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Mientras tanto, Bernal no aparecía. Con el tiempo, a fuerza de repetirse, esa compulsión a hacerse humo me resultaría tan familiar como cualquiera de sus extravagancias, salvo tal vez la dental, cuya magnitud de hecatombe nunca dejó de sorprenderme.
Pero llevábamos seis semanas juntos, si se puede decir así, y en seis semanas es raro que algo resulte familiar, más en casos de ósmosis divergente como el nuestro.
Estábamos juntos todo el día, compartiendo un mismo escenario de espacio y tiempo, pero fuera de las de la carne, por diversas, fusionales y prolongadas que fueran, rara vez coincidíamos en una actividad común.
Él dormía cuando yo trabajaba, yo regaba las plantas cuando él miraba porquerías por televisión, él fumaba en el balcón cuando yo me bañaba, yo hablaba por teléfono mientras él leía, él escribía cuando yo elongaba.
Todo era nuevo, nimio y nuevo, todo el tiempo.
En realidad, más que su ausencia —que después de todo me permitía extrañarlo y lavar la parte de su ropa, ínfima, que merecía salvarse del fuego—, me alarmó el incidente del nombre.
Actuaba como si lo que escribía fuera de otro, pero el agregado de un artículo afectuoso al apellido de su protagonista lo sacaba de quicio, como si algo sagrado hubiera sido objeto de un ultraje.
No fue tan grave como inesperado; sobre todo viniendo de él, a quien, quizás apresuradamente, yo había imaginado inmune a las heridas del amor propio.
Por entonces, con un afán más bien experimental, me gustaba concebir problemas, obstáculos, posibles incompatibilidades entre los dos, todas esas exasperantes bombas de tiempo que tengo entendido que los enamorados plantan —ellos mismos, con sus propias manos— en el corazón de sus designios sentimentales, a menudo desde el comienzo y —he aquí la exquisitez del asunto— a menudo disfrazándolas de encantos, gracias, magias fascinantes, de modo que al final, en medio de los escombros, cuando todo se ha derrumbado y llega la hora de repartir culpas, los responsables del desastre son los mismos que los del hechizo inaugural.
Di con unas cuantas, todas igualmente cómicas, catastróficas.
Pero la susceptibilidad no estaba entre ellas, y menos aún una lo suficientemente quisquillosa para dejarse lastimar por la costumbre, casi el reflejo íntimo, en mi caso, de rebautizar personas y cosas de manera más o menos personal.
Al tiempo me cansé de esperar; no, no de esperar: de prescindir de él, de hacer en calma y naturalmente y hasta con placer todo lo que hacía en un día cualquiera antes de conocerlo, compartir cama, ducha y alicate de uñas con él, leerlo.
La noción de día cualquiera me ofendió. Algo había quedado pendiente, además, entre el chico de los mandados con forma de pera y yo, algo que no habíamos tenido tiempo ni quizá valor de hacer cuando nos vimos y que de todos modos por la luz, o la falta de luz de la escalera de servicio, más bien, no habríamos podido hacer.
Así que aproveché que el asunto de los libros lo había puesto en mi órbita, igual que al resto de la red, y les encargué la misión de traerme noticias de Bernal, por quien me pareció prudente demostrar un interés estrictamente profesional.
Vino el chico mismo a traérmelas, él en persona, aunque las habían recabado dos de los otros, menos jóvenes, más experimentados en cosechar información y por supuesto más aburridos, con uno de los cuales sin embargo había tenido un tête-à-tête bastante estrambótico en la sala de maquetas del Instituto Lorz, la sede del puerto, en oportunidad de su inauguración.
Yo trataba de librarme de una vieja pareja de becarios cuando llegó.
Nos pusimos al día en la cocina, bastante confortablemente, debo decir, contra todo lo malo que opino en general de mi cocina.
Quedó para una próxima vez la operación completa, aunque no lo lamenté.
Era claro que su condición peculiar rendía mejor con un contacto superficial que con una intromisión a fondo.
Me pasó el informe sobre Bernal y le pagué, aclarando bien qué parte del dinero iba para la red y qué parte para él.
Me gustó que siendo tan joven tuviera el gusto de los pormenores.