó, es un concurso de preguntas y respuestas de interés general.

Por alguna razón, quizá la insolencia con que el chico apoya contra el canto del escritorio el hueso de la cadera, que asoma desnudo un centímetro por encima de la línea del pantalón, nadie del canal lo disuade, nadie lo echa.

Baldó no tarda en llegar, arrastrando el oprobio de traje que lo obligan a ponerse.

Lo reconoce apenas lo ve, porque lo que ve primero que nada es el hueso de la cadera y, al lado, como la punta de un relámpago, el cabo plateado de una cicatriz, la misma que seguro le tocó recorrer con la punta de la lengua a la sombra del sauce.

Nada se reanuda, sin embargo, quizá porque Baldó pasa por una fase de cierta notoriedad y por lo tanto de prudencia.

Pero el chico insiste y fuerza una escaramuza algo apurada en la playa de estacionamiento del canal, contra la puerta trasera de un camión de exteriores.

Con el espíritu previsor del que carecerá años después, cuando le haga realmente falta, Baldó se anticipa a la jugada que tiene en mente el ragazzo di vita y se lo lleva a Hurlingham, donde será un sobrino —el más inútil, sin duda, del enjambre de vividores de los que Baldó se rodeará durante los siguientes treinta años de su vida.

Pero pasa el tiempo, no mucho, y lleva meses borrado de la corte de Hurlingham cuando lo encuentran muerto, degollado, en el hoyo siete de la cancha del golf club de la localidad, entre unos yuyos, adonde dicen que había ido a atender a un cliente.