Malas lenguas 18
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Desde luego, Bernal había estado bebiendo; vino de caja en el sótano Caldas, de donde se lo llevó un taxi pagado por la casa, y varias de las mezclas aberrantes que sirven o servían antes de la clausura en el Feisé, donde recitó un par de poemas de Arratia, al parecer con cierto garbo, hasta que alguien del público osó pedirle otra cosa, sin precisar qué, y Bernal se le fue al humo.

Volaron sillas, hubo que sacarlo a la fuerza.

Había pasado horas en el zoológico, o en lo que queda de él, embadurnándose de mierda de mandril las suelas de los mocasines y distrayendo el estómago con los paquetes de galletitas vencidas que todavía ofrecen los viejos dispensers del predio; horas también en las cabinas porno de la galería Pandone, donde se quedó dormido y al parecer lo asaltaron, no supe bien con qué consecuencias, porque cuando se fue de casa lo único que tenía en los bolsillos eran monedas y de otro país, creo que Paraguay, una ristra de condones que le había endosado una promotora callejera muy pertinaz y su viejo, fiel, maltrecho zippo, que aunque ya no prendiera seguía manejando en modo manco, con una sola mano.

Había estado mirando animales en el Hospital Veterinario y comido fideos de arroz en la única fonda de su barrio que todavía aceptaba fiarle.

Se había visto con dos extras de la película sobre la Derqui que le debían dinero (y no se lo pagaron, agachada de la que se resarció quedándose con la tarjeta de crédito del que más avergonzado estaba) y había esperado en vano, fernet tras fernet, a otro, quizás el más importante, conocido, según mis sabuesos, por traer mercadería química de última generación de un país limítrofe que no era Paraguay.

Se había comprado ropa, barata, no muy oportuna, dada la temperatura del año (una bufanda, un pulóver de cuello alto, guantes), y había elegido para ponérsela el baño de un hotel tradicional del centro que estaba en remodelación, en cuyo bar venido a menos hizo tiempo comiendo aceitunas, escupiendo los carozos en los canteros, entre plantas muertas, y poniendo canciones horrendas en la rocola, hasta que de golpe la puerta se abrió y una espiralada ráfaga de viento irrumpió arreando papeles, hojas secas, vasos de plástico, enredándose con las patas de sillas y mesas, y a la cola de la ráfaga, como un jinete inesperado y pintoresco, luchando un poco demasiado con la puerta que se le cerraba encima, el echarpe que la ahorcaba, la boina gris que se le ladeaba, entró nuestra amiga hecha una furia, puntual, vestida con el mal gusto de siempre.

El informe no iba más lejos; de haberlo hecho habría tenido que ir solo, sin mí.

La escena, con su pátina de melodrama, era suficiente; cualquier diálogo la habría arruinado, más aún un diálogo verdadero, documental, para usar la extraña palabra que usó el chico esa tarde en la cocina de casa, no me acuerdo a propósito de qué, mientras luchaba por calzarse aquellos horribles zapatos con hebilla, regalo, seguramente, de algún cliente maduro aficionado a las rarezas cutáneas.

Por supuesto que imaginé la conversación, sus preliminares titubeantes, sus réplicas y contrarréplicas, y con un ahínco que la situación no merecía.

Pero aun en mi imaginación los dos estaban demasiado lejos, y otras conversaciones vecinas se solapaban con la de ellos, ruidos de vasos, el sonido de un televisor también, de modo que no alcancé a entender lo que se decían y olvidé todo en el acto.

En rigor, lo hice más por deformación profesional que por intriga, morbo o celos.

Biografía y cine mudo nunca han hecho buena pareja.

No hay nada que un cazador de vidas ajenas tolere menos que una escena con dos personajes hablando sin sonido.

Y sin embargo —paradojas del oficio—, nada reclama tanto y tan urgentemente el instinto carroñero del biógrafo como esas lagunas que horadan la superficie de los hechos.

Así que hablaron, se dijeron lo que tenían que decirse, fumaron de más (sobre todo Bernal), se emborracharon, tuvo que pagar ella.

El resto, que tiende a crecer como las enredaderas, es tiempo ocioso mal aprovechado.

Me consta, porque me lo dijo un pajarito con forma de chico con forma de pera, demasiado encariñado conmigo como para dejar de serme útil tan rápido, que esa noche durmieron juntos.