16
Pero ya oigo el odioso rumor del reparo.
Dado el tiempo récord en que lo liquidé, ¿con qué cara digo que el Derqui no estaba entre mis favoritos?
¿Con qué cara osé decírselo a su autor en la cara?
Es cierto que entre las lagañas y el vapor no se veía mucho: habíamos dormido hasta tarde, nos duchábamos.
Por un aire vago de incomodidad, el modo en que se enredó con la cortina y el asombro con que se quedó mirando el jabón mientras se le ablandaba en la palma de la mano, por no hablar del orden peculiar en el que se enjabonaba una vez que volvía en sí —pies, axilas, pies, genitales, pies—, me di cuenta de que bañarse no era algo que formara parte de la rutina de Bernal.
Pero la cálida bruma nos envolvía, entrecerrábamos los ojos bajo el azote de la lluvia, yo llegaba tarde a algún lado y algo en mí, no yo: la irritación, esa especie de rencor que dejan los deleites de los que sabemos que nos costará mucho abstenernos, o quizá simplemente la turbina de perversidad que ponen en marcha ciertos trances de bienestar inesperado, me hizo creer que era un buen momento para decírselo.
Hubiera encontrado más eco de haber hablado para los azulejos, la jabonera rota, el zócalo que siempre me tenía a maltraer.
No hubo reacción; no visible, al menos, porque no creo que la tumescencia que se izó de pronto en medio de la espuma blanca tuviera nada que ver con el asunto.
Quizá no me oyó. Prefiero creer que le era indiferente.
Tenía una relación particular con lo que escribía: o no lo consideraba y hacía como si no lo hubiera escrito, o hablaba con distancia, en términos muy generales, como quien mira algo sin anteojos y no quiere equivocarse al juzgar, o contestaba con monosílabos, a regañadientes, como protegiendo un tesoro de una intrusión inoportuna.
O quizás oía raro, otras cosas que yo y que todos.
Le daba igual en qué escalafón tuviera yo al Derqui .
Pero cierta vez, en uno de esos bancos de languidez donde nos encalla el placer, dije así, al pasar, la Derqui —como identificaba en privado a la protagonista de su libro— y Bernal lanzó una especie de bufido, como un estornudo de perro, saltó del couch que habíamos estado una buena hora y media martirizando —siempre en modo sofá, nunca cama, siempre a medio vestir, nunca desnudos— y se fue dando un portazo.
Desapareció durante cuatro días, que yo aproveché para limpiar y ventilar la casa y procurarme sus otros libros, y leerlos.
Después de todo, el Derqui , mi no favorito, era lo único de él que había leído.
Tenía una deuda pendiente. ¿Me sentía culpable?
Sí. ¿Me arrepentía? No. Era un reflejo, feo pero bastante eficaz, al menos hasta que el blindaje de Bernal demostró que no era infalible, que arrastraba como una renguera de mi época de reseñista: escribir sobre escritores, entrevistarlos, comentar y hasta elogiar sus libros, pero jamás, en ningún caso, coincidir con ellos, nunca estar de acuerdo, nunca darles el gusto.
Desmerecer por principio sus hazañas, sus logros, todos sus motivos de orgullo, y rescatar en cambio pecados de juventud, balbuceos olvidados, intentos que nadie hubiera leído nunca y que los avergonzaran.
Subestimar todo lo que los llenaba de satisfacción y exaltar lo que no veían la hora de dejar atrás; leer sus éxitos como traiciones y descubrirlos puros, intactos, auténticos, en todo lo que ya no reconocían como propio.
Y viceversa, por supuesto. (Para ser realmente funcional, todo método debe incluir siempre una cláusula viceversa).
Era cruel pero divertido, y sobre todo útil: no sé de qué otro modo hubiera sobrevivido en ese mundo.
Eran pocos libros, por suerte. Tornado lo conseguí enseguida, también en lo de los Astete.
Estaba dentro de un lote que resultó ser parte —una parte bastante poco atractiva, por lo visto— de la biblioteca de Fabio Falcó, que su único heredero, un fisioterapeuta carismático, además de carísimo, había estado meses amagando con donar (nada menos que a la Naldoni, donde Baldó, dice nuestra amiga, lo esperaba con alfombra roja, un bol de pistachos y una botella de medio y medio traída de Rocha) y terminó malvendiendo, que es como se venden las cosas cuando las compran canallas como los Astete.
Regateamos. Perdí. Ya me había pasado con el Derqui , así que no lo sufrí tanto; o sí, porque cuando salía de la librería, en venganza, me llevé un cuadernillo sobre aljibes, torcazas y tranqueras sin ningún interés pero tres veces más caro de lo que me habían sacado por el Bernal.
Vello y Dame una señal y voy y subo no fueron tan fáciles.
Tuve que activar la pequeña, dinámica red de sabuesos que suele asistirme en estos casos: gente joven, cultivada, a la que no hay que explicarle nada, que me debe fidelidad y algún favor y sabe en qué moneda pagarme.
En menos de veinticuatro horas tenía los libros en casa.
Me los vino a traer un muchacho sencillo, de pecho hundido, con una especie de barba rojiza en las mejillas, cuyo cuerpo crecía y se ensanchaba hacia abajo como una pera.
No me pareció mal, después de la temporada en huesolandia que me acababa de hacer pasar Bernal.
No recordaba al chico de antes, pero me causó una impresión inmejorable.
Estaba perfectamente informado del protocolo de la entrega, así que todo fue rápido y silencioso.
La luz de la escalera de servicio —desgracia con suerte— estaba quemada.
No leí los libros con la ilusión de retractarme.
Irresponsable o no, mi veredicto había sido dado y no tenía retorno.
Si los leí fue para que también fuera consistente, tanto si confirmaba mi bravuconada como si la contradecía.
Eran cositas cortas, afiebradas, con historias que nunca terminaban de despegar y personajes —más bien dínamos humanos— que no sobrevivían más allá de una página o dos, lapso durante el cual no paraban de moverse y cometían toda clase de dislates absortos, desde hervir unas botas de gamuza en nafta hasta descuartizar la correspondencia completa de Sorondo con una sierra de carnicería.
A su manera, con su crueldad hiperquinética y frívola, los tres coqueteaban ya con la monstruosidad, gran toro gore que Bernal tomaría por las astas en el Derqui .
Dos horas me llevó leerlos y tres horas de siesta hermética, abismal, reponerme.
No aprendí gran cosa; poco o nada cambió de mi imagen del Bernal poeta.
Me gustó leerlos de todos modos. Me llamó la atención la dedicatoria manuscrita del ejemplar de Tornado —más el aura de la letra de Bernal y la tinta azul lavable que las palabras en sí, tan de manual de poeta cachorro, y que los besos (así, en plural) y el reguero de corazoncitos que le prodigaba al dedicatario.
Conocí a Falcó bastante, aunque no tan bien como a su fisioterapeuta, y reconozco el tipo de gratitud que las promesas de su pequeño imperio editorial podían despertar en gente de talento o de ambición.
Cuando me tocó a mí, de hecho, porque Falcó ofreció el guindado de una de sus librerías para el lanzamiento de mis Stoppio , yo usé menos palabras pero más grandes y tinta adulta, es decir negra, y no escribí la dedicatoria en la portadilla sino en la portada, en el blanco entre el título y el nombre del sello, donde mi número de teléfono cabía cómodo.
No me sorprendería que el ejemplar resucitara uno de estos días en lo de Astete.
(De Falcó no tuve noticias hasta que leí la necrológica, pero una madrugada me llamó de su parte alguien que lo conocía poco o sólo de paso, como había sido también mi intención al darle mi número, y después de pedirme que le describiera qué ropa tenía puesta me propuso un negocio con pieles y arneses que no entendí bien, pero cuyos porcentajes no me sonaron convenientes).
Sé que parece infantil, pero cuando terminé de leerlos fue como si tuviera en mi poder un documento único, muy privado, que no revelaba nada pero ofrecía —me ofrecía a mí, que hubiera dado todo por tenerlos— los rastros que Bernal les había dejado impresos, rastros concretos, íntimos, la presión de su mano en la hoja al escribir, células de su piel, su olor, de los que él, si la había tenido alguna vez, ya no tenía ninguna conciencia.
Vi esos libritos desvalidos como reliquias, como los devotos del prepucio de un santo o las crenchas de una mártir.
Los vi como evidencias forenses. Algo así eran, en el fondo, aun siendo libros y no originales: ninguna de las tres tiradas superaba el centenar de ejemplares.